tribuna

Anatomía posCovid: el codo

Nunca pudimos imaginar la importancia que cobrarían las cosas más insospechadas y menos relevantes. Ni que la causa de ello sería un agente imperceptible, minúsculo y atroz. Si hubo lógica anterior, quedó abolida como una sombra abarca todo el perímetro soleado impidiendo ver la luz. Poeta de las cosas simples, se define Gamoneda. Una multitud de pequeños sismos, de esas innumerables alteraciones de la vida cotidiana, ha desatado una gran conflagración planetaria y ha puesto el mundo patas arriba, como decía Eduardo Galeano, con el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies. Y con la mano en el codo.
El codo es la nueva mano en este mundo contrahecho, es el muñón subalterno, que ha sido llamado a filas en mitad de una guerra que ni le iba ni le venía, pues los codos no aprietan gatillos ni arrojan lanzas ni flechas. Ni tienen maña con los microscopios, si de eso se trata. Este codo providencial ha permanecido siglos en la reserva para suplir al órgano prensil a que ahora le convocan. La mano era la despensa donde estaba depositada la mayor parte de nuestra información y la muy preciada facultad del tacto. La encomiable virtud de tener mano izquierda corre el riesgo de convertirse en la cualidad de dar codazos (más acorde con los modales políticos en vigor). Y ya se sabe de qué mundo veníamos, donde dabas la mano y se cogían el brazo. La nueva normalidad es una exaltación del codo. Y el codo nunca fue la parte amable de nuestra anatomía; debe su mala fama a la expresión bruta de su peor conducta: el codazo. El deporte, en todas sus modalidades, ha sido el teatro de los codos. La nariz de Luis Enrique tras el codazo de Tassoti que el árbitro no vio o no quiso ver era todo un poema (érase un hombre a una nariz pegado, robemos el verso a Quevedo). Y su enaltecimiento como método para progresar en la vida lo encumbró de un modo sórdido y vergonzante, pero, a su vez, eficaz. La política, por ejemplo, no se entiende sin coces y codazos.
Pero hubo culturas que dieron al codo cierto prestigio, como unidad de longitud. El templo de Salomón es de una pasmosa regularidad, se nos dice: su Sanctasanctórum es considerado un cubo perfecto de 20 codos de largo. Si ahora vamos a familiarizarnos con nuestro codo, para lo bueno y para lo malo (para saludar y para derribar alcaldías), sepamos que a lo largo de la historia tuvo un rango de medida por su peculiaridad antropométrica: casi todas las culturas que lo usaron a tal fin nombraban su distancia hasta la mano abierta (codo real) o hasta el puño cerrado (codo vulgar). Y así, con ligeras variaciones, estaban el codo egipcio, el de Mesopotamia, el de Babilonia, el de Nippur…
El codo, reflotado y elevado a los altares, tras la proscripción del saludo manual por miedo al contagio, ha tenido que cubrir el expediente sin tiempo para entrenarse, a fin de llamar ascensores, abrir picaportes y saludar como una falsa mano, de tal modo que ya ejerce una función social de primer orden. Ahora cobran mayor sentido las coderas en jerséis y chaquetas. Al codo se le ve en las fotos en plena efervescencia, encarnando la condición de nueva extremidad de cortesía universal. Se especuló mucho con hacer inclinaciones con la cabeza como alternativa asiática. Y el codo no se lo ha pensado dos veces, ha tomado el relevo de la cultura prerromana del apretón de manos, que fue hasta ahora el gran rito de hospitalidad, el de las famosas teseras de tiempos remotos, el choca esos cinco de los caballeros medievales, que se saludaban con la mano derecha porque a la izquierda llevaban la espada. Pero toda esa gestualidad secular de normas no verbales se vino abajo hace tan solo unos meses. Y el omnipresente coronavirus demonizó el saludo con la mano por ser un repositorio de enfermedades víricas capaces de detener el mundo. El codo era un suplente perfecto, que había caído en desuso, como el dedo meñique de manos y pies. Nos acordábamos de él cuando teníamos las dos manos ocupadas. Ahora pide paso en los protocolos oficiales. Y los políticos chocan los codos con cierta ridiculez, habituados a darse codazos. Recuerda a Trump que debutó en una cumbre de la OTAN con mandobles de codo para ponerse delante en la foto de familia.
El codo, ese gran desconocido, que permanecía en un segundo plano y apenas cobraba notoriedad cuando nos dañábamos el periostio o se quejaba el tenista y alguna otra molestia cubital, se ha convertido en mano de Santo como la artemisa vernácula con la que el presidente de Madagascar asegura que su pueblo se cura de la Covid-19. Hemos desempolvado viejos accesorios y rehabilitado a este codo perezoso, que no se ha visto en otra. Viene a colación el pacta sunt servanda de Pablo Iglesias, la locución con la que el vicepresidente segundo ha abierto una cizalladura en el Gobierno de coalición tras el nonato acuerdo con Bildu para derogar la innombrable reforma laboral, que más parece un pacto hecho con el codo que con la mano. Lo pactado obliga, dice la consigna de la antigua Roma, que ha derivado en un gobierno a codazos.
Hace un año, por estas tierras, se celebraban elecciones que defenestraron a CC de un plumazo. Los gobiernos se sucedían hasta entonces como por inspiración divina y eran frecuentes los codazos al socio de turno (el último en diciembre de 2016, cuando Clavijo expulsó al PSOE del Gobierno). Así, de las urnas de aquel 26-M y de los pactos de colactación con el gomero Casimiro Curbelo, nació el Pacto de Progreso, que refundó la práctica totalidad de las instituciones y derrocó el viejo régimen tras un cuarto de siglo. La historia, a veces, corre muy deprisa, como hemos visto y vivido en apenas tres meses. ¿Quién nos iba a decir que aquel 26-M no era solo una ola, sino un tsunami? ¿Y que vendrían otros cataclismos y dejaríamos de darnos la mano? ¿Y la ruina se haría rutina? Pues, a la vista de esta última, guste o no guste, el depuesto apretón de mano ha de dar paso al codo con codo, que es la única manera inteligente de afrontar la reconstrucción. Y este pueblo es inteligente.

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