tribuna

Las Islas son un lujo del continente

Canarias frente a Madrid. La historia de cada crisis acaba con la misma mirada de lejos entre el centro y la ultraperiferia

Canarias frente a Madrid. La historia de cada crisis acaba con la misma mirada de lejos entre el centro y la ultraperiferia. Ahora toca inventario y ruina. Pero esta desgracia se pudo evitar. Recapitulemos. Con la documentación de que se dispone se sabía a ciencia cierta que una pandemia tocaba a la puerta. Y era solo cuestión de tiempo toparse con el virus cara a cara. Un virus de armas tomar. Transcribo al etíope Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en marzo de 2019: “El riesgo de que un nuevo virus de la gripe se propague de los animales a los seres humanos y cause una pandemia es constante y real. La cuestión no es saber si habrá una nueva pandemia de gripe, sino cuándo ocurrirá. Debemos mantener la vigilancia y prepararnos, porque el costo de una gran epidemia será muy superior al de la prevención”. Presentaba con ese vaticinio la Estrategia Mundial contra la Gripe 2019-2030, un ambicioso vademécum para prevenir la inevitable batalla contra un virus vandálico a escala universal. Cincuenta días después de estado de alarma, sabemos a qué se referían esas palabras hace un año. Este fin de semana cambia la faz de la guerra contra el virus; tras el inicio del desconfinamiento, irá decayendo la cuarentena acuñada con la peste negra de Venecia hace más de 600 años. Ayer, Santa Cruz, en la Avenida de Anaga, era un río de gente. Y lo que queda es un modo de retraimiento y agorafobia, un nuevo estado de alarma y una nueva normalidad, que es un nuevo eufemismo. El estado de alarma se prolonga, pero ya es una venda en la herida; este fin de semana nos quitamos el yeso y volvemos a andar. Un amigo menciona el síndrome de la cabaña de esta misantropía tras siete semanas de encierro por un virus que los pequeños comprenden mejor que los mayores porque miden sus fuerzas con el coco desde la cuna, “duérmete, que viene el coco/y se lleva a los niños/que duermen poco”, de nuestro arrorró. El lunes todo se revierte y rebobina, para vernos pronto en los bares y en las gradas, con café y fútbol, y refundar el orden convencional.

Adhanom no es dios, ni la OMS el oráculo de Delfos. Pero es la autoridad máxima en el olimpo de los virus. No le hicieron ni puñetero caso. Hace un año. ¡Cuánta razón la de Noam Chomsky, autoaislado con 91 años en Tucson, Arizona, crítico con los gobiernos neoliberales que desoyeron las advertencias de que venía el coco, embriagados en otros halloweens. Teme la llegada de gobiernos más autoritarios, tan escépticos sobre las amenazas nucleares y el calentamiento global. El autor de El miedo y la democracia no renuncia a soñar con gobiernos más humanos y competentes.

El coronavirus. Cada año este asesino regresa al escenario del crimen. En Wuhan acusan a la célebre viróloga Shi Zhengli de ser “la madre del demonio”. Ella jura que es inocente y reputados colegas que han escrutado el genoma del bicho le dan un voto de confianza. ¿Y los que hicieron caso omiso a los augures, qué son: los padres putativos de ese mismo diablo? Nos impresionan las cifras de la Covid-19: más de 200.000 casos en España y de 3.200.000 en el planeta; más de 24.000 muertos y de 230.000, respectivamente. Pero todos los años se registran en el mundo mil millones de positivos con gripe estacional y suelen morir entre 290.000 y 650.000 personas, pese a la existencia de vacuna, sin que se declaren estados de alarma y aislamiento. Ante un patógeno que suele ser compasivo con el 80 por ciento de la población afectada y más o menos feroz con el 20% restante, hay países como Suecia que sorprenden apostando por la inmunidad de grupo, no sin recibir un vendaval de reproches, pese a los buenos resultados de su autodefensa pasiva. El tiempo hará balances y dictaminará. Ha sido el ímpetu y el caudal del desbordamiento del virus lo que colapsó los sistemas sanitarios de medio mundo, después de hacer oídos sordos a todas las advertencias, junto a la casuística de un endriago que no terminamos de desentrañar. Por suerte, cuando escribo estas líneas ya despuntan, entre centenares, dos fármacos que atenúan los estragos del coronavirus: el remdesivir y la hidroxicloroquina. También avanzan a buen ritmo media docena de vacunas y científicos canarios militan en la vanguardia de la ciencia contra la pandemia, auténticas brigadas internacionales de una guerra que no libran ejércitos de verde oliva, sino de bata blanca. No desde cuarteles generales, sino desde laboratorios. Si este big bang de la medicina de las gripes se extiende a enfermedades sin cura por falta de financiación, estamos de enhorabuena, pues en el mundo que viene de los robots lo que peligra es la raza humana.

Cuando Obama, en diciembre de 2014, y Bill Gates en 2015 y en octubre del año pasado alertaron de esta pandemia no eran brujos, estaban bien informados. Era un secreto a voces: “Probablemente puede que llegue un momento en el que nos tengamos que enfrentar a una enfermedad mortal, y para poder lidiar con ella, necesitamos una infraestructura, no solo aquí en casa, sino en todo el mundo, para detectarla y aislarla rápidamente”, apostolaba el primer presidente afroamericano citando el precedente de la “gripe española”.

Ahora que nos lamemos las heridas ante la mayor conmoción económica en tiempos de paz, con la eurozona y España en bancarrota, nos preguntamos por qué no se hizo nada a tiempo. La gran negligencia histórica. De haberse invertido en hospitales, UCI y equipos de protección sanitaria, antídotos y tratamientos, no habría encerrado a la gente ni paralizado la economía. Estados Unidos habría evitado las sepulturas en los parques de Nueva York y los cadáveres descompuestos en los camiones de mudanza. Hemos retransmitido el apocalipsis, pero cruzamos las fronteras y la ficción mutó en una fatalidad real.

Ahora, desde ayer y mañana, socializamos el virus. Y lo que queda es la pandemia de la economía. Un archipiélago a la deriva. No es la hora de Canarias. Es la hora de Madrid para salvar esta flota en el Atlántico. Caben muchas opiniones, pero solo una es válida. Las islas son un lujo del continente al que pertenecen, dijo Bertrand Russell. No hay más que hablar.

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