el charco hondo

Cs

Cuando Albert Rivera no veía rojos o azules, porque él solo veía españoles, quienes barajaban la posibilidad de votar Ciudadanos lo que veían era a un candidato con síntomas de desorientación, sobrepasado, subido a tantos discursos que acabó quedándose sin un relato mínimamente reconocible.

Rivera no veía jóvenes ni mayores, él lo que veía eran españoles, pero aquellos que simpatizaban con Ciudadanos lo que veían era a un candidato sumergido en el imposible de la ubicuidad ideológica, arrastrado por el espejismo de creer que podía abarcar los espacios políticos colindantes, viendo pasar por dos veces el tren de la vicepresidencia del Gobierno, transformado en un líder confundido, confuso, al que nada le parecía suficiente. Albert Rivera no veía creyentes o agnósticos, campo o ciudad, derechas o izquierdas, conservadores o progresistas, él fue dejando de ver, a secas, y tanta vista perdió que finalmente fueron los españoles quienes dejaron de ver en él una apuesta razonable, dejaron de verlo como una opción reconocible, como una propuesta de país diferenciada, propia. Rivera se transformó en un personaje poco creíble, provocando que un ejército de escaños le dieran la espalda para refugiarse en los partidos vecinos.

Aquel fue un discurso que Rivera tomó prestado de uno que Obama había pronunciado para apoyar a John Kerry -no hay una América liberal, conservadora, blanca, negra, latina o asiática, están los Estados Unidos de América.. -. Adaptando malamente los discurso ajenos, Rivera marcó su camino hacia la puerta de salida, consumando la retirada de quien acabó siendo un candidato prestado, prescindible.

Cayó en desgracia electoral porque terminó cayendo mal, antipático, y lo hizo con tanto éxito que su partido llegó a ser un partido que caía igualmente antipático. Fue una mala noticia que Ciudadanos se desdibujara y descendiera al purgatorio de las organizaciones perfectamente prescindibles. Al país de las balaceras parlamentarias le sigue haciendo falta un partido que ponga bisagras razonables, templadas y centradas a algunas puertas -para que no chirríen cuando se abran a según qué acuerdos de gobernabilidad-. Rivera acabó sobrando, su partido no. Ciudadanos tiene cosas que contar en las Islas, algunas se sabrán en breve, y bien está que estén en ello, resucitando la bisagra que Albert Rivera oxidó, recuperando el perfil de un partido con un discurso identificable, propio, diferente, con una organización regional capaz de arropar a los que están y de rescatar a quienes perdieron por el camino, sumar, aunar, reconstruirse.

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