Tribuna

Un techo de uralita

El Gobierno aprueba un plan de recuperación y modernización económica para los próximos seis años. Esto significa su voluntad de durar ese tiempo. No tiene nada de extraño porque en política el deseo es estar toda la vida. No olvidemos que la agenda 2030 que ostenta el vicepresidente Iglesias tiene un horizonte de diez años, […]

El Gobierno aprueba un plan de recuperación y modernización económica para los próximos seis años. Esto significa su voluntad de durar ese tiempo. No tiene nada de extraño porque en política el deseo es estar toda la vida. No olvidemos que la agenda 2030 que ostenta el vicepresidente Iglesias tiene un horizonte de diez años, como mínimo. Ya sabemos cómo son las alternancias en el sistema que presenta como modelo. El régimen que le resulta más cercano, Venezuela, ya dura veinte años, y Cuba ha llegado a los sesenta. Estos son los tiempos necesarios para cambiar radicalmente a una sociedad, aunque en estos casos hayan logrado estancarlas para hundirlas en la miseria. En fin, se trata de ideologías, y en un sistema democrático no se les debe negar la oportunidad. Ese es el coste.
La sorpresa del Consejo de Ministros de ayer es la aprobación del techo de gasto con un incremento del 53%. Nadie medianamente despierto puede ignorar que ese aumento no se corresponde con el incremento presupuestario por incorporar una ayuda europea de 120.000 millones de euros en cuatro años, en el caso de que llegue en estas condiciones. Esto significa que ese aumento tendrá que soportarse en una fuerte subida de los impuestos, cuestión esta que va en contra de la promesa del presidente Sánchez de no tocar la carga fiscal hasta alcanzar los niveles del PIB anteriores a la pandemia. Otra afirmación que se va al suelo, como tantas otras. Ya estamos acostumbrados. La costumbre la hace la necesidad, y en este Gobierno, la más acuciante es permanecer en el poder. Esto me lleva a concluir que lo de Frankenstein no es lo adecuado. Al monstruo se le supone la solidez en el engarzado de sus órganos, que provienen de distintos padres, suficiente para no ser movido por los vendavales. Lo más apropiado sería asimilarlo a una veleta, a un giraldillo capaz de orientarse a la dirección del viento que mejor convenga. La noticia de este enorme aumento del gasto ha aparecido con el triunfalismo de un mago Merlín que todo lo resuelve. El cuerno de la fortuna va a derramarse sobre los pobrecitos españoles, con el mismo estilo con que Evita lanzaba pesos a la rebatiña desde el balcón, para que sus grasitas enloquecieran enfervorecidos al recogerlos. Es una forma de alimentar al fanatismo. Parece que va a llegar el tío Gilito a repartir millones, pero, en este caso, los que no tiene.
Por fin se ha llegado al consenso, pero al consenso innecesario de los que ya son. No creo que Ciudadanos sea capaz de seguir tras esta fanfarria ostentosa que nos conducirá a situaciones imprevisibles. Ha ganado Iglesias de nuevo. Un paso más hacia la consolidación del desastre calculado en el que quiere introducir al país. Ya sé que me dirán que esgrimo una opinión derrotista, pero estoy seguro de que, en sectores amplios del PSOE donde todavía impera la sensatez, está medida será interpretada como una claudicación. Ignoro la fuerza que ha tenido la señora Calviño en la consecución de este acuerdo. Me da la impresión de que no ha sido muy entusiasta. Ahora habrá que ver cómo reacciona Europa. Los países miembros ya han advertido, de manera indirecta, aquello que no van a ser capaces de admitir. También desde Moncloa se les está echando un pulso. Seguro que piensan que España no es como Grecia y que la UE no está dispuesta a que falle sin más. Hasta Cataluña, que no durará en poner la mano, tendrá un nuevo argumento para zafarse de un Estado que les obligará a compartir una deuda inasumible. Esto no hace otra cosa que darle la razón al independentismo catalán, que siempre se ha mostrado a favor del ahorro y en contra del despilfarro. Si no te gustaba el café ahí te van dos tazas. Cada vez estamos más cerca de introducir el bolivarianismo en Europa. En este caso con la inestimable colaboración de un partido que se ha vuelto tonto y que ha abandonado la sensatez por un plato de lentejas. Lo peor es que, como siempre, lo vamos a pagar todos los que no estábamos en la guerra. España es así. ¡Qué le vamos a hacer!