tribuna

El paciente cero

Puestos a elegir, este era el tema viral por excelencia. Y no hay sino que ver cómo flota y se extiende en las aguas sucias de los mares digitales que dan la vuelta al mundo. Estamos en vilo en plena circunnavegación del coronavirus y los miedos profusos que lo acompañan en el viaje. Canarias, como de antiguo, desempeña un lugar estratégico en el mapa. Esta vez, compelida por las servidumbres del turismo, que transmite culturas, bienes y virus. Suspender la ITB, la meca del sector, como ha sido cancelada la umra o peregrinación menor en Arabia Saudí, es tirar por la borda el palo mayor de la industria en el peor momento. Son palabras mayores en esta rebambaramba.

Nunca tan cierto que la realidad supera a la ficción, como dijo Evaristo San Miguel en su ingreso en la Academia de la Historia. Un bestseller anticipó a su manera esta neumonía china, si bien Dean Koontz, novelista menor, no tuvo una premonición tan exacta en The eyes of darkness (Los ojos de la oscuridad) como se dice, pero el editor lo agradece en mitad de la epidemia mundial de bulos. Ahora bien, este estallido de pánico en las vidas de miles de millones de gentes excede el ámbito literario anecdótico. Aquí, en todo caso, sería el novelista el que haría bien en copiar lo que nos acontece y no al revés, y dudo que su relato nos atrape como logra hacerlo la realidad con diabólica y fecunda hipnosis. Va más deprisa esta última que la ficción, impotente ante la catarata inagotable de acontecimientos. La semana negra de la bolsa que dejamos atrás se remonta a los años de la Gran Recesión. El virus, a este paso, se cobrará su propio Lehman Brothers. Y dará escenas de hostigamiento, como en Lyon, Francia, donde bloquearon una guagua porque el conductor tenía una tos fuerte. En otras latitudes andan obsesionados detrás del llamado paciente cero, al que echar la culpa de la propagación del virus. En Daegu, Corea del Sur, parecen convencidos de que una mujer de 61 años es ella, y la han catalogado de “supercontagiadora”. Tomé nota de esta ciudad porque el alcalde ha recomendado a sus vecinos que no salgan a la calle (está ese otro virus, la aprensión de los chinos, que cerraron todo por temor a la tos de los murciélagos y las serpientes de Wuhan, en la provincia de Hubei). Pero no son unos centenares, ni unos pocos miles, sino 2,5 millones de personas, más incluso que toda la población de Canarias. Pedí a nuestro Gobierno aclaración sobre algunas noticias de conocidos portales digitales, sobre medidas semejantes en estudio para las Islas y Andalucía. “Esa información es falsa y bochornosa”, zanjó el presidente canario, Ángel Víctor Torres, que se ha puesto el mono de marine y ya ejerce a todas horas de cortafuegos en mitad de la avalancha de adversidades que caracteriza este 2020 de 366 días (año bisiesto, año siniestro). Vaya trama que pide autor para tanto argumento sobrevenido.

Hay muchas historias fantásticas que suceden en un momento determinado. En la imaginacion. Lord Byron propuso a sus invitados, una noche de un verano gélido en 1816, escribir historias de terror mientras permanecían enclaustrados en una mansión suiza de alquiler, y salió nada menos que Frankenstein de la pluma de la incipiente Mary Shelley. Para que comprendamos que en ocasiones la naturaleza desprende alaridos como estos últimos días en nuestras islas conviene recordar que aquel episodio se produjo gracias a una erupción en los Mares del Sur, a que su consiguiente tsunami se adentrara en la vastedad de China, a que los cielos se cubrieran de ceniza y azufre como hace diez años en Europa por un volcán islandés, y a que se desencadenara un ola de frío, a causa de la cual, finalmente, los amigos del gran poeta del romanticismo británico pasaron tres días y tres noches en su hotelito aislados y se dieron a la orgía de escribir aventuras abracadabrantes. La calima y los canarios ya se conocían, pero esta vez todo ha sido inédito y tremebundo, a lo cual se sumó el coronavirus. ¡Qué no habrían ingeniado los amigos de Lord Byron de haber vivido estos días en Tenerife!

Ha sido una semana de Allan Poe y Lovecraft, con islas sepultadas bajo un desierto que cayó del cielo, un talud del demonio, un Delta del Sahara, de eternas tardes sangrientas como pintadas por William Turner. Y por si fueran poco escabrosas las imágenes de la Dana con calima, viento y fuego, y los incendios y muñones de árboles caídos, el guionista real -el que no hace concesiones a la quimera- añadió un hotel en cuarentena con mil huéspedes confinados en la isla por la presencia del virus. Se dieron cita tres de los cuatro principios hipocráticos: el aire, la tierra y el fuego, a falta del agua. El excremento del aire fue dejando paso a la neumonía, como quien entrega el testigo de una carrera atroz. El cisne negro de Nassim Taleb. La enfermedad no era nueva para nosotros, había debutado en La Gomera y a la Isla Colombina volvió después de que un médico italiano y su círculo más íntimo dieran positivo en Adeje y fuera noticia la cuarentena del hotel, quizá un caso inédito entre nosotros.

Hemos convivido esta semana con la alarma y el S.O.S. sistemático como en una prueba de resistencia frente al pánico. De manera que este es el argumento, como en el ensayo de Saramago sobre la ceguera, en nuestro caso naranja por la sanguina del desierto, más la histeria de la historia del mal invisible que recorre el mundo clausurando hoteles, teatros, colegios y supermercados, cuando no ciudades enteras. Se ha impuesto la lógica y estética de la desmesura digital, caos y tremendismo apocalípticos de influencer de Instagram. Las islas bucólicas no venden en ese nuevo escaparate. Lo nuestro era la imagen pública. Y ya ven. Esta semana nos han roto el jarrón. ¿Cuánto de pasajera o perdurable será esta mala propaganda tras un Carnaval en el infierno y la odisea en el hotel del coronavirus, lo más parecido a los días a bordo del Diamond Princess, rehenes de una enfermedad virtual y pronto psicológica como un embarazo imaginario? Como si pudiera ponerse puertas al campo, barrotes al aire y anillas a una ameba. Están saliendo las historias a la calle anticipándose a los libros de los fabuladores profesionales de ciencia ficción. ¿Cuál será el próximo virus o bulo o bola, como decíamos por aquí?

TE PUEDE INTERESAR