coronavirus en canarias

Los días del desasosiego

Mientras Francesca padece el aislamiento en Milán, otros italianos viven pendientes de la situación desde Lanzarote
Milaneses esperando en cola para entrar en el supermercado. D.A
Milaneses esperando en cola para entrar en el supermercado. D.A
Milaneses esperando en cola para entrar en el supermercado. D.A

– “¿Por qué estamos en casa, Martina?”, le pregunta Francesca a su hija mayor, que tiene tres años y pico.
– “Porque hay un animalito muy pequeño que nos pone enfermos y no nos deja salir a la calle”, le contesta su hija.

Dice Francesca que la situación en Milán, capital de la Lombardía, es algo ambivalente. En algunos momentos “parece una guerra”: cines, escuelas y teatros cerrados, calles poco transitadas, supermercados con algunos estantes vacíos, gente que se saluda a metro y medio de distancia so pena de multa si se acercan. “Pero luego hay parques donde hay muchos niños jugando y heladerías llenas. Hay gente muy preocupada con el tema, pero otros no”. Lo cierto es que el Gobierno ha aislado a la Lombardía y a otras 11 regiones -16 millones de personas-, para evitar una expansión aún mayor del coronavirus, que registra ya 366 muertos, 133 en el último día, y 6.387 contagiados.

Dice Francesca que ella no sale. Pero no era así hasta hace poco. Y describe un curioso proceso de concienciación que quizá explique un poco este tránsito que ha habido en Italia de la tranquilidad de los primeros días al cierre numantino que ha decretado el Gobierno. “Cuando ocurre algo así, uno tiende a pensar que no le va a pasar”, cuenta. “Yo creo que la alarma se externdió con más fuerza hace unos pocos días, cuando se vio que algunos médicos empezaban a enfermar y los hospitales estaban saturados”, explica. “Y ha empezado a prender la conciencia de que puede que enfermes y no te pase nada. Pero como es tan contagioso, si tu vecino es inmunodeprimido y se lo pasas, se muere. Si yo me pongo mala, no podré ir a ver a mi abuela, que tiene 96 años. Yo misma pensaba que esto era poquito más que una gripe, pero si se sigue extendiendo, no va a haber medios para enfrentarse a la situación”.

Francesca. DA
Francesca. DA

Francesca cree que hay una desconfianza atávica hacia el poder en Italia que ha jugado en contra del control de la enfermedad. “Somos un pueblo que no respeta las reglas. Y sentimos un gran recelo hacia la clase política. La responsabilidad y la conciencia colectiva no han llegado a través de lo que han dicho Giuseppe Conte [primer ministro italiano] o Luigi Di Maio [ministro de Asuntos Exteriores], sino cuando amigos médicos o enfermeros que le han mostrando a uno la gravedad de la situación”.

Y ahora todo está lleno de perturbaciones. Las que se cuentan ya de por vida: “Mi hermana tuvo un hijo hace cinco días y tuvo que estar con la mascarilla. Nadie pudo ir a verla, tampoco su novio. Hay militares fuera del hospital”. Y las más cotidianas, que Francesca y su compañero, Andrea, tienen que vivir en su piso de 84 metros cuadrados con dos niños, uno de ellos de un par de meses. “Martina ya no puede más”, dice Francesca poco después de ponerle Pinocho para ver si la entretiene un rato. “Y Andrea me decía esta mañana que el agobio se lo estaba empezando a comer. Pero vamos a tener que estar así ¡¡¡hasta el 3 de abril!!!”, exclama. “Yo creo que los psicólogos se van a hacer millonarios cuando acabe todo esto”.

Mientras, la economía se resiente, y Milán es, además, uno de los grandes motores de Italia. “La capital de la moda”, dice Francesca como para resaltar que el panorama está desolador. “Yo tengo suerte, porque soy profesora de primaria, pero Andrea es freelance, no está ganando dinero”, cuenta. Tampoco irá a casa la señora que limpia de vez en cuando. Ni la cuidadora que está con Martina una vez a la semana. “Con todos aquí dentro, no tiene sentido. Pero tampoco sabe uno si pueden haberse contagiado en el metro. De repente, te salta algo en la mente. Algunos amigos te dicen que no nos veremos hasta dentro de un mes, otros se autoaíslan porque han estado cerca de algún foco. Mi hermana se enfada porque tiene un recién nacido y mi madre ha ido al supermercado”.

A 2.700 kilómetros, en la bella Lanzarote, un grupo de dieciséis italianos visitan la isla. Iban a ser 22, pero a última hora, seis de ellos se echaron atrás por la crisis del coronavirus. Son oyentes de Radio Poppolare, una vieja emisora de Milán con inclinaciones izquierdistas. Llegaron el viernes pasado y volverán a Italia el próximo sábado, si ninguna orden los detiene. Al frente del grupo, un guía canario, Carlos, que lleva enseñándoles la isla y compartiendo charlas y momentos tan a gusto. “Son gente muy interesante, izquierdistas nacidos entre los años 40 y los 60 del siglo pasado, gente formada, interesada, de esos que no van durmiendo en la guagua”. “Cuando les pregunté por el coronavirus, me dio hasta pena, porque ponían una cara compungida, como si se sintieran señalados”. En estos días les han pasado algunas cosas curiosas. “Una persona que trabaja en turismo se puso bastante alterada cuando se enteró por qué habían cancelado su viaje otras personas del grupo”, relata. “En un restaurante se hacían los locos y no nos atendían, hasta que el jefe se puso serio y tuvieron que mandarnos a alguien”, cuenta. “Y apareció por la mesa un camarero argentino cuyo abuelo era italiano”.

A Carlos no le preocupa demasiado la cuestión. Y eso que su novia, los primeros días, le dijo que le parecía una “irresponsabilidad” por si al final terminaba contagiando a otros. “A ver si vamos a terminar haciendo cuarentena, me dijo”. Pero Carlos lo tiene claro: “Yo le dije que no podía dejar de ir con estas personas por algo que ni siquiera sé si tienen y hacerles sentir unos apestados”, cuenta. Ya hay algún agente de viajes italiano que le ha agradecido que no los haya dejado varados.

El día está lleno de excursiones y de lugares para visitar. Pero cuando llega la tarde, los viajeros oyentes de Radio Poppolare se enganchan a la radio para escuchar lo que ocurre en casa. Una cosa es disfrutar y otra olvidarse. Son los tiempos del desasosiego: no se puede escapar.

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