TRIBUNA

¡Árbitro, la hora!

Maradona era el Mar del Fútbol cuando el deporte guardaba las formas, la vida era reconocible y había baños de multitudes

Maradona era el Mar del Fútbol cuando el deporte guardaba las formas, la vida era reconocible y había baños de multitudes. Vivió como un Poseidón, adicto a las tormentas, y murió, como el año, enfermo y extraviado, con los estadios vacíos, la pelota en el altar y la mano de vuelta a casa, a su dueño.

Era uno de esos dioses sensibles y coléricos, fiel al rol, y se quedó sin sitio cuando estalló el coronavirus, con la hinchada dispersa, las gradas atónitas y el espectáculo del fútbol, como dice Valdano, imitando a la vida. Un balón se aleja ahora flotando en ese mar solitario. La simbología concierta sus acuerdos con los actuales acontecimientos de ese modo tan homérico. La muerte y exaltación de Maradona, la gloria ya depositada en la vitrina y una sensación luctuosa de final de ciclo, justo cuando termina el año que nos echó todo a perder, no deja de resumir cuanto ha sucedido en estos meses caóticos. Maradona no podía morir en otro contexto, sino en este, fronterizo, con la desaparición progresiva de los últimos dioses, los referentes sociales que marcaron nuestra vida, y con una mitología nueva por hacer cuando acabe el partido. En el interregno, no cabe mayor nobleza que la de ser agradecidos por los servicios prestados. Nos hicieron felices. Aunque no haya habido un tiempo huérfano como este, que se recuerde, la memoria no miente y da aliento para buscar las nuevas raíces con la herencia cultural, deportiva y sentimental de tantos dioses penates que eran como de la familia.

El mundo cambió de un plumazo en 2020 y el astro que marcó una época se fue, con el epílogo tardío del siglo XX, homónimo de este año descolgado del tiempo. Pasamos página y toca refundar el modelo de vida con nuevos pilares. Como llegó Biden, se marcha el argentino de la odisea albiceleste. Nos congratula ver a Biden derrocando a Trump, el supremacista que dividió de nuevo el mundo entre blancos y negros. Abrazamos ese gol que cambia los tiempos al final de un año infausto como un partido trabado. Necesitamos delanteros que arreglen la mala racha del equipo del mundo y marquen la diferencia. Vacunas que nos revitalicen al límite de nuestras fuerzas para regresar al campo debidamente infiltrados. Calentar en la banda con nuevas estrellas capaces de dar un vuelco a este resultado adverso. Jugar a vivir otra vez, con líderes y paradigmas que están empezando a llegar. Y con un nuevo reglamento para esta vida de nuevo cuño. El que teníamos ya no sirve, corresponde a una realidad que fue depuesta, a unos protagonistas que ya no están en primera línea o han pasado a mejor vida. Las nuevas reglas de juego han de ser diseñadas cuanto antes, pues este partido, en cierta forma, se está disputando sin normas, con instrucciones obsoletas. Conviene sancionar las zancadillas de quienes provienen del antiguo régimen y se resisten a ceder el trono, a admitir la derrota, a rendirse. Es otro mar el que baña el mundo ahora que las aguas se renuevan por fin.

No será la Navidad más feliz de la niñez, esta Nochebuena faltarán muchos abuelos en las mesas de los hogares. Como antaño, habrá restricciones, menos de todo y de todos. En mitad de esta mala pesadilla, nos hemos ido adaptando a soportar el final de las cosas y de los seres queridos. No por ley de vida, sino por inercia. Pues la tragedia de esta pandemia ha sido el ocaso antes de tiempo de hombres y mujeres que estaban sanos. Nada que ver con la vejez o la enfermedad consuetudinarias tal como las entendíamos, sino a machamartillo, en el cadáver reiterado de un tiempo muerto. Ver irse a Maradona o a Luis Sepúlveda, que escribió Un viejo que leía novelas de amor, o a Carlos Ruiz Zafón, que nos llevó al cementerio de los libros olvidados en La sombra del viento, o a Aute, que nos cantaba Al alba, o a Pau Donés, a Emilio Morricone, a Ernesto Cardenal, a Max von Sydow, a Sean Connery o a Quino, que nos legó a Mafalda, entre todos los muertos que se cobra el año de la parca, ha sido parte de este guion sucesorio. No ha importado que las muertes se debieran al virus, pues en la mayoría de los citados no ha tenido nada que ver. Ha sido el hecho sobrevenido de estar predispuestos, como nunca, a decir adiós para siempre a una serie de gentes que nos importaban mucho a muchos. No hay novedad en la muerte. Es algo con lo que contamos. Pero en 2020 ha sido como morir por antonomasia. De modo que invertimos los términos y cabe preguntarse, junto a quién ha muerto, quién ha nacido, quién emerge. Interesarnos por los que vienen.

En esas estamos. El mundo se juega la Champions de la COVID, con tres vacunas en cabeza. Si hubo genios en el fútbol como Maradona, por qué se resisten en política los Messis y Ronaldos, y terminamos este año con líderes patosos y marrulleros, como si no hubiera cantera, viendo a Pedri hacerse mayor de edad precisamente el día que murió Maradona, y convirtiéndose, de ese modo, en uno de los que vienen en pleno éxodo de iconos.

Mañana termina noviembre. Y nos quedamos a las puertas del final del partido. No será un borrón y cuenta nueva. Queda prórroga para rato. Y el 20 de enero deberá consumarse la alternancia en la Presidencia de los Estados Unidos, en una ceremonia global que trasciende la explanada del Capitolio de Washington sobre la mítica colina. No niego que nos asaltan miedos y dudas mirando el reloj, ¡árbitro, la hora! De manera que diciembre tiene dos maneras de acabar el tiempo de juego reglamentario. Con vacunas, con Biden, con tregua. O con un susto impensable marca de la casa, con una gran trastada. No pienso mencionar la palabra maldita, pero apelo al número 10 que derrotó a Downing Street, al embajador de los locos bajitos como cantaba Serrat, al que acaba de ascender a la máxima categoría, al que nos mira desde el palco del Boca en lo más alto, para que interponga su mano entre Trump y el botón. Y redima el pecado del día en que fingió ser Dios.