política, sociedad

Del verano ‘raro’ de los patios y los paseos al otoño intranquilo

Acaba agosto, pero aún quedan ganas de estrujar los momentos que han sido buenos, porque este, para algunos, fue un verano retirado de la noche por miedo al coronavirus
Imagen del camino que va hasta el faro de La Punta/Sergio Méndez

Hace justo cinco años, cuando regresamos de Madrid, alquilamos un pequeño piso viejuno pero muy luminoso en el centro de La Laguna. Aunque solo nos costaba 450 euros, lo mejor que tenía no era el precio, sino el enorme ventanal del salón, con dos pequeños asientos a los lados que imitaban lo s que hay en las ventanas de las casas antiguas. Cuando Vane llevaba a la niña a la guardería, yo la abría completamente y dejaba que entrara en casa el aroma a churro de la cafetería Buen Paladar. Y de vez en cuando, bajando la calle, veía al exalcalde de La Laguna, José Alberto Díaz, encaminándose , con buena cara y un cigarrito, rumbo al Ayuntamiento de La Laguna.

A donde no creo que fuera con frecuencia es al paseo de La Punta que va desde los apartamentos Altagay hasta el faro, donde el nuevo Gobierno de la izquierda en el Ayuntamiento lagunero ha cerrado el tráfico a partir del tramo que se convierte en una pista de tierra, tras un informe de la Consejería de Transición Ecológica que evidenciaba el deterioro ambiental de la zona. Hace unas semanas, caminando por allí, sin coches ni furgonetas atestando ese lugar -ahora apacible- de paseo, fincas y mar chocando contra las piedras, pensé en los veranos que no habíamos podido disfrutar de ese paseo tranquilo. Y me pareció una cutrez que ninguna Administración lo hubiera hecho antes: ¿miedo a incomodar a la gente que quería tener su vehículo a pie de playa o acampar allí? ¿simple falta de interés, a pesar de algunas peticiones ciudadanas para proteger la zona? Qué sencillo es a veces hacer algo interesante. Y sin gastar, solo pensando. Sacudiendo la pereza conformista de las malas costumbres.

Retirado de la noche veraniega por el covid, ha sido este un verano extraño de disfrute tranquilo. Como una charla de sobremesa en el patio de una vieja casa de La Gomera jugando a la cartas bajo un inmenso árbol cargado de mangos. Con cierta inquietud por si me cae uno en la cabeza, pero agradecido de estar con mi madre cerca. Y con mi madrina, que cuenta las mejores historias del mundo, como si salieran de Macondo.

Como un almuerzo a la fresca en casa de unos amigos que acaba con un baño fresquito y un ron con Coca Cola al atardecer. Como una tarde en la piscina de Bajamar viendo a mi hija con un chaleco hecho de una especie de gomaespuma que le hace flotar un poco pero le obliga a moverse más que con los manguitos . Como un desayuno viéndola aprender a usar el cuchillo. Como una pizza en Garachico. Como unas cuantas noches viendo series inglesas de detectives y crímenes perturbadores. Como las mañanas de periódico con suplementos de verano que este año no están llenos de modernos contando festivales . Ni de historias de buscadores con coches destartalados por carreteras perdidas, en plan epopeya americana.

Hace un mes que volví a trabajar, así que agosto lo ha sido a medias, pero le robé un rato para no dejar de charlar, aunque solo fuera un rato desbarrando con Vane en la cocina mientras tomaba el café de Colombia que un día descubrí en Mercadona. O por el móvil, poniéndome al día con algún amigo mientras subo a la ermita de San Diego para aliviar caminando la hernia discal.

Entre placeres pequeños, parece que el coronavirus se maneja mejor. Pero ahora da respeto el regreso a la cotidianeidad pura, salpicada por la incertidumbre de si la vuelta al cole estará bien preparada. De cuánta gente va a enfermar, de si llegará la vacuna pronto. De si el turismo seguirá parado, de hasta cuándo continuarán los ERTE. De si habrá presupuesto, de si los Gobiernos aguantarán, de si algo bueno va a salir de esto o si Europa va a pensar que para qué nos suelta la pasta si luego estamos todo el día sacándonos la piel a tiras. Pero luego miras a EEUU, y ya ves…

Y entonces, me entra como una flojera infinita. Y respiro como si estuviera caminando por la costa. Y quiero volver al verano, aunque fuera raro. Aunque me caiga un mango gigante en la cabeza.

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