Tribuna

Recordando a Charles Darwin en su aniversario

Hace exactamente un año me fue publicado en este DIARIO un artículo titulado Charles Darwin, en el recuerdo. De nuevo, para conmemorar la fecha de su nacimiento, el 12 de Febrero de 1809 hace 211, me atrevo a escribir un breve texto sobre este eximio naturalista universal. La apasionante vida del insigne personaje empezó a […]

Hace exactamente un año me fue publicado en este DIARIO un artículo titulado Charles Darwin, en el recuerdo. De nuevo, para conmemorar la fecha de su nacimiento, el 12 de Febrero de 1809 hace 211, me atrevo a escribir un breve texto sobre este eximio naturalista universal. La apasionante vida del insigne personaje empezó a interesarme en mis tiempos de estudiante universitario, en los años 50 del siglo pasado. Su obra y biografía eran poco conocidas o quizás, casi ignoradas en los ambientes educativos de entonces. Tengo en mi biblioteca la primera edición en lengua española del Tratado de Botánica de Strassburger, uno de los textos clásicos de la Botánica General editado por la Editorial Marín de Barcelona cuya traducción del alemán fue realizada por el Rdo. P. Joaquín Mª de Barnola S.J. Profesor de Ciencias Naturales del Laboratorio Biológico del Colegio Máximo de S. Ignacio de Barcelona- Sarriá. El texto donde el ilustre traductor rebate desde un punto de vista creacionista, El Origen de la especies, es un testimonio de la intolerancia científica tan arraigada por entonces en la cultura española.

Hoy pretendo en pocas líneas presentar algunos aspectos del lado humano del gran científico. Mi información procede de numerosas y constantes consultas literarias a una de mis preocupaciones actuales: junto a las medioambientales, la curiosidad por algo que en mis años juveniles se ignoraba: la evolución de la vida. Quiero hacer constar que no pretendo con este artículo herir a los muchos que siguen creyendo en el creacionismo. Trato siempre de convivir entre discrepantes aunque reconozco que en estos tiempos que corren no es tarea fácil.

Durante 40 años, Charles Darwin y su esposa Emma Wedgwood, prima carnal con la que había contraído matrimonio en 1839 y siete de sus hijos llevaron una vida tranquila en una casa antigua y espaciada a donde se trasladaron desde Londres en 1842. El edificio estaba rodeado de jardines, campos, un pequeño bosque, un invernadero y más tarde una pista de tenis de tierra de arcilla en la campiña inglesa del condado de Kent al sudoeste de Londres. En la actualidad llamada Down House se ha convertido en una casa Museo.

Pocos años después de haber regresado a Inglaterra de su largo viaje de exploración, Darwin se convirtió en un semi-inválido que sufrió diariamente las molestias causada por una enfermedad durante el resto de su vida. Los médicos de aquella época no pudieron diagnosticar la causa de la dolencia, ni la terapia necesaria para combatirla. Una teoría propuesta en 1959 por el parasitólogo israelí Saul Adler, identificaba la enfermedad como el mal de Chagas, que se adquiere por la picadura del hemíptero hematófago conocido como la gran chinche negra de la Pampa. De hecho, Darwin escribió que en 1835 había sufrido la picadura del insecto en Argentina, donde esa dolencia es común. Otra propuesta clínica, sin embargo, atribuye la enfermedad darviniana como de origen psicosomático y parece que mostraba los síntomas clásicos de la ansiedad neurótica.

Darwin, conservador en su estilo de vida evitaba las funciones sociales, pasó sus días recluido en casa o paseando por su entorno, leyendo, escribiendo o observando y estudiando orquídeas, plantas trepadoras, insectos y plantas insectívoras, comprobando sus experimentos botánicos en el invernadero, mirando la actividad de las abejas en su jardín y charlando frecuentemente con los campesinos de sus alrededores. Nadie podía sospechar que aquel señor desde su retiro letárgico e idílico estaba sacudiendo fuertemente a la ciencia de aquel mundo. Su objetivo era describir, desarrollar y consolidar su juicio y credibilidad científica para tratar la cuestión de las especies. Sabía que no podía esperar llevar a cabo ninguna revolución de importancia meditando para sí y consultó a menudo y colaboró en varias ocasiones con científicos de la talla del reverendo John Henslow su mentor botánico y geólogo, Thomas Huxley biólogo y filósofo agnóstico, sir Charles Lyell geólogo uno de los fundadores de la Geología, Joseph Dalton Hooker botánico, paleobotánico e incansable viajero y recolector de plantas, Asa Gray médico y naturalista estadounidense profesor de Historia Natural de la Universidad de Harvard USA quien a través de una copiosa correspondencia suministró a Darwin una valiosa información para el desarrollo de la tesis de El origen de las especies y finalmente el valioso apoyo de su propio hijo Francis.

Al margen de su vida dedicada a satisfacer sus inquietudes naturalistas merece citarse su filantropía.

Contribuyó debidamente a la iglesia del pueblo, ayudó a personas necesitadas, actuó en una ocasión como juez de paz y cuando en 1877 la élite londinense tuvo la ocasión de instalarse el teléfono recién creado, el último grito tecnológico del momento, Darwin se negó a instalar uno en su casa.

Es digno de destacar su respeto por las creencias religiosas de su esposa que eran hasta cierto punto opuestas a las suyas. Muy poco después de la boda Emma le escribió una carta en la que le solicitaba que reconsiderase su crítica al relato bíblico de la creación, temiendo que de lo contrario se verían separados por toda la eternidad en el más allá. Darwin recordó toda su vida con afecto su conmovedora carta pero a pesar de ello siguió entregado a sus investigaciones. Su objetivo era describir, desarrollar y consolidar su juicio y credibilidad científica para tratar la cuestión de las especies sin embargo su atención principal se dirigió a los profundos enigmas de la existencia, como el origen del ser humano, mientras se sumergía en observaciones y experimentos minuciosos que le permitieron demostrar misterios que se hallan en las formas de vida más comunes y conocidas.

Darwin no pudo desembarcar en Tenerife el 6 de enero de 1832. Pero en Tenerife, concretamente en el Parque Etnográfico y Jardín Botánico de las Pirámides de Güímar, integrado en la Red Internacional de Jardines Iberomacaronésicos, existe desde hace dos años un Tropicarium dedicado a Darwin. En este invernadero, estimado lector/a, se cultivan entre otras especies tropicales orquídeas y una colección de plantas insectívoras, entre ellas una colección de distintas especies del género Nepenthes, de la familia Nepenthaceae. Plantas llamativas de hábito postrado o trepador oriundas de las zonas tropicales de Asia, Australia y Madagascar. La mayor parte endémicas de Borneo y Sumatra. Se les conoce por sus nombres vulgares como plantas jarro o copas de mono. Además, se presenta una extensa exposición sobre este naturalista para conocer con más detalle incluso sus trabajos sobre la gran orquídea de Darwin y su polinizador desconocido que el se atrevió a predecir de su existencia.