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Un reloj

Me han regalado un reloj de mesa, un reloj inglés del siglo XIX o quién sabe. El reloj es pequeño, tiene un sonido agradable de campanadas, no como las de la Concepción lagunera que tanto incomodaban a mi amigo Arturo Maccanti. El reloj está cerrado por cristales, lo cual es conveniente para admirar su perfecta maquinaria dorada. Y no atrasa ni adelanta un minuto. Un reloj siempre es una máquina perfecta, cuando está fabricado con celo. El reloj no tiene marca alguna en su esfera rectangular (quizá esta expresión constituya un oxímoron). Sólo, detrás, iniciales y números. Se ve que fue fabricado por encargo de alguien. Apenas suena su tic-tac, el volante se mueve sin hacer ruido. Hasta que llega el momento de las campanadas. Lo he puesto en la mesa donde escribo y lo he limpiado con una esponja que huele a gasolina o así. Dice una inscripción trasera que está hecho a mano. Fue comprado en Gales, o quizá en Londres y lleva un asa para facilitar su traslado de un lugar a otro sin que se toquen los cristales que lo envuelven. Las horas están grabadas con números romanos. El fondo de la esfera, que no es esfera puesto que tiene forma rectangular, es blanco, blanquísimo. Los relojes ingleses tienen fama, como los suizos, de exactos y cabales. En cada casa británica hay dos o tres, pero no creo que tan bonitos como el mío. Este reloj era de un inglés, que murió. No sé qué funciones tienen tantas ruedas interiores, pero a mí el sonido de las campanadas se me parece a las de la catedral londinense de San Pablo. Hay un fallo. Cuando son las dos, la campana del reloj suena sólo una vez y cuando son las tres, dos veces. Un relojero pondrá las cosas en su sitio, ya lo verán. Mientras, estoy muy contento con ese sonido.

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