tribuna

Los heraldos negros

Hace cien años, el poeta peruano César Vallejo describió al vulnerable ser humano ante un dolor inaudito e incomprensible. Es uno de esos poemas definitivos, obra maestra de la literatura hispanoamericana, que uno relee insistentemente para examinarse ante los continuos desafíos. Pero nunca antes como ahora ese poema de Vallejo, Los heraldos negros, tuvo un sentido tan expresivo que lo justifica plenamente. Vallejo habla desde el mazazo de la realidad que nos sobrepasa: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!/Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,/la resaca de todo lo sufrido/se empozara en el alma…¡Yo no sé!” Versos de una perpetuidad garantizada en una hipotética antología poética de la humanidad, los heraldos negros de Vallejo perduran cien años después y nos retratan a siete mil setecientos millones de personas. La calle, que el poeta canario Agustín Millares Sall decía, en otros celebrados versos, “no será tuya ni mía./Habrá de ser compartida./Calle de todos será”, nos la arrebató el virus durante esta cuarentena, que Sánchez levantó ayer para los niños a partir del 27 de abril y para los adultos después del 10 de mayo, escalonada y territorialmente.

“Son pocos”, cifraba Vallejo los reveses que rompen todos los esquemas, “pero son… Abren zanjas oscuras/en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte./Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;/o los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Ahora que tenemos de nuevo los pies sobre la tierra, resultamos vanidosos e indefensos, a la vez. Hemos dado con la horma de nuestro zapato. Ahora se recuerdan discursos y profecías. El mundo se ha llenado de Nostradamus, desde políticos a viñetistas, que cuesta verificar entre montañas de fakes, con lo cual Tezanos se ha atrevido a disputarle el terreno a la libertad de expresión con la pregunta trampa de los bulos y la versión oficial. Entre los oráculos asoma un Obama que en 2014 animaba a la ciencia a investigar antígenos contra una gripe pandémica como la española de 1918, como una “inversión inteligente” frente a la “enfermedad mortal del aire”. Vallejo no escribió sobre el coronavirus hace cien años, sino sobre la fragilidad humana ante un golpe colosal que nos humilla y genera mala conciencia, “y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada”.

Hay una razonable pesadumbre ante el paso de las semanas y el chorreo de las bajas en esta guerra del mundo (más de 150.000 oficialmente) y los más de dos millones de infectados. Desaniman los repuntes ocasionales de Italia, España y Singapur; las previsiones dantescas de Japón, modélico tecnológicamente, que se ha dormido esta vez y teme un tsunami de 400.000 muertos si no se esconden todos en casa antes de que sea tarde, y el infierno estadounidense, con la cuarta parte de todos los contagiados del planeta, las manifestaciones alentadas por Trump contra el cierre de la economía y las fosas comunes abiertas en la isla de Hart, al este del Bronx. Claro que sobrecogen tales imágenes de este apocalipsis en tiempo real que minimizan las peores recreaciones del cine. Nadie sabe qué clase de malévola ficción es esta que se ha cruzado en nuestro camino, o si hemos allanado su territorio de tanto tentar lo irreal.

Un lejano 21 de enero fue un periodista de DIARIO DE AVISOS el que primero acaso entre todos nosotros anticipó tanto desatino o destino de heraldos negros: “En apenas unas semanas este patógeno, que se ha cobrado tres vidas, ha llegado hasta Pekín y se han detectado casos en Tailandia, Japón y Corea del Sur (…) Por si fuera poco, desde Wuhan hay vuelos directos al corazón de Europa. ¿La guinda a este cóctel explosivo? Se ha confirmado que se contagia entre humanos”, escribió Tinerfe Fumero en su columna de Churchill en este periódico, viendo venir la pandemia como un iluminado. Recuerdo la noche que entregó el artículo, dejando una ráfaga terrible en todas las palabras que había escogido para entrever la devastación. Eran días en que muchas noticias competían por aparecer, antes de que llegara el coronavirus con su aplastante hegemonía absoluta a secuestrar el resto de la actualidad (ayer, excepcionalmente, burlamos el dominio de la pandemia con la dimisión de Lazcano y el regreso de los heraldos negros a la política local).

Si Obama y Bill Gates imponen su invocación a una “inversión inteligente” contra los virus del futuro, esta se convertirá a partir de ahora en una de las más potentes industrias del nuevo mundo. Como muestra un botón: el viernes las bolsas se sobresaltaron disparando las acciones de la empresa farmacéutica estadounidense Gilead, al trascender los magníficos resultados que está cosechando entre enfermos contagiados con coronavirus gracias a un antiviral conocido de las guerras contra el Ébola, que a decir verdad no obtuvo gran éxito entonces: el remdesivir. Si la bolsa es un termómetro de la temperatura de la economía, este podría ser el fármaco que le devuelva la salud en la definitiva desescalada, de la que España parece querer ser una adelantada. En febrero, Bruce Aylward, subdirector general de la OMS, afirmó del remdesivir: “Puede ser el único tratamiento eficaz contra el coronavirus”. Las bolsas no tienen un pelo de tontas y dieron la bienvenida al Mesías anunciado por varios apóstoles epidemiólogos. En un hospital de Chicago, más de un centenar de pacientes graves, salvo dos, fueron dados de alta en una semana tras ser tratados con el uso compasivo del medicamento de Dios. Se nos emplaza a un anuncio oficial a finales de este mes. Quizá sea prematuro, pero Wall Street nos ha contagiado su optimismo. De contar con el arma y la munición, podríamos echarnos a la calle, con mascarillas, guantes y este bazuka para disparar al aire. Ya se aplica en ocho hospitales españoles y las fuentes más reputadas que consultamos en nuestro periódico afirmaron depositar en este producto las mayores expectativas a corto plazo. De lo que no cabe duda es de que ya está en boca de todos una serie de compuestos esperanzadores para combatir la mayor crisis sanitaria y, de paso, la mayor recesión de los últimos cien años. Cuando Vallejo compuso sus heraldos negros, hace exactamente eso, un siglo, empezaba esta cuenta atrás hacia el fin o el principio de todo.

TE PUEDE INTERESAR