tribuna

La misma danza cada cien años

Había una lógica tozuda, que no era ningún secreto. Basta ahora con mirar al virus a vista de pájaro y atar cabos, aunque nos estremezca la coincidencia

Había una lógica tozuda, que no era ningún secreto. Basta ahora con mirar al virus a vista de pájaro y atar cabos, aunque nos estremezca la coincidencia: los plazos, las muertes, las causas … parecen un rito infernal. En los últimos 500 años hubo siempre epidemias por estas fechas. No debió cogernos por sorpresa. ¡En qué estaríamos pensando! Estas son las pruebas.

Para empezar, en 1518 hubo una insólita epidemia de baile -una plaga de danza, una fiebre de brincos y saltos-, en las calles de Estrasburgo, sin cifra oficial de muertos. Hacia el mes de julio una mujer comenzó a bailar desenfrenadamente y la secundaron centenares de personas presas de un brote de coreomanía mortal, que se reprodujo por toda Europa con rebrotes temporales sin explicación. Aquel fenómeno, según algunos, provocado por los hongos del cornezuelo, entre múltiples conjeturas inconsistentes, nunca fue esclarecido. Se habilitaron espacios y contrataron músicos para complacer a los afectados, la fiesta duraba semanas y meses y las víctimas se desfogaban hasta morir. Hubo peregrinaciones y traslados a capillas para buscar la cura de la locura de una peste fastuosa del baile. En Italia se atribuyó a la picadura de una araña y derivó en tarantelas para separar el veneno de la sangre. Todo en vano. Los danzarines recorrían pueblos disfrazados con guirnaldas en el pelo y extraños atuendos, blandían palos de madera y a veces se exhibían desnudos, incansables, hasta romperse las costillas y morir infectados por la picadura de la coreografía. Dos años después -hace exactamente medio milenio-, se encadenan epidemias sucesivas con el intervalo de una centuria. En 1520 murieron de viruela más de 50 millones de indígenas en América. Cien años más tarde, siguiendo mis cálculos, sobrevino la gran peste de Milán, con centenares de miles de víctimas. Un siglo después, en 1720, fiel a la cita, estalla la gran peste de Marsella (más de 100.000 víctimas). En 1820 fue el cólera. Y en 1918-1919, la gripe española (de 50 a 100 millones de muertos). Yo nací el año de la gripe asiática, en el 57, que mató a dos millones de personas, pero queda fuera de la cronología de ciclos calcados de cien años de cadencia de peste, que es la que viene al caso.

La última bocanada viral, por ahora, es nuestro coronavirus de 2019-2020, heredero de esa reincidencia irrefutable de pandemias. (En el recuento, disculpen la digresión, sobresale un brote de peste bubónica en San Cristóbal de La Laguna, que provocó una auténtica masacre local, con cerca de 9.000 personas fallecidas, en una isla poblada por apenas 20.000.)

Quiero decir que estábamos avisados por la historia recurrente, y había una epidemia marcada en nuestro almanaque genético que nos aguardaba por estas fechas. El que no ha corrido tiempo ha tenido (“cito, longe, tarde”: “huye rápido y lejos, regresa tarde”, decían los galenos de la antigüedad a los contagiados en las pandemias). En cinco siglos no ha fallado el encuentro fatídico con la peste de turno. Cada cien años, reaparece como el monstruo de un lago infecto al cabo de la segunda década. Puntual como un clavo. 2020 no iba a ser diferente.

El profeta Tedros Adhanom alertó a los gobiernos el 11 de marzo de 2019, justo un año antes de que la OMS, que dirige el inmunólogo etíope, declarase la pandemia por coronavirus. Al presentar la Estrategia Mundial contra la Gripe 2019-2030 advirtió que “la cuestión no es saber si habrá una nueva pandemia, sino cuándo ocurrirá”. (Recordó que la gripe afecta a 1.000 millones de personas cada año y provoca más de 600.000 muertes.) Como la solución es la vacuna, oremos en dirección a Oxford, nuestra meca occidental. Ahora, Adhanom abandona el discurso apocalíptico, para dirigirse a los habitantes de un planeta enfermo e instruirles en la necesidad de aprender a convivir con el virus extrayendo sus enseñanzas: “Nos ha permitido imaginar cómo sería el mundo con cielos y ríos mucho más limpios”.

Si la cosa se pone fea… dijimos. De los tres escenarios que se habían previsto, hemos pasado a un cuarto estadio empeorado. El cuarto oscuro. Hay un compás de espera y este silencio (lo conocemos bien por el cine) es el que precede a la escena que hiere nuestra sensibilidad. En Gran Canaria temen que se apliquen confinamientos quirúrgicos en barrios contaminados. Las autoridades se debaten entre meter el bisturí y cortar por lo sano o esperar a que escampe. Nos engreímos con los elogios y ahora padecemos una crisis reputacional. Los 271 casos positivos de ayer en las Islas amenazan con dejarnos sin coartada ante Alemania y otras amistades.

La guerra… Basta con ahondar en el debate sobre las clases presenciales del curso escolar que empieza en breve, si no se aplaza por los repuntes, para ver que esta guerra no la hemos ganado ni de lejos. José Luis Sampedro decía que los líderes del futuro serían los científicos. La vacuna es nuestra Excalibur para esta batalla. Vacunas la británica, la china, la española…, no vaya a ser que la rusa sea una toxina en una taza de té, como le pasó a Navalni (y antes, al espía Litvinenko o los Skripal, padre e hija, y todos los puteados por Putin). Navalni es el síntoma de esta época en que la danza de la muerte, como en la peste de baile del siglo XVI, nos depara líderes demenciados, y estos son los generales de la guerra contra el virus, cuyo ejército de clones nos va ganando de calle.

Hay una crisis de cordura, que no deja de ser una deriva de la pérdida de rumbo de un mundo nefando, con gobernantes de perra chica. En este caladero y con esos peces gordos nos ha caído la peste de cada siglo. No bastará con que Joe Biden/Kamala Harris lleguen a la Casa Blanca. El censo de líderes revela una alta tasa de enajenación mental. Y ese virus en todos los tiempos también ha sido una constante histórica. Suetonio describió a Calígula, que quiso nombrar senador a su caballo y ordenó a sus soldados que recogieran conchas en la playa tras una derrota para fingir un combate con el dios de los mares. “Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas”, decía el emperador perturbado. No hemos progresado tanto como creemos en 2.000 años de historia, imperios y pestes.

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