Los partidos españoles responden al modelo leninista: quien gana el poder en su seno lo ejerce absolutamente y purga a sus oponentes. El partido es el líder y el líder es el partido, lo que significa que los Comités Federales, las Juntas Directivas y demás son meros conjuntos de incondicionales sumisos, que no se mueven para salir en la foto. A veces se producen excepciones que confirman la regla, como fue la defenestración de Pedro Sánchez por su Comité Federal, un Comité que fue masacrado sistemáticamente cuando el líder regresó, pero son solo eso, excepciones. El gran problema es que la absoluta dependencia del líder hace al partido absolutamente dependiente de sus cualidades y sus circunstancias. Cuando se trata de un político incompetente con vocación de personaje del corazón, el partido queda destruido, como le ha ocurrido a esa ficción política que todavía se llama Ciudadanos. Y cuando un líder es incapaz de imponerse a su antecesor, el partido se divide en las dos facciones irreconciliables, se debilita y pierde el poder, como le ha ocurrido a Coalición Canaria, en la que la sombra de Paulino es muy alargada.
El Partido Popular no es una excepción. Sufrió la estrategia disparatada y la incompetencia de Rajoy y de Soraya, que lo condujo al abismo, e intentó recomponerse con Casado, un fiel discípulo de Aznar, que incorpora todos sus defectos, entre ellos el autoritarismo visceral y la autocomplacencia: el centro derecha español no tiene suerte con sus dirigentes. Bueno, el centro izquierda tampoco, porque lleva mucho tiempo en manos de criptocomunistas disfrazados de socialdemócratas, como Zapatero y Pedro Sánchez.
Casado está demostrando que hace tiempo llegó a su nivel de incompetencia. Ahora bien, hay que reconocer que su situación es desesperada. Tiene por delante una larguísima travesía del desierto de, al menos, tres años, sin ninguna posibilidad de alcanzar el poder y con el peligro muy real de perder esas futuras elecciones, lo que supondría el final de su carrera política. Para colmo, Ciudadanos se ha suicidado y Vox gana cada vez más fuerza, a pesar de esa absurda moción de censura, en la que los populares tendrán que abstenerse y que recuerda la que destruyó a Hernández Mancha, otro incompetente de la política.
Cayetana es todo lo opuesto a una militante disciplinada y obediente, y su error ha estado en suponer que su partido no era leninista y respetaría su libertad de expresión. En ese sentido, es verdad la explicación que, según ella, le dio Casado para justificar su cese: sus declaraciones y entrevistas cuestionaban la autoridad del líder. Claro, la autoridad del líder entendida como absoluta, porque, por el contrario, tenían la virtud de apuntar a una estrategia doble y más rica en matices, con muchas posibilidades de juego político, y muy alejada de la previsible y lineal estrategia popular actual. Ahora bien, ambos han cometido un grave error y han ofrecido a sus oponentes un innecesario espectáculo de división interna. El cese tenía que haber sido presentado como una promoción a otro cargo, de común acuerdo y en el contexto de una reorganización. Y sobraban las declaraciones de ella contra Casado. Un doble error. Y los errores se pagan, y más en política.
