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Muchos meses de soledad

Dicen que la soledad está destruyendo a los viejos y el aislamiento a muchas familias, cuyos miembros ya no se soportan. Es, ni más ni menos, que la condición humana. La soledad de los viejos la motiva la incomprensión y el desagradecimiento de sus familias. Las disputas familiares son consecuencia del exceso de contacto en espacios reducidos, en ocasiones inhumanos. La pandemia no sólo ha hecho daño por su crudeza como enfermedad, sino por la consecuencia social que arrastra. Hay que ver qué cantidad de divorcios, de relaciones afectivas destrozadas. Hace falta mucha frialdad, mucho respeto, mucha serenidad y mucho cariño para que no nos volvamos locos ante tanta previsión, tanto aislamiento y tanta reclusión, voluntaria o impuesta. La actuación irresponsable de los jóvenes, que ha agravado la pandemia, es una consecuencia de que ellos aguantan menos la presión que los adultos y piensan poco en las consecuencias. Recuerdo mucho a Punset cuando hablaba del cerebro de los jóvenes, poco desarrollado y mucho más peligroso que el de los adultos. Son ya muchos meses de soledad y la sociedad reacciona de acuerdo con su formación intelectual y su capacidad de aguante. En los países con mayor nivel cultural se soporta mejor, porque se obedece mejor a los mandatos racionales de la autoridad. Lo que ocurre es que aquí en España la autoridad nos ha fallado demasiadas veces y ha actuado de una manera desordenada. A Trump, por ejemplo, la pandemia le ha costado la presidencia con sus actuaciones de payaso e irresponsables. Pero lo nuestro es distinto: aquí cuanto peor lo haces más votos consigues. Nos ha rodeado siempre el espíritu de la contradicción, que nos lleva a guerras civiles y a disputas intestinas intolerables. En fin, cada cual tiene que vivir con lo que le toca.

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