por quÉ no me callo

La cuenta atrás

Una sociedad se encoge de hombros y entra en mala racha cuando se le juntan dos o tres fracasos y se flagela con la muletilla de que la ha mirado un tuerto y tiene mala suerte. En nuestro caso, hemos experimentado a menudo esos periodos de resignación. Cuando han venido mal dadas las cuentas del turismo, como no hace mucho con la quiebra de Thomas Cook. Cuando en el pasado se hundían los monocultivos y había que emigrar. Cuando la crisis nos condenó a apretarnos el cinturón hasta la asfixia.

Y en tantos otros momentos de vacas flacas. Un observador neutral que analice las estadísticas y rankings respecto a Canarias y que compare los datos con otros territorios del país podría sacar conclusiones alarmantes. Los escépticos de esa radiografía sostienen que hay mucha exageración,que una cosa son los porcentajes y otra la realidad, donde no parece que estemos a la cola de todo lo bueno y a la cabeza de todo lo malo. “Habría un estallido social”, sostienen en la CEOE de Tenerife, cuyos informes de coyuntura económica, sin embargo, suelen ser más pesimistas que el resto. Las islas están dotadas de un reloj biológico propio, cuyos ritmos circadianos están relacionados con factores ambientales de entradas y salidas de viajeros, de una serie constante de inputs y outputs relativos a las mercancías y el tránsito de capitales y personas. Cuestiones que, de uno u otro modo, no son ajenas a las horas de sol, como en los organismos vivos. Ahora, concretamente, tenemos una de esas sensaciones de incertidumbre. Se nos han reunido varios factores preocupantes y el estado de opinión se resiente. Recibimos, sin embargo, buenas señales en algunos escaparates como Fitur, donde el futuro no se nos pinta feo, pese a la fuga de Thomas Cook y Ryanair. Pero aún no se ha hecho la transición a un nuevo modelo turístico, donde no cuente tanto el volumen de turistas como el de sus gastos. Y nos inquietan algunos cientos de miles menos de visitantes. Es lógico, la manía de sumar. Hay indicios, por otra parte, que no se nos esconden, respecto a la posible pérdida de fondos europeos. Lo cual descuadra los parámetros que, en resumen, dan como resultado nuestro estado de bienestar como región ultraperiférica, necesitada por narices de compensaciones por la lejanía y la insularidad. Se ha instalado en la Unión Europea tal atmósfera de sálvese quien pueda, que es natural que los isleños -de nuevo los del vagón de cola- estemos con la mosca detrás de la oreja. Aquello de Bertrand Russell de que las islas son un lujo del continente al que pertenecen ya no es tan verdad. Ahora -y esta es la razón principal del clima de desasosiego al que me refería al principio- desde que las islas británicas anunciaran que dentro de tres días -mañana se inicia la fatídica cuenta atrás- dejan Europa, levan anclas y cogen rumbo a su suerte, Canarias, que somos como islas parientes de los ingleses, presentimos que algo difícil de contabilizar desestabiliza todo el ecosistema de Europa. Y que no será bueno ni para Europa ni para nosotros. Pero no queda otra.

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