Crónicas del coronavirus (V): virus, mi querido virus

Hay una cosa que cada vez cuesta más de entender. Son las frases tipo: “He visto a un pato cruzar los Campos Elíseos; un carbonero posarse en mi ventana; el cielo nunca ha estado más azul ni la naturaleza tan pura, ni la ciudad más vacía como en estos tiempos de coronavirus”.
No es que yo sea menos sensible que otros a la belleza de las cosas.
Pero hay algo que se agazapa tras ese asombro: la idea de que hay un lado bueno en la catástrofe de este virus, una virtud escondida y que al menos hay una parte de su obra mortífera que hay que celebrar. Deo gratias…
Algunos de nuestros comentaristas y tribunos caen en la tentación de olvidar el sufrimiento de la gente, y se posan sobre los hombros de los muertos y de los resucitados para cantar su canción y demostrar que tenían razón al censurar las fechorías del liberalismo y del progreso.
¡Ay, ese júbilo bonachón (en realidad, cínico porque se entona a hombros de las víctimas) que acepta de buena gana la ‘venganza’ de la realidad por la ‘arrogancia’ humana y ‘pecados’ de toda clase y condición!
Y luego también tenemos otra bobada: la idea de que el virus sea inteligente; que tenga un mensaje para todos nosotros, y que este virus en particular, el coronavirus o, dicho de otra manera, este virus coronado, este rey de los virus, se vea investido, como si presenciáramos un truco de la historia hegeliana, con un poco del Espíritu del mundo.
¡Cómo si un virus pensara! ¡Cómo si un virus supiera algo! ¡Cómo si un virus viviera! Georges Canguilhem, director de la Escuela Francesa de Epistemología, decía la única cosa que creo que vale la pena saber de los virus: que, a diferencia de las bacterias, que siguen siendo un ser vivo, el virus no está ni vivo ni muerto y no es, la mayoría de las veces, más que la radicalización y la metáfora del ser-para-la-muerte…
Nada es inmune a ese pensamiento mágico, al providencialismo oscuro o al catecismo virológico de poca monta.
Pero hay dos familias intelectuales y políticas que sufren más sus estragos.
A la izquierda: las de los ecologistas, soberanistas y otros movimientos antiglobalización que ahora no paran con su “os lo dije”. ¡Qué contentos están todos esos oslodije, que se alegran al recordarnos que había que “salirse de los tratados” (Mélenchon)!
¡Los que decían que hay que “producir en Francia” y comer solo fruta de temporada (Montebourg)! ¡Cuidado con los “mercados internacionales” (Philippe Martinez y los otros dieciocho firmantes del llamamiento “Nunca más”)! En resumen, toda la cohorte de médicos imaginarios (¡ya no es el moleriano “el pulmón, justamente”, sino “el virus, justamente!) que no quieren perderse la “cita” con la pandemia, que están obsesionados con el riesgo (¡está escrito! ) de “perderse la catástrofe” y que nos aburren con su famoso “cuando todo esto pase”, la versión evangélica de la Gran Velada de antaño, donde ya nada debería ser “como antes”; para uno es ¡la “advertencia de la naturaleza!”.
¡El ‘ultimátum’ para otro! Y, en todos ellos, ¡ese servilismo ante el virus que convierte a la profesión sanitaria, que no pedía tanto, en una casta sacerdotal dedicada a un nuevo ritual!
A la derecha: aquella iglesia pentecostal estadounidense que cree que la Covid-19 es el juicio divino, un ajuste de cuentas, el castigo a aquellos estados que han legalizado el aborto y el matrimonio igualitario; aquel obispo francés, monseñor Aillet, de Bayona, que sermonea, en una iglesia vacía, que “Dios se vale de los castigos” para que aprendamos “lecciones de conversión y purificación”; una exministra, la señora Boutin, que tuitea que “todos sabíamos que algo iba a pasar” y que se alegra de ver que la Tierra, madre amable, finalmente, nos da una azotaina.
Está también aquel predicador islamista, Hani Ramadan, hermano de su Hermano, para quien el coronavirus es el fruto de nuestras “torpezas” que surge ahora como recordatorio del orden de la moralidad y de la sharía; eso por no mencionar a los líderes políticos que, como Viktor Orbán en Hungría, han aprovechado la oportunidad para interpretar, ellos también, los nanométricos posos de café del ídolo coronal moderno para sacar, igual que de la talla de madera, los elementos del lenguaje de su toma de posesión antiliberal.
Llevo toda la vida luchando contra la obscenidad de todas las religiosidades laicas.
Desde mis inicios, desde mi libro La barbarie con rostro humano y mi lectura del doctor Jacques Lacan, afirmo que darle sentido a lo que no lo tiene y hacer que ese sinsentido hable cuando es lo indecible del mal es una de las fuentes, en el mejor de los casos, de la psicosis, y en el peor, del totalitarismo.
Siempre he pensado que nos enfrentamos a un gran peligro si cedemos a las peroratas moralizantes, que, con un fondo de peligrosa pureza, confunden siempre, hasta el final, política y clínica.
Así que, más que nunca, me parece buen momento para recordar a la gente que los virus son estúpidos, que los virus son ciegos y que una pandemia no nos da ‘lecciones sociales’, salvo, por supuesto, esta: en ninguna parte se está haciendo lo suficiente por la investigación, los hospitales y los sistemas de salud.
Y a todos los que sajan tajada de la crisis, a los ventrílocuos ‘biólatras’ que hacen que el coronavirus hable como antaño hacía la televisión pública de los años sesenta y setenta con el muñeco Néstor el Pingüino, a los indecentes taumaturgos cuyo catecismo de baratillo no logra disimular el poco caso que les hacen a las personas reales y a su dolor, a los jactanciosos invasores cuyas bromas científicas acaban, algunos días, por tapar las palabras de quienes cuidan, a todos ellos solo me queda recomendarles una cosa: “¡Callaos! ¡Por favor, callaos!”.

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