Tribuna

Cien días de soledad

En vísperas de cumplir cien días de la declaración del estado de alarma, hoy volvemos al punto de partida, la normalidad exhaustiva que un día sufrió otra declaración, esta de guerra, por parte de un microbio. “A pesar de todo el poder económico, militar y tecnológico de las naciones, este pequeño microbio nos ha humillado”. […]

En vísperas de cumplir cien días de la declaración del estado de alarma, hoy volvemos al punto de partida, la normalidad exhaustiva que un día sufrió otra declaración, esta de guerra, por parte de un microbio. “A pesar de todo el poder económico, militar y tecnológico de las naciones, este pequeño microbio nos ha humillado”. Con resignación, el controvertido director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, admitía en mayo este desatino en la Asamblea Mundial de la Salud y describía al petit adversario como un virus eficiente y escurridizo que se mueve como un incendio forestal. Centenares de miles de personas han perdido la vida y cientos de millones han perdido el empleo. Al abrir las ventanas este domingo vemos el paisaje de siempre, pero es de noche: estamos abocados a la mayor recesión después de la de 2008. De ahí la oscuridad. Fin de la alarma y comienzo de la crisis. La posguerra será dura.
Cien días esperando este día, recobramos la libertad de movimiento, aun a costa de ceder a los Estados el control de nuestros pasos y acaso de nuestras vidas, mediante las tecnologías de vigilancia, que cuidarán de nosotros y nos espiarán. España probará con carácter piloto en La Gomera la app preventiva de futuros rebrotes. En las previsiones del historiador israelí Yuval Noah Harari, esta era la siguiente fase: la supervisión de la intimidad y los positivos en una misma aplicación. El viejo constructo de la libertad ha mutado en manos de los medios de rastreo contra el contagio. Apple y Google han puesto al servicio su sistema inalámbrico Bluetooth: libertad a cambio de salud.
Lo que hoy domingo celebramos es la fiesta de la desescalada, el grato solaz presencial de la vida en comunidad tras el estrés telemático. Pero hay un mundo mistérico de bulos que nos aguarda tras las cortinas de estos cien días, un mundo pandémico, que tardará mucho tiempo en sentirse seguro, aunque abramos este domingo todas las fronteras de Schengen y nos propongamos viajar en estado de gracia.
La propia OMS, que o sobreactúa o peca por defecto, no dejó de tener razón este viernes cuando, a escasas horas del destape, advirtió de que la plaga se está acelerando, con más de 150.000 nuevos casos en un solo día este jueves. América, sur de Asia, Oriente Medio… La precavida Alemania, de pronto, padece positivos a centenares tras un brote masivo en un matadero, con miles de personas aisladas. Las procesadoras de carne, con operarios hacinados y condiciones ideales para el virus, son los grandes focos de infección. Esto nos trae malos recuerdos de la neumonía china hace seis meses, en los puestos insalubres de animales y verduras, cuando Wuhan fue en diciembre el epicentro de la pandemia y apenas le dimos crédito. Ahora, ese déjà vu cobra cuerpo en el mercado mayorista de Xinfadi que abastece a Pekín. Llevamos medio año con la psicosis del contagio tomando mentalmente la temperatura de toda ciudad que estornude, y mirando de reojo los mercados húmedos de Asia, en cuyas lonjas sacrifican y venden animales en medio de charcos de sangre, vísceras y agua, auténtico caldo de cultivo de esta plaga que hoy simulamos haber derrotado saliendo a la calle a por todas, sin haber vencido lo más importante: el miedo.
Venimos de vivir cien días de soledad, en estricto régimen familiar, contando las prórrogas de la alarma. Los psiquiatras dirán mañana si hemos superado la prueba, aunque algunas señales de desvarío se han dado entre los dirigentes, que están para dar ejemplo. La guerra no ha cesado, pues si esta es la segunda ola, o una de tantas, la única diferencia es que nos hemos puesto la mascarilla para pelear con los fantasmas y mantendremos metro y medio de distancia para sortear las microgotas de Flügge de la saliva humana enemiga. Si Zafón y su personaje vivieran, en el cementerio de los libros olvidados velarían por rescatar el recuerdo de los hechos acontecidos, por que nunca se nos borren de la memoria. La normalidad que estrenamos hoy tiene esas aristas que recojo en El Libro del confinamiento publicado por este periódico: la tentación de pasar página. De pronto, hoy recobramos toda la responsabilidad sobre nuestros actos dejando atrás la tutela del Gobierno durante estos cien días de obsecuencia. La memoria selectiva, decía Saramago, “tiende a borrar las partes duras…, pero hay que tratar de ser honestos”. Diez años después de su muerte, sentimos nostalgia de las instrucciones cívicas del autor de Ensayo sobre la ceguera, la novela que se parece tanto a estos cien días de soledad.
No fue el hombre cohete, ni el emperador chino de la Nueva Ruta de la Seda, ni el misántropo jabalí de la KGB, ni los lobos esteparios islamistas, ni los recurrentes extraterrestres. Fue el coronavirus. El felón. De tal modo que regresamos a la anómala normalidad con la mosca detrás de la oreja. Cierto, tenemos conocimiento de causa y epis, pero no basta con la epistemología, necesitamos la vacuna, o nada volverá a ser normal. ¡Qué guerra más rara! Se gana lavándonos las manos, dejando de besarnos y abrazarnos, dejando de querernos, como si fuera el virus del desamor. Vamos con pies de plomo desde hoy al encuentro de la realidad. Quizá ya no queden restos de raciocinio. Porque esta pandemia es un estado de locura. El patógeno atacaba a los pulmones y disparaba a la cabeza. Que un presidente recomendara tomas de lejía serían las cosas de Pàmies, si no se tratara del amo del mundo, y que Miguel Bosé acusara a Bill Gates de querer implantarnos microchips o nano bots en una vacuna contra la Covid ha generado otra clase de brote. El presidente de la Universidad Católica de Murcia (UCAM), José Luis Mendoza, afín a la tesis del cantante de Amante bandido, tachó a Gates y George Soros de anticristos. El pandemónium de la pandemia convoca todos los aquelarres y las redes sociales han hecho del bulo un género de culto. Por desgracia la crisis económica no lo es, y esa maldita verdad incuestionable nos hará morder el polvo de esta guerra, mientras lunáticos, chiflados y estafadores hacen de todo esto un cuento chino.