memorias

Paco el Pocero: amigo, inteligente, emprendedor

La gripe de Wuhan se llevó a uno de los inversores más controvertidos y pintorescos de la España última
En la cubierta del ‘Clarena’, el yate de Paco Hernando. DA
                En la cubierta del ‘Clarena’, el yate de Paco Hernando. DA
En la cubierta del ‘Clarena’, el yate de Paco Hernando. DA

Ha muerto Paco Hernando. Su nombre no les dirá nada sin su apellido, el Pocero. Paco era amigo mío. Hicimos amistad a bordo de su barco, el ‘Clarena’. Poco más tarde, el ‘Clarena II’ se convertiría, con 72 metros de eslora, en el yate privado más grande de España. Sólo lo disfrutó nueve meses, antes de vendérselo a un magnate latinoamericano por 59 millones de euros. Para pagar deudas.

En 2007, con Carlos Herrera, Pepe Oneto y yo a bordo de su anterior y lujoso barco, el Pocero me entregó un informe que había encargado a unos expertos, que concluía que en 2008 conoceríamos una crisis económica sin precedentes. Se adelantó a todo el mundo. Ese año fue trágico para la economía mundial, tras la quiebra de Lehman Brothers. Su ciudad, Seseña (en Toledo), muy cerca de la ruta del AVE al sur, comenzó a ralentizar sus ventas aunque los que viven allí siguen diciendo que Seseña es un paraíso. 13.000 viviendas construyó Paco, creando un pueblo que no existía prácticamente. Le puso su nombre al complejo.

Paco me invitó varias veces a su barco, la primera vez, a través de Pepe Oneto, tristemente fallecido hace unos meses. Hay que ver a la velocidad que pierdo a los amigos. Su pasión era el mar. Hicimos en cierta ocasión una inolvidable excursión a la isla de Cabrera, pero antes había mandado su avión a Madrid, a recogernos a Pepe y a mí para trasladarnos a Mallorca. El capitán de su barco, Sotero, manejaba aquel inmenso yate con una soltura y competencia enormes.

Una vez, Paco el Pocero y yo nos quedamos toda la noche en la cubierta del ‘Clarena’, hablando de todo. Tomamos unas copas y pasamos revista a nuestras vidas, desde luego la suya mucho más interesante que la mía. Tomamos Petrus de una cosecha especial; cada botella costaba una fortuna. En su chalet de Madrid, donde tenía sus coches, había una bodega subterránea con docenas de cajas de Petrus y de Vega Sicilia de la mejor cosecha. “Coge una caja de Petrus”, me dijo en cierta ocasión. Con la prohibición de llevar botellas en los aviones de línea, cuando llegué a Madrid en su jet dejé el vino en casa de mis hijas y regresé a Tenerife. Se lo bebieron en una fiesta de amigos, a unos 1.500 euros la botella, sin saber lo que bebían. No dejaron ni una. Al día siguiente, una de mis hijas me telefoneó, como quien no quiere la cosa: “Por cierto, papi, anoche nos bebimos tu vino”. En fin, soy un buen padre.

Digo que nos quedamos en cubierta hablando y antes de regresar a nuestros camarotes, me dijo: “Me ha encantado hablar contigo y me gustaría tenerte como asesor; yo no sé leer ni escribir. Y mañana te haré un regalo. Si te ves apurado, lo vendes y ya está”. Al día siguiente me regaló un libro sobre su vida y un reloj de oro marca Viceroy, que malvendí en la crisis a un joyero de Santa Cruz, tal y como él me había dicho. También me regaló un libro dedicado, su biografía, que conservo. Yo creo que fue Sotero, el capitán del barco, quien escribió: “A mi amigo Andrés, como recuerdo de una jornada inolvidable de conversación”. Evidentemente tuvo que ser Sotero u otra persona porque Paco no sabía leer ni escribir.

Ahora leo, él no me lo contó nunca, pero sí al Loco de la Colina, que Paco se duchó por primera vez a los 29 años, en Alcalá de Henares. Antes se bañaba en tinajas. Destupía con sus manos los pozos negros, ahí comenzó a hacer dinero; era un enamorado de la paella y una vez echaron un pulso entre Carlos Herrera y él, a ver quién la cocinaba mejor. El jurado –Oneto y yo—les dimos un empate. Las dos paellas estaban deliciosas. Paco adoraba a su mujer, Audena. Me dicen que ha quedado absolutamente desolada con la muerte de su marido, ocurrida hace un par de días, víctima del coronavirus. Pasó la enfermedad en su casa: no quería quitarle la cama a un enfermo grave en un hospital. Fue generoso hasta el final de su vida.

Fue amigo de políticos y de empresarios, le concedieron la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo, tuvo problemas –resueltos— con Hacienda, construyó un imperio inmobiliario con su empresa Onde 2000 –todavía conservo su tarjeta personal y su número privado— y sufrió episodios tan dramáticos como el intento de secuestro de su hijo en una rotonda de Seseña, frustrado porque el afectado se enfrentó a los secuestradores y los puso en fuga.

En mis charlas con él, a bordo del primer yate ‘Clarena’ (el segundo no lo conocí), Paco me confesó que había comprado una gran cantidad de terrenos en la zona de influencia del aeropuerto de Barajas. No sé qué habrá sido de esos terrenos, pero me dijo: “Cuando quieran ampliar el aeropuerto, en el futuro, esos terrenos tendrán que comprárselos a mi familia”.

Yo creo que su biografía se la escribió el periodista Graciano Palomo, con el que nunca coincidí en mis visitas a Mallorca y a Madrid para estar con Paco. Sí con el presentador hispano-venezolano de origen canario Guillermo ‘Fantástico’ González. Paco nos enviaba a su Maybach –un coche de super lujo– y a su escolta al hotel Eurobuilding, a recogernos para llevarnos a su casa. Creo que el jefe de la escolta se llamaba Raúl. Guillermito es gran amigo mío y en su casa de Caracas conocí a lo más granado de la sociedad venezolana antes de Chávez y en los comienzos apacibles del chavismo. Fiestas inolvidables aquellas, amenizadas por los Hermanos Rodríguez, tinerfeños de origen, que me regalaron todos sus discos. Los mejores amigos de Guillermo son José Luis Rodríguez ‘el Puma’ y Paco Aznar Vallejo. Los tres hemos pasado buenos momentos en su casa de Caracas.

Cuando la cantante enfermó, Paco Hernando puso a disposición de Rocío Jurado el mayor y mejor de sus aviones privados, uno ultramoderno y transoceánico que usé varias veces, una de ellas para recoger a Carlos Herrera, a su entonces esposa Mariló Montero y a sus hijos, Alberto y Rocío, en el aeropuerto de Jerez de la Frontera. Paco era amigo de Ortega Cano y su reactor trasladó a Rocío Jurado a los Estados Unidos, para que ella recibiera su tratamiento. Le telefoneé, ya digo, para felicitarlo por su generosidad: “Estoy orgulloso de ser tu amigo”, le dije. No le dio importancia al gesto. Otro de sus grandes compañeros de fatigas, con quien compartió las miserias de su infancia, fue Ángel Nieto, también fallecido en circunstancias trágicas.

Al principio conté que Paco Hernando me anunció la crisis, un año antes de la quiebra de Lehman Brothers. Entonces su fortuna se había valorado en unos mil millones de euros. “A mí me va a afectar”, me dijo, “pero Seseña seguirá adelante y yo tendré mi nuevo yate”. No se equivocó.

La maqueta de su nuevo barco, el ‘Clarena II’, lucía en una urna en el salón principal del ‘Clarena’, el primero de sus yates, que también era precioso. El nuevo barco medía 72 metros de eslora, contaba con helipuerto y alojamiento y servicios para unos 20 invitados. Su suite, la del armador y su esposa, medía más de 60 metros cuadrados. Lo disfrutó muy poco, porque se vio obligado a venderlo, según leí, porque él nunca me lo dijo.

No sé si conservo los papeles que me entregó, con el informe demoledor sobre la economía española y mundial. “Se lo he dado a Zaplana”, me dijo, “pero me da que no le ha hecho ni puto caso”. El ministro Eduardo Zaplana fue muy amigo suyo en una época, no sé cómo habrán acabado.

Tengo muchas fotografías con Paco el Pocero, pero he escogido una que conservo con especial cariño, en la popa de su yate, atracado en Puerto Portals. Un puerto que llegó a ser suyo, en un momento de crisis, según me dijo: “Me lo voy a quedar”. No sé cómo resolvió el asunto al final. Allí coincidimos una noche con Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, que creo que también tenía su yate amarrado a ese recinto. Nos vimos en un restaurante en el mismo puerto, el famoso Flanigan, propiedad de un buen amigo del rey Juan Carlos, Miguel Arias, también dueño del restaurante Aspen de Madrid. Nos hicimos una foto con Miguel Arias y nos comimos unas langostas que estaban deliciosas.

Les repito que todo esto lo escribo de memoria, sin haber tomado una sola nota. Lo que ocurre es que a medida en que lo cuento voy recordando detalles de todo aquello. Y también por los olores. La bodega de Paco olía mucho a humedad y el vino se conservaba en ella de manera prodigiosa. Era una de las personas más generosas que he conocido en mi vida. Empezó de la nada, limpiando pozos negros, se enamoró de una mujer extraordinaria y amable, creó una familia. Se quejaba de que sus hijos se involucraban poco en la empresa, pero luego todo eso cambió. Una vez almorcé en Mallorca con toda la familia, gente discreta y cordial. Paco llevaba la voz cantante.

Ahora ha muerto. Se me van los amigos. Se me fue, por el coronavirus, Wilebaldo Yanes, otro empresario canario, a los 79 años; se ha ido Pepe Oneto, tras pasar complicaciones a causa de una enfermedad, ya hace meses; ahora, Paco el Pocero. No crean que todo esto no hace mella en mí, refugiado en mi casa, viéndolas venir. Me hubiera gustado estar más tiempo aprendiendo de Paco Hernando, la persona más generosa del mundo. Un caballero, además. Pintoresco y controvertido, sí, pero también amigo de sus amigos, padre de familia ejemplar y emprendedor como nadie. En España el éxito se paga caro. Incluso a veces fatalmente.

Hace años, Paco intentó invertir en Guinea Ecuatorial, pero su socio guineano le engañó y sus máquinas quedaron en un puerto español. Le salió mal la operación. Fue, que yo sepa, la última aventura de un personaje apasionante, que creó un imperio, se peleó con gobiernos y con alcaldes y luchó por lo que creía justo. Ahora, tras su muerte, todo el mundo comenzará a alabarle. Allí donde esté le dará tiempo para aprender a leer y a escribir, una de sus grandes frustraciones.

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