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Los niños pasearán un poco más felices mientras buscamos nuevas historias para no fenecer de melancolía

A estas alturas del confinamiento, la vida es cada vez más monótona y hay que rebuscar en las esquinas para encontrar alguna mirada nueva sobre las cosas si no quiere uno ponerse hablar de temas impúdicos

A estas alturas, para contar alguna historia personal en este diario de confinamiento, solo me queda entrar en detalles impúdicos, como que cada vez pierdo más pelo, me salen más canas, tengo insomnio y acumulo una creciente barriga hecha a base de queques, brownies y galletas Digestive de Mcvities con mermelada de guayaba. También podría decir que ya vi la celebradísima y estupenda serie ‘Unorthodox’, sobre una chica que deja la comunidad judía ultraortodoxa de Williamsburg, Nueva York, para vivir su vida en el Berlín de la música clásica y electrónica, o que me estoy terminando de leer una novela de Graham Greene que tiene ese regusto a católico torturado por el deseo que tienen varias de sus novelas.

Pero estamos tan colmados de polémicas mediáticas que siempre hay algo sobre lo que debatir. Lo último, las salidas de los niños, que si a pasear o al supermercado. No me voy a meter en ese debate, más allá de decir que me parece bien que el Gobierno rectifique si tanta gente se lo pide. En 2003, un par de millones de personas salieron a la calle en España contra la guerra de Irak y el Ejecutivo de Aznar pasó olímpicamente: hasta allí fueron nuestros soldados en tareas de apoyo logístico, en un país sin armas de destrucción masiva y donde no se nos había perdido nada.

Cuando la izquierda pierde en España, es porque sus votantes piensan que ha vendido el alma. Le ocurrió a Felipe González, anegado de casos de corrupción, cultura del pelotazo y la losa del terrorismo de Estado. Le pasó a Zapatero, que pegó en mayo de 2010 un recorte de campeonato a sueldos públicos y congeló pensiones antes de reformar la constitución por la vía rápida para cambiar el artículo 135 y poner por escrito que el pago de la deuda era una “prioridad absoluta”, aunque eso pesara sobre los servicios públicos.

Quizá me equivoque, pero no creo que tanta campaña contra el Gobierno cambie demasiado el voto, más bien moviliza a los propios, también en la izquierda. El problema es el mal ambiente que se queda. De ahí no va a salir nada provechoso, que es lo que necesitamos.

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