despuÉs del paréntesis

Israel

Se llamaba Israel Vázquez. Era un periodista del diario digital El Salmantino de Guanajuato, en México. Ocurrió en la mañana correspondiente lo que, por infortunio, suele ocurrir en ese país: el encuentro de un cadáver en condiciones prodigiosas. Enterado, el aguerrido joven corrió al lugar para desvelar el suceso, con condiciones manifiestas tanto físicas como profesionales. Y lo vio: una cabeza humana metida en un vaso de vidrio, vísceras en una bolsa de plástico y un corazón que no supo colegir si aún latía, como en los ritos pasados de sus aztecas en atención al Dios Sol, o si era un trofeo de quien remató al que ante sí se encontraba de esa manera.
Se dirá que lo que acentúa el horror en México es la imagen pavorosa que se sucede, es decir, no tanto la violencia desmadrada cuanto las cualidades que la violencia manifiesta. Por ejemplo, el que una mañana los ciudadanos encuentren el cadáver de una famosa cantante colgada en el puente de una autopista porque las letras de sus canciones no se avienen con lo que el preboste tal manda; o que un buen día de celebración un grupo pagado al efecto acceda a la casa tal y barra con escupitajos de ametralladora a toda una familia, desde los abuelos a los niños más niños, porque esa gente es contraria al factótum del clan aunque no se sepa por qué; o que un grupo de turistas cene plácidamente en un restaurante de Veracruz y unos individuos accedan por la puerta y rematen a todo el que se encuentre en él porque el dicho restaurante no forma parte de la nómina de quien manda en el lugar.
Lo que se proclama desde los exteriores de esa sociedad es que la droga y los estertores de los clanes por la droga es lo que dispersa el terror. No es así; no se trata de guerras intestinas entre bandas, que las hay. Se trata de la consumación de la brutalidad. Y en ese punto no se sabe muy bien de qué lado están los malos y de qué lado los buenos, por ejemplo, la terrible muerte con pinta de oficial de casi un centenar de alumnos de un instituto en el pasado que se recuerda, o la pavorosa desaparición de mujeres con el sesgo del machismo más pavoroso.
Eso ocurre. Israel Vázquez fue allí con sus 34 años, porque había algo que contar. Como precisaba que los coches no aplastaran el tesoro, protegió lo hallado. El que había acordado el espectáculo sacó el rifle, apuntó y lo acribilló. Respeto a los periodistas y a la información. Más de veinte asesinados en los últimos dos años. Pavor.

TE PUEDE INTERESAR