la laguna

Réquiem en medio de una pandemia

Con la misma solemnidad de siempre, varias familias se acercaron al cementerio de San Juan Bautista a homenajear a sus difuntos
Eli, que iba acompañada por su hermana Yurena y su madre carmen, pone flores en la tumba de José, su sobrino, que falleció a los cinco meses hace 41 años. Fran Pallero

Honrar a los que emprendieron su último viaje, mantenerlos vivos en nuestra memoria y darles las gracias por todo lo que nos aportaron. La crisis sanitaria del coronavirus ha supuesto un freno para muchas actividades cotidianas, pero el Día de Todos los Santos, que tradicionalmente se celebra cada 1 de noviembre y trae aparejados los típicos enrames de nichos y tumbas en los cementerios, tuvo encaje ayer en Tenerife con las medidas decretadas para prevenir contagios de COVID, aun tratándose de la única isla canaria con semáforo rojo epidemiológico. En el camposanto de San Juan Bautista, en La Laguna, se percibían aromas de toda clase: olía a rosas, las flores más afamadas; a orquídeas, que son tendencia, o a crisantemos, que si bien en los países orientales se relacionan con alegría y felicidad, en España están inexorablemente unidos a esta festividad de culto a los difuntos.

En la Ciudad de los Adelantados se estableció un sistema de reserva para evitar aglomeraciones, permitiendo que cada solicitante dedicara 45 minutos a decorar el lugar donde yacen sus allegados. Así lo hicieron Jacinta, Fátima y Thalía, tres generaciones de una familia que se niega a olvidarse de sus ancestros. “Fui a enramar a mi padre, a mi hermano, a mis abuelos y a mis bisabuelos; ahora vamos a ponerle unas flores a un vecino”, cuenta Jacinta, la matriarca. A pesar de residir en Santa Cruz, aprovecha “cada vez que alguien me puede llevar en coche” para acudir al enclave nivariense y pasar unos minutos con quienes antaño compartió muchos momentos. Confiesa que “nunca he faltado” a la cita de finados, y es una enamorada de las rosas, con independencia del color. “Me gustan las rojas, blancas naranjas…”, dice. Su nieta, Thalía, asume que algún día deberá tomar el testigo de su abuela y su madre, pero “por ahora me ha tocado venir a acompañar”, afirma.

Carmen, Yurena y Eli tampoco dejaron pasar la oportunidad de, en una fecha tan señalada, recordar a quienes ya no se encuentran entre nosotros. Ayer, como llevan haciendo ininterrumpidamente desde hace 41 años, realizaron una ofrenda floral a José, bebé que una de las hijas de Carmen perdió con tan solo cinco meses. “En finados no fallamos nunca, y en el día de su santo siempre venimos, pero con la pandemia no pudimos este año”, explica Yurena mientras ayuda a su hermana Eli a embellecer la lápida del sobrino que ambas comparten. Aunque, sin necesidad de coincidir con una efeméride, suelen “ir a Candelaria, donde está el hermano de mi madre, y a Hoya Fría para ver a mi padre”, indica; paradas de un particular viacrucis que replicaron este extraño 2020. Y también, según relatan, encuentran cupo para la solidaridad con los fallecidos anónimos o que, por diversas circunstancias, no pueden ser visitados por sus familiares. Eli concreta que ellas “le ponemos flores a la tumba que está al lado de nuestro sobrino, porque a mi madre siempre le ha dado pena que nadie le ponga flores ni nada; a lo mejor sus padres eran mayores y no pueden venir”.

No obstante, la irrupción de la COVID-19 no ha pillado por sorpresa a todo el mundo; hay personas que, por determinados hábitos que tenían antes de que se declarara la emergencia sanitaria, han podido seguir recordando a sus difuntos sin parones de ningún tipo. Es el caso de Eufemiano y Candelaria, que tienen un altar en su casa para, sin necesidad de ir físicamente al cementerio en el que reposan los restos de los abuelos de ella, encender una velita por su alma, vistiendo el ara con flores. Eso sí, para Candelaria el 1 de noviembre se han de emplear únicamente crisantemos, pauta que le dejó grabada a fuego su madre. El resto del año, añade, “traemos flores artificiales para que no se estropeen”. Eufemiano, por su parte, quiso recordar, con cierto anhelo, que trabajó buena parte de su vida en la rotativa de DIARIO DE AVISOS, mencionando a Andrés Chaves como uno de los miembros de la plantilla que compartieron espacio con él.

De fondo, en todo el recinto, resonaban los acordes de distintas canciones de temática fúnebre, interpretadas por un reducido grupo de integrantes de la Banda Municipal de La Laguna. En un momento del concierto, un hombre se detuvo frente al conjunto, dedicando parte de sus 45 minutos a escuchar con atención a los músicos. Al terminar de tocar la pieza, uno de los trompetistas le dice al varón: “Esta la compuso tu abuelo”. El curioso espectador era Carlos Leocadio González López, sobrino-nieto del que fuera flautista y director de la agrupación, Domingo González Ferrera, perteneciente a una larga estirpe de músicos. De hecho, uno de los seis hermanos González Ferrera vinculados a las artes apolíneas, Antonio, también llevó la batuta nivariense, y es autor de marchas de procesión como Tres lágrimas, El Cristo de La Laguna o La Caída de Jesús.

Al acercarse al nicho de su abuelo José, Carlos Leocadio, como escultor y profesor jubilado de artes plásticas y diseño, no puede evitar fijarse en los desperfectos del marco de madera que lo recubre. “Pediré permiso para poder restaurarlo”, anuncia, al tiempo que va colocando los ramos de flores y explica que su abuela, Candelaria La Campanera, de profesión practicante, ya le decía cuando era pequeño, por haber escuchado y vivido otras epidemias, una frase que hoy adquiere más sentido que nunca: “¡Lávense las manitos!”.

LOS CEMENTERIOS, OTRA PIEZA PARA EL PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

El cementerio de San Juan Bautista es el más antiguo de la ciudad de La Laguna, y uno de los que, a juicio del profesor jubilado de artes plásticas y diseño Carlos Leocadio González López, posee elementos que harían de él “un atractivo” para los amantes del arte. Es más, el docente sugiere que, si el Consistorio local nivariense restaurara parte de las piezas que, con el paso del tiempo, se han dañado, como los túmulos y sepulcros que presentan desperfectos en sus piedras, el recinto fúnebre se convertiría en “un reclamo” más para la que puede presumir de haber sido declarada hace más de dos décadas Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la mismísima Unesco n

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