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Gracias, Antonio

Hace dos o tres años -los años pasan volando- me practicaron un cateterismo y el doctor Antonio Alarcó llamó tres veces al cardiólogo que realizó la intervención

Hace dos o tres años -los años pasan volando- me practicaron un cateterismo y el doctor Antonio Alarcó llamó tres veces al cardiólogo que realizó la intervención: antes, durante y después. Fue todo bien. Antonio Alarcó no sólo es mi médico, sino mi amigo. Cuando sufrí un horroroso episodio de divertículos, hace muchos años, me hicieron pruebas en la clínica Ruber de Madrid, pero sólo me quedé tranquilo cuando el doctor Alarcó vio y analizó los resultados. Durante el confinamiento por la pandemia, Antonio y yo hablábamos todos los días de los temas más diversos. Y me hizo sentir más seguro. Al que no lo conoce le puede parecer inaguantable, pero este hombre, que es doctor en Medicina, doctor en Periodismo y doctor en Sociología es una garantía sanitaria, al menos para mí. Para definirlo, una vez hice un paralelismo un tanto irrespetuoso para los creyentes –él lo es, yo no: ¿En qué se parecen Dios y el doctor Antonio Alarcó? Y yo mismo aportaba la respuesta: en que Dios no sabe operar. Se lo tomó bien, porque la frase alimentaba su fama de gran cirujano. Además, Antonio sabe convertir en buenas noticias las malas noticias. Cuando la enfermedad de Loli nos mantuvo elegantemente engañados, sabiendo él la que nos estaba cayendo encima. Cuando ella murió, él sabía la fecha y yo la disimulaba durante meses. Siempre encontré su consuelo y varias fueron sus visitas a la Ruber Internacional de Madrid durante el proceso. Cada vez que me siento mal, llamo a Antonio. Él ve la vía fácil de la Medicina, conoce todos los caminos, los buenos y los malos; y parece que siempre transita por los buenos, aunque a veces los malos se hagan inevitables. Tenía que escribir este artículo de agradecimiento. Tiene pocos enemigos, pero los que tiene lo son por envidia. Es el sino de los genios.

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