en la frontera

El diálogo

El diálogo como medio es una de las principales expresiones de la vida democrática. En efecto, la disposición al diálogo no debe ser solo una actitud, sino que el diálogo, como actitud socialmente generalizada, debe ser un objetivo político de primer orden. Una sociedad democrática no es tanto una sociedad que vota, ni una sociedad partidista, con ser estos elementos factores vertebradores fundamentales en una democracia. Una sociedad democrática es ante todo una sociedad en la que se habla abiertamente, en la que se hace un ejercicio público de la racionalidad, en la que las visiones del mundo y los intereses individuales y de grupo se enriquecen mutuamente mediante el intercambio dialógico.
El diálogo auténtico entraña un enriquecimiento de la vida social y una auténtica integración, pues el diálogo supone la transformación de la tolerancia negativa, el mero soportar o aguantar al otro, al distinto, en tolerancia positiva, que significa apreciar al otro en cuanto que no nos limitamos simplemente a existir a su lado, sino que coexistimos con él. Por eso, el día en que asumamos que podemos aprender de los adversarios y viceversa, habremos emprendido un camino que vale la pena transitar. Y que lleva muy lejos. Ya lo creo.
En la política democrática, muchas veces prende la ideología del acuerdo. Tal cosa acontece cuando se busca el consenso como fin, no como medio para resolver problemas. Entonces, el entendimiento se impone, no se atiende a las aportaciones que puedan hacer los demás, porque no son relevantes. Solo interesan de cara a la galería con el fin de cuanto antes mostrar al pueblo que se tiene capacidad de tejer acuerdos.
El diálogo, el entendimiento es una gran herramienta, un instrumento político de primer orden que cuando se utiliza legítimamente proporciona relevantes réditos de todo orden. Se trata, en estos casos, de explorar posibilidades de acuerdo, de colocar en el centro de la deliberación la dimensión humana del problema y así aproximar posiciones. Sin embargo, cuando se trata, como se suele decir vulgarmente, solo de marear la perdiz, de ganar tiempo, o de enquistarse en lo tecnoestructural, entonces los problemas en lugar de resolverse, se complican, y a veces se hace imposible su resolución. Y, claro, la culpa de que no es posible el acuerdo, para quien está infectado de ideologitis, es, siempre y en todo caso, del adversario.
El consenso y el acuerdo, en un Estado de Derecho, deben apoyarse en la dignidad del ser humano. Tenemos una gran ocasión para leer desde el humanismo la Constitución de 1978 y extraer todas las consecuencias que de ella se derivan. Tenemos la ocasión de fundar nuestro orden político, social y económico sobre lo que dice claramente el artículo 10.1 de la Constitución: “La dignidad del ser humano y los derechos inviolables que le son inherentes, el libre respeto de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y la paz social”.
Un proverbio portugués señala que el valor crea vencedores y la concordia crea invencibles. Aquí, sin embargo, en lugar de ponernos todos a remar en la misma dirección, quien más responsabilidad tiene en sembrar el entendimiento, desprecia y ningunea a los otros, cuando debiera, si pensara en todos los españoles, en los que peor lo están pasando, tender la mano y desterrar el enfrentamiento. El problema, muy sencillo: se prefiere laminar, eliminar al adversario como única estrategia. Es una pena porque lo pagaremos todos y seguiremos, ahora más que nunca, en el vagón de cola que es el del cainismo y el maniqueismo.

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