por qué no me callo

Tenerife conduce la COVID como un kamikaze

El foco de la pandemia está anclado en Tenerife. Ya es innegable que la Isla es el epicentro de la segunda ola en Canarias. Y, visto lo visto en Europa, somos el lugar que imita la tendencia y lleva la contraria a la marca destino seguro, justo cuando llegan la vacuna y la ministra, y las bolsas se disparan y arriban los cruceros y no podemos fallar. Tenerife esconde la cabeza virtual bajo el ala en la World Travel Market, y que Boris Johnson no se entere de nuestra malandanza.

En el origen ya el virus se expandió en Tenerife por encima de la media regional con todo el viento a favor. El porqué estaba más expuesta que las otras islas al SARS-CoV-2, desde que el hotel de Adeje acuñó el confinamiento, se presta a la tertulia y lo que urgen son certezas. La tachadura de ser la única isla con el semáforo en rojo de Canarias no es baladí. Las continuas sanciones por botellones y fiestorros sin cautela evidencian una pauta equivocada que agrava el problema por momentos. A la vista de ello, esta semana el Gobierno canario abordará el caso de Tenerife como el lamparón en el vestido blanco de la novia, siendo la isla preferida por los turistas ingleses, que podrán volver a viajar en cuestión de unas semanas.

No está surtiendo efecto la represión, y no vamos de nórdicos concediéndonos un margen de inmunidad inteligente, como invocaba el primer ministro holandés Mark Rutte cuando se las prometía felices. En la anatomía de la pandemia sobresalen, al cabo de ocho meses de restricciones, los peligros más comunes de contagios en reuniones familiares, sociales y laborales. Y punto. Ahí está el meollo de la cuestión. La hostelería, el comercio y las escuelas consiguen poner coto al patógeno. Pero las celebraciones familiares mantienen en vigor aquella campaña oficial de julio, El último regalo, en que el abuelo recibía en su cumpleaños una máscara de oxígeno, con la crudeza de los spots de Pere Navarro al frente de la DGT. No es tiempo de discutir sino de actuar. Todas las alarmas se encienden en la isla candidata a confinarse, si no de puertas adentro, sí psicológicamente, porque todos nos miran como al bicho raro mientras no se vuelvan las tornas. Los casos de Santa Cruz y La Laguna se han cronificado, amenazando con tirar por la borda el éxito colectivo de la comunidad. No es de recibo el comportamiento de algunos núcleos de población. Como decía Joe Biden en la entrevista que publicanos el domingo, “ponerse la mascarilla es patriotismo”.

En líneas generales, Tenerife ha sido leal con el esfuerzo de Canarias lavándose las manos, poniendo metro y medio de distancia y el retal en la boca, a la espera de la vacuna, que ayer asomó la patita por fin como agua de mayo para la salud y el turismo. Pero en determinados ámbitos ha habido relajación social. Y el precio de la factura está siendo alto. Si la calima de febrero ejerció de tapón primero y el Carnaval favoreció después los primeros brotes es un asunto que ya debaten expertos y autoridades. Pero, en mitad de una batalla, no se atiende a teorías cuando lo que llama a la puerta es la acción. En Tenerife, ya no solo nos saltamos el semáforo en rojo; ahora mismo, vamos en dirección contraria al resto de Canarias como un conductor kamikaze. Y la Policía nos pisa los talones.

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