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Iconoclastas

Hace unos años, la barbarie de los talibanes se abatió sobre el patrimonio arqueológico de Oriente Medio, y destruyó estatuas y monumentos de muy difícil o imposible restauración. A lo largo de los siglos, el fanatismo bárbaro ha destruido la cultura y el arte, ha quemado museos, libros y bibliotecas, como la de Alejandría, y ha perseguido a sus autores. Los nazis y los comunistas han quemado libros y cuadros, y han asesinado a escritores, pintores o escultores, por ser judíos, o burgueses, o capitalistas, o cualquier otra cosa.

Y cuando creíamos que la pesadilla había concluido, que solo ocurría en la ficción poética de Ray Bradbury y su Fahrenheit 451, la temperatura a la que arde el papel, los autócratas y dictadores, los bárbaros de lo políticamente correcto, nos muestran que el salvajismo humano no tiene límites, y derriban y destruyen estatuas de personajes históricos, a los que juzgan con criterios actuales, ajenos a sus valores y a su mundo, y, lo que es peor, a los que acusan de supuestos delitos no probados históricamente o simplemente falsos.

Esta gente pretende reescribir la historia, como ocurría en la Unión Soviética cada vez que un personaje del régimen caía en desgracia y había que borrarlo de la historia del partido y del Estado; o inventar unos hechos que demostraran que, en realidad, era un peligroso traidor enemigo del pueblo.

¿Y por qué detenerse en un pasado relativamente cercano y en unos determinados protagonistas? ¿Por qué no remontarnos a los orígenes de nuestra especie? Porque, por el camino tóxico y el criterio enloquecido de estos talibanes progres, los homo sapiens deberíamos pedir perdón a los neandertales por haber contribuido a su extinción hace unos treinta mil años. Y reivindicar y valorar los genes neandertales que portamos los humanos modernos como resultado de la hibridación con ellos.

De hecho, algún ecologismo radical nos señala como una especie depredadora del medio ambiente, que no está muy claro si tiene o no derecho a existir. Y que, en todo caso, debería vivir como vivieron nuestros antecesores los cazadores recolectores; bueno, cazadores no, porque la caza vulnera los derechos de los animales.

La enemiga contra las estatuas, que hoy en día designamos con el neologismo griego “iconoclastia”, está ligada a la historia de Bizancio y de la ortodoxia cristiana, y aparece tardíamente en los siglos octavo y noveno en torno al VII Concilio Ecuménico o Segundo de Nicea. Y uno de los problemas fue la traducción de un término griego como “venerar” o “adorar” a las estatuas. Los iconoclastas fueron derrotados en Bizancio, pero revivieron con enorme vigor con la Reforma protestante y, en particular, con los calvinistas y los puritanos, mientras la Contrarreforma católica se afirmó en la defensa de esa manifestación religiosa y cultural, sobre todo a partir del barroco y hasta el romanticismo tardío.

Los progres iconoclastas contemporáneos no saben nada de todo esto, por supuesto, ni tampoco les interesa lo más mínimo. Pero, por fortuna para la civilización, representan una anécdota pasajera, una nota a pie de página en el devenir de la historia humana. Y ninguno de ellos va a tener una estatua que recuerde esa anécdota.

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