El Charco hondo

Pisar mierda

Aunque no se conoce suficientemente el origen de la creencia, suele decirse que pisar una mierda trae suerte, que alguna cosa buena sucederá cuando algún contratiempo ha ocurrido. El Rey ha podido comprobar que algo de esto hay. Días atrás el Gobierno de España la cagó -sí, la cagó- negándose a refrendar la presencia del […]

Aunque no se conoce suficientemente el origen de la creencia, suele decirse que pisar una mierda trae suerte, que alguna cosa buena sucederá cuando algún contratiempo ha ocurrido. El Rey ha podido comprobar que algo de esto hay. Días atrás el Gobierno de España la cagó -sí, la cagó- negándose a refrendar la presencia del jefe del Estado en una entrega de despachos en Barcelona. Porque eso fue, una cagada. Y un síntoma. Y una señal. Fue, esa silla vacía en el acto de los jueces, una anomalía constitucional, una torpeza, un precedente que retrata a sus actores principales; en definitiva, una mierda abandonada en el suelo, en cualquier pasillo o salón. El Gobierno
-éste u otro- no está para impedir al jefe del Estado cumplir su función, sea en Cataluña o en cualquier otra comunidad. Cuando alguno de los veintidós ministros apela a razones de oportunidad, lo que se pone de relieve es la inoportunidad de Estado -el sinsentido de Estado- de quienes ocupan esos ministerios. Si un jefe del Estado no puede moverse constitucional u oportunamente por el Estado, o no hay Estado o el Estado ha sido descabezado sin tomarse la molestia de hacerlo por la vía de una reforma de la Constitución. O tal vez la oportunidad a la que alude alguno de los veintidós ministros poco o nada tenga que ver con el Estado y sí, claro que sí, con las urgencias parlamentarias -presupuestarias- del Gobierno. El Rey puede caer mal, peor, bien o fatal. La monarquía puede generar empatía, rechazo, antipatía, defensores o detractores. Da igual. Tanto da. Mientras Felipe VI sea jefe del Estado, en vez de jugar a empatizar con el malestar generado por el emérito -porque a eso huele- el Ejecutivo debe arroparlo como tal. Salir en defensa del jefe del Estado no sitúa en la derecha extrema a quienes lamentamos lo que ha ocurrido -como así ha arengado alguno de los veintidós ministros- sino en el respeto constitucional a la institución de la jefatura del Estado, figura que a mí, o al vecino de abajo, nos puede resultar anacrónica o manifiestamente reformable, pero mientras la Constitución no diga lo contrario es mi jefe del Estado, nuestro jefe del Estado. No contaron en Moncloa con la creencia de que pisar mierda a veces da suerte, la buena suerte que ha dado al Rey pisar la cagada del Gobierno y encontrarse -cuando pocos daban un duro por él- con millones de voces saliendo en defensa de su posición constitucional.