despuÉs del paréntesis

Vikingos

Vale la pena visitar el Museo de Barcos Vikingos de Oslo. Allí te topas con uno extraordinario que encontraron en el mar conservado por el hielo. Así que, por lo visto, no es extraño preguntarte qué fue lo que catapultó a ese pueblo navegante, con la leyenda negra de la violencia y de la destrucción a sus espaldas. Parece cierto cuando te internas en el Museo Nacional de Dinamarca, en Conpenhague, y descubres centenares de espadas de las de entonces en sus vitrinas. Por lo uno y por lo otro te interesas, ya digo. Me lo contaron con detalle cuando viví en el norte más norte de Europa, en la dicha Conpenhague. Deduces: es difícil aceptar las agitaciones de esos humanos porque no todo el que anda apuñalando por ahí ha de tener futuro en el lugar en el que mata. Un vikingo que hoy sería noruego y que se llamó Erik Thorvaldsson sacó la espada de su vaina y acabó con la vida de un noble islandés. No lo metieron a la cárcel. Les dijeron que se acabó lo que se daba; los conminaron a que se marcharan de la isla. De nuevo agua para encontrar. Llegó a un témpano helado, vio, exploró. Dedujo que allí podían tener asiento. Regresó a donde lo dejaron regresar y dedujo lo que habría de transmitirle a su pueblo para persuadirlo. La “tierra verde”, es decir, Groenlandia. Erik el Rojo, que de ese modo se conoció, convenció a su gente de que en la Grønland contaban con sustancia para vivir y reproducirse. Necesitaban ese paraíso, dado que en otros rincones no cabían, no eran bienvenidos a las costas de Dinamarca ni se los esperaba en Noruega.
Y ocurrió que el tal Rojo tuvo un hijo tan intrépido como él, Leif Erikson. Me refirieron que se perdió en el mar del norte mientras navegaba hacia su hogar. Llegó a una tierra fría, pero más verde que la que localizó su padre. Y como el progenitor fue ingenioso hasta lo sublime, de casta le vino al galgo. Lo desconocido con nombre. Leif aguzó la imaginación y nombró Vinlandia, “tierra del vino”, a lo descubierto. Con ese presente los suyos lo seguirían sin dudar.
América, pues, no sería América, sería Vinlandia, a poco que Leif Erikson hubiera probado que aquello no era un invento como el de su padre, era real. Pero como sospechaban, lo mandaron a paseo y por eso Colón ocupó el lugar en los libros que ocupó, y no digamos el mentiroso Américo Vespucio.
Por estas historias mis amigos noruegos siguen preguntándose hoy, ¿y el vino dónde está?, ¿quién se comió el verde de los prados?

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