Tribuna

Retorno al turismo terapéutico, ambiental y cultural

La situación de Canarias en el Atlántico centro-oriental, entre los paralelos 13-19 Oeste y los meridianos 27-30 Norte, nos ha dotado siempre de un clima envidiado por todos los que nos visitan desde el siglo XVIII en adelante y da pie al nacimiento del primer turismo terapéutico con la llegada a nuestras islas de los […]

La situación de Canarias en el Atlántico centro-oriental, entre los paralelos 13-19 Oeste y los meridianos 27-30 Norte, nos ha dotado siempre de un clima envidiado por todos los que nos visitan desde el siglo XVIII en adelante y da pie al nacimiento del primer turismo terapéutico con la llegada a nuestras islas de los afectados por la tuberculosis europea y otros padecimientos reumáticos y neurológicos.
Es en la etapa conocida como Canary Islands, cuando se produce una britanización de la economía canaria y se impulsa un modelo económico que tiene como pilares la naciente actividad turística, las exportaciones de plátanos, papas y tomates a Europa, y el aprovechamiento del desarrollo de nuestros puertos como ejes de comunicaciones entre el Viejo Continente, la floreciente América y el continente vecino africano.
Los historiadores sitúan el nacimiento del turismo en el Puerto de la Cruz en torno a los años ochenta del siglo XIX, fecha de inicio de la citada etapa de Canary Islands con la formación de la Compañía de Hoteles y el Sanatorium del Valle de la Orotava, también conocido como Orotava Grand Hotel (N. G. Lemus dixit), y la posterior apertura del Taoro en el Puerto de la Cruz y el Hotel Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria, a los que siguieron el hotel Metropole, propiedad de Alfred L. Jones de la Elder Dempter and Co., el hotel Santa Brígida, construido por el británico Alarico Delmar, en Gran Canaria, y los hoteles Pino de Oro, Quisisana, construido por otro británico, Henry Wolfson; el Battenberg, de titularidad belga-española, el Camacho en Tacoronte, en Tenerife.
Esos fueron los orígenes de una industria que hoy genera el 35 % de la riqueza total de las Islas Canarias y ocupa al 40 % de su tejido laboral, con proyecciones en otros sectores productivos que lo han convertido en el verdadero nuevo monocultivo de nuestra economía, siempre con esa tendencia nada sana de exclusivizar nuestros esfuerzos en una sola dirección, lo que nos ha costado serios disgustos históricos, solo salvados por la posibilidad migratoria de nuestra población en otras etapas históricas de recuerdo nada agradable.
Tras la crisis sanitaria del coronavirus todo ese potencial económico ha quedado reducido a lo que se denomina con dolor ‘cero turístico’, casi desaparición del sector desde el 14 de marzo de este año aciago. Y ahora se abre la incertidumbre de cómo podremos recuperar nuestra principal actividad económica en el futuro mediato e inmediato.
Tendremos que reconocer que desde el Gobierno de Canarias la consejería de Turismo siempre ha sido considerada un departamento «maría», un departamento donde se asistía a algunas ferias, se avistaba lo que hacían las empresas hoteleras, y poco más, por cierto la mayoría de empresas hoteleras foráneas que tributaban beneficios casi siempre fuera de nuestra jurisdicción. Pero desde la aprobación del Estatuto de Autonomía renovado en 2018 y desde la aprobación de la ley del REF en sus aspectos económicos, también en 2018, el Ejecutivo canario viene obligado a organizar ese sector con una responsabilidad mucho mayor que la empleada hasta ahora.
En el artículo 19 del último REF se habla de tres acciones muy ambiciosas: 1) de un Plan Estratégico del Turismo con «incentivos a la inversión en el sector [que] se orientarán preferentemente a la reestructuración del mismo, modernización de la planta turística de alojamiento, a la creación de actividades de ocio complementarias de las alojativas y la potenciación de formas de turismo especializado y alternativo»; 2) de un Plan específico de formación profesional, que ha de contar con los agentes sociales; y de un Plan de inversiones públicas en infraestructuras en las áreas turísticas.
Tras la crisis pandémica sufrida y el parón laboral de la actividad turística, agravado por el cero conectividad de nuestro Archipiélago, se trata ahora de relanzar con imaginación campañas de captación de clientela turística.
Y en ese sentido, puede ser muy interesante vender que Canarias es la primera de las diecisiete comunidades autónomas españolas que sale primero del encierro domiciliario por la menor incidencia del virus en nuestra población, quizá motivado por las excelencias climáticas y medioambientales de nuestros entornos. Lo que nos retrotraería a esos orígenes del turismo en Canarias en el siglo XIX, y nos procuraría una imagen de balneario insular. Asimismo habría que potenciar un turismo de más larga estancia en nuestros establecimientos hoteleros, lo que ahorraría traslados aéreos muy intensos, vinculado todo ello a una promoción de nuestra soberanía alimentaria y a nuestros cultivos ecológicos, y a una campaña entre nuestros visitantes de conocimiento más profundo de nuestro patrimonio cultural, somos uno de los tres pueblos del mundo que momificaban a sus muertos, poseemos testimonios muy cuidados de ese pasado indígena, y de nuestro patrimonio natural, somos una reserva medioambiental de montes milenarios de laurisilva, además de poseer parques nacionales volcánicos de atractivo indiscutible. Nuestras playas son las de «un Caribe sin complicaciones», como nos bautizó el narrador peruano Alfredo Bryce Echenique, cualquiera de nuestros lugares de baño cuenta con una ambulancia medicalizada a media hora de reclamarla y de una seguridad pública garantizada.
Habrá que pensar con mucha imaginación de por medio, pero el renacimiento del turismo no solo es una obligación por nuestra parte, sino una oportunidad para reinventarnos sin dejar de mirar al pasado donde se fraguó el origen de lo que hasta 2019 era nuestra principal actividad generadora de riqueza y de ocupación laboral.