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La mujer de rojo

Desde la Punta del Viento, a menos de 200 metros de mi casa, suena una trompeta. Interpreta La mujer de rojo, la vieja melodía de una película sencilla y divertida. Esto se agradece, en medio de un extraño silencio en la calle. Todo el mundo tiene la boca tapada por la mascarilla. Ni siquiera está hoy el señor que habla con el cajero de La Caixa; es una tristeza. La trompeta rompe el aire, trabajosamente profanada por un músico callejero aficionado. Pero le da al ambiente un cierto aire como de París. Lo que pasa es que San Telmo no es el Sena, sino un mar. Y mi calle no es la de Sant Honorè, sino que en ella sobreviven una mercería, un zahorí y un masaje tailandés. Y La Caixa, que se va a convertir en protagonista de mis memorias de ventana. La mujer de rojo se hace melodía interminable, acompañando al yodo del mar que penetra en la humedad de estos días finales del septiembre eterno. Hay meses que no se acaban nunca, son meses que parecen que duran todo el año. El músico incansable cambia a una canción de Édith Piaf. En el número 72 de la calle donde nació Édith Gassion, más tarde Piaf, hay una placa que dice: “En las escaleras de esta casa nació, el 19 de diciembre de 2015, en la mayor pobreza, Édith Piaf, cuya voz, más tarde, conmocionaría al mundo”. Está escrito con esa meticulosidad con la que se expresan los franceses cuando quieren cantar sus glorias, desde el Rey Sol a Édith Piaf, cuyo sonido prestado suena ahora en la Punta del Viento. Es verdad que la vida puede ser rosa, pero a nosotros se nos ha enardecido el color: tiramos al rojo de una manera abrumadora. En todos los sentidos.

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