DespuÉs del paréntesis

Don Sebastiao

La primera vez que visité Lisboa busqué, con desesperación, la Plaza del Comercio. Me sentía obligado a recorrer con calma aquel lugar. Habría de detenerme allí para oír los ruidos de la expansión lusitana, su afán por salir y conquistar, por llegar a la ruta de las especias por mar, dejando atrás la costa de […]

La primera vez que visité Lisboa busqué, con desesperación, la Plaza del Comercio. Me sentía obligado a recorrer con calma aquel lugar. Habría de detenerme allí para oír los ruidos de la expansión lusitana, su afán por salir y conquistar, por llegar a la ruta de las especias por mar, dejando atrás la costa de África. Que España cambiara las coordenadas del planeta y se alzara con el privilegio de la unidad de lengua, religión y raza para conquistar era comprensible dada la situación del momento. Mas los portugueses no iban a renunciar a la más importante escuela de navegación, de cartografía y a la industria naval más extraordinaria del moderno europeo. Salí de Madrid con un coche prestado. Contaba con cinco días. Precisaba llegar a la Costa del Infierno, en la desembocadura del Tejo. Quería ver en el océano lo que ellos vieron. Vi la inmensidad, es decir, descubrí que los portugueses eran tan profundamente insulares como los canarios.

Aquella tarde paseé por la arena de la playa del Tejo y me reconfortó la misma niebla que explica la leyenda del Rey Don Sebastião, un personaje singular. El Rey volvería por esa playa después de las Cruzadas para salvar a sus súbditos de todos los quebrantos e incertidumbres. Fue un monarca especial. Era un joven que no dedicaba, por homosexual, trato alguno con las mujeres. Su abuela Catalina lo persiguió, lo encontró y lo obligó a que habría de tener descendencia por el bien del reino y de la sucesión. Entonces reunió a 400.000 mercenarios y partió a libertar Jerusalén. Una extraña forma de suicidio. Sólo llegó a Alcazarquivir (en 1578). La derrota fue memorable y su cuerpo nunca apareció. Por eso aún se le espera.

La madre de Don Sebastião fue Juana de Austria, hija de Carlos V, es decir, hermana de Felipe II. De ahí la anexión de Portugal por España.
Hoy se cuenta el revés de la historia. Por Felipe II la desconfianza de Portugal con España cavó más hondamente las fronteras y la insularidad dicha. Ahora dos de cada cuatro portugueses (como yo) ve bien la unión de la Península Ibérica; más aún, aceptan al rey español como legítimo rey suyo y a Madrid como capital. Repiten que la economía iría mejor en el nuevo Estado. Duro dictamen de la globalización. ¿En los tiempos que corren Don Sebastião ha perdido su brillo?, ¿los que ahí viven se han percatado del verdadero sentido de la desilusión?, ¿o es que han descubierto que ser insulares sin perspectiva es una condena más que un favor?
Tardos nacionalistas.