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Tres montañas

La llamada Transición fue algo insólito -y muy afortunado- en la historia de las dos Españas. Por primera vez, ambas reconocieron que ninguno de los dos bandos en la última guerra civil era democrático, que los demócratas fueron aplastados en ellos y que el futuro del país y el bien de los españoles imponía un […]

La llamada Transición fue algo insólito -y muy afortunado- en la historia de las dos Españas. Por primera vez, ambas reconocieron que ninguno de los dos bandos en la última guerra civil era democrático, que los demócratas fueron aplastados en ellos y que el futuro del país y el bien de los españoles imponía un borrón y cuenta nueva político. Pero ese reconocimiento mutuo y esa voluntad de concordia y de paz presuponía también un reconocimiento del statu quo y del resultado de la guerra, que era inmodificable. Y así, los socialistas y los comunistas aceptaron la monarquía y la bandera; aceptaron que el único ejército español fuera el vencedor en la guerra, y que los militares profesionales republicanos siguieran expulsados de las fuerzas armadas a cambio de unas determinadas compensaciones económicas; y aceptaron que toda la Administración de Justicia siguiera siendo la misma. A cambio, los franquistas, liderados por Fraga Iribarne, aceptaron suicidarse políticamente y enterrar a Franco en el baúl de los recuerdos y de algunas fundaciones y asociaciones. Y el resultado y el resumen final de todo eso fue una Ley de Amnistía de todos los delitos y atrocidades políticas que ambos bandos habían cometido. Los enterramientos, los símbolos y monumentos, y los nombres de las vías públicas se dejaron en suspenso, hasta que los años y el necesario distanciamiento permitieran a los futuros españoles resolver esas cuestiones desde la sensatez y la generosidad.

El socialismo de la Transición era el socialismo felipista socialdemócrata, al que los alemanes de la Fundación Ebert habían obligado a renunciar al marxismo para seguir financiándolo. Y el comunismo era el comunismo inteligente de Santiago Carrillo, que saludaba cordialmente a Fraga y que sabía que lo conseguido era todo lo que su partido podía conseguir en la nueva España.

Los nunca aclarados atentados de Madrid les dieron el poder a los socialistas, pero al socialismo marxista y criptocomunista de Rodríguez Zapatero, que se había impuesto en el partido. Este socialismo no aceptaba la Transición porque no aceptaba el resultado de la guerra civil. Y ahí empezó el problema de la llamada memoria histórica, una memoria que comenzaba y terminaba en esa última guerra civil, como si el resto de la historia española no existiera. A pesar de ello, los españoles repudiaron esa política y le dieron una mayoría absoluta a Rajoy, que el pusilánime presidente desperdició, entre escándalos de corrupción, contabilidades paralelas, luchas intestinas y espionajes mutuos.

Pedro Sánchez está superando a Zapatero por la izquierda y en sometimiento al independentismo catalán, mientras Podemos, Iglesias y sus ministros le hacen el trabajo sucio. Lo último ha sido prohibirle al Rey que asistiera en Barcelona a la toma de posesión de la nueva promoción de jueces y fiscales, como ha hecho siempre la Corona en los últimos 20 años. Y cuando muchos de los presentes en el acto corearon un ‘¡Viva el Rey!’, su ministro de Justicia opinó que “se habían pasado tres montañas”. Por desgracia, un país en donde dar vivas al Jefe del Estado es pasarse en opinión de nada menos que el ministro de Justicia, no es un país democrático. Y la democracia se está alejando de España más allá de tres montañas.