tribuna

El concierto

He visto el concierto de Viena. Sorprendente. Mutti soberbio. Una versión extraordinaria del vals del Emperador. Música, danza, arquitectura y paisaje. Ha dicho este extraordinario director que la cultura es lo único capaz de garantizar que seamos una sociedad mejor.

He visto un documental sobre el Estado de Burguenland, una tierra de castillos que me ha hecho recorrer la historia de la vieja Europa, a veces convulsa y otras pacífica y llena de belleza. Una hermosura las casas de Haynd y de Franz Listz. Un territorio en el que confío al amparo del arte de los músicos, de los escritores, de los arquitectos, de los poetas, de los pintores; y también de los científicos, de los físicos, de los matemáticos, de los médicos, de los psicólogos y todos esos esforzados hombres que nos ayudan a reconocernos a nosotros mismos.

Pertenezco a esta sociedad que me proporciona seguridad, a pesar de que algunos pretendan tirarla por los suelos. En ese juego ha logrado sobrevivir a lo largo de los años, mezclando los cócteles molotov con los valses de Strauss. Esta es la Viena donde el tercer hombre sale de las profundidades de una alcantarilla, envuelto en un sucio negocio donde roba penicilina de los hospitales para revenderla en el mercado negro.

Todos los años se inauguran con este concierto que pretende acercar la esperanza de un mundo mejor a nuestras vidas. Luego volvemos a lo mismo, y las bachatas invaden las calles, y el populismo conquista el candor de los inocentes, y olvidamos a Ricardo Mutti para entregarnos a la vulgaridad del reggaetón, a la telebasura, a la apariencia de la ficción engañosa, a la manipulación informativa, a las propuestas arteras de los negacionistas, y a las falsas esperanzas de las revoluciones mezquinas. Casi al final ha sonado el Danubio Azul, un exquisito viaje por un río ancho y de aguas calmadas por el que viajaba Sissi con destino a Hungría.

Siempre habrá una mano inquietante dispuesta a arrojarle una bomba a su paso. Ahora me sentaré un rato a releer el Doctor Fausto de Thomas Mann. Todavía conservo las notas del Emperador en mis oídos. Si lográramos compartir estas cosas nos estaríamos ahorrando el tener que recorrer un camino inexorablemente fatal, como una vocación hacia lo desastroso a la que no nos podemos resistir.
Alguien habló hace unos días de Europa como salvación y garantía. Si sabemos defenderla, saldremos adelante sin el temor de los sobresaltos.

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