tribuna

Empezar la casa por el tejado

En 1980, después de llegar la primera oleada democrática a los ayuntamientos, en La Laguna, como en muchos otros lugares, se planteó la urgencia de ejecutar un Plan de Barrios

En 1980, después de llegar la primera oleada democrática a los ayuntamientos, en La Laguna, como en muchos otros lugares, se planteó la urgencia de ejecutar un Plan de Barrios. Cada uno de los partidos se apresuró a elaborar un listado de obras prioritarias respondiendo a las demandas de las Asociaciones de Vecinos. Mi grupo, la UCD, tenía 13 concejales, uno menos que el frente que apoyaba al alcalde Pedro González. Mi propuesta se basaba en dos párrafos: “Se ejecutarán aquellas obras cuya factibilidad urbanística sea posible”. Evidentemente no coincidía con las demandas que se habían ido construyendo para gastar lo que no se tenía a la rebatiña.

Aquello se parecía más a una tómbola que a otra cosa, a una expresión de deseos basados en la irrealidad. Al año siguiente la gran coalición de gobierno se vino al suelo y se impuso un acuerdo entre los trece concejales de UCD y los seis del PSOE, manteniendo a Pedro González como alcalde. Me preguntó cuál era mi proyecto y le contesté que habría que ensayar una financiación con el Banco de Crédito Local y aprestarse a redactar unas Normas Subsidiarias que sirvieran de paraguas a los planes parciales que dieran cobertura legal a los proyectos de urbanización. Me preocupé de contactar con Antonio García Perrote, que era el presidente de la entidad financiera, por medio de un amigo común, y nos fuimos a Madrid. El banco era uno de esos edificios donde no hay público. Solo grandes despachos con funcionarios. El presidente ordenó traer un gran libro que abrió sobre la mesa. Allí estaban todos los ayuntamientos de España, con sus cuentas al desnudo. Nos dijo que si no teníamos deudas pendientes, como afortunadamente así era, podríamos conseguir el crédito.

En aquella época nuestra carga financiera nos permitía comprometer el pago de intereses hasta el 25% del presupuesto de inversiones. Nos concedieron 300 millones de pesetas, que para ese tiempo no estaba nada mal. Después había que saber cómo se gastaba. Los proyectos deberían ser aprobados, con todas las bendiciones legales, y remitidos con urgencia a la entidad que había emitido el préstamo. Regresé a La Laguna y me encargué de que los funcionarios de la Oficina Técnica trabajaran por las tardes, con los correspondientes incentivos, para que los proyectos estuvieran a punto en el menor tiempo posible. Las condiciones de la financiación consistían en que el banco fuera pagando las certificaciones de obras a medida que se fueran ejecutando. Esa era suficiente garantía para poderlas adjudicar. Era una inversión absolutamente finalista. La realidad se impuso y toda la demagogia populista se diluyó inmediatamente, porque los sueños y las ilusiones que se apoyan en bases inciertas solo sirven para eso: para soñar, como ocurre con todas las cosas de imposible realización.

Mi paso por la política siempre obedeció a esta práctica y al respeto absoluto a la legalidad. No sé por qué aquella situación me viene a la memoria en el momento actual. Quizá sea porque se está intentando repartir un dinero que viene previamente condicionado. Es como construir la casa por el tejado. Me da la impresión de que ya todos conocen cuáles son las prioridades que impone Europa para su plan de reconstrucción. El presidente afirma que coinciden con su programa de gobierno y que él se encargará personalmente de hacer el reparto.

Yo creo que no se trata de eso. El que presta el dinero dirá en qué te lo tienes que gastar. El primero que ha ido a garantizarse lo que le interesa es el señor Urkullu. Los demás continúan con sus proyectos de presupuestos metidos en el cajón. Hasta la Moncloa tiene el suyo pendiente de los apoyos de ese pacto, al que Rubalcaba denominó Frankenstein, y está diseñando el marco antes de pintar el cuadro. De momento, Torra no ha venido a la reunión, y no creo que esa izquierda populista e independentista en la que se apoya Pedro Sánchez vaya a aceptar que le diseñen sus prioridades presupuestarias, que coinciden con sus postulados ideológicos, desde Bruselas. Cada vez se hace más necesario el gran pacto. Esta vez, porque lo que está en juego es el país y no los intereses de tal o cual partido político. He tenido que irme cuarenta años atrás para comprobar que las cosas son así.