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El otro recuento del coronavirus

Ya que tenemos derecho a recibir, día y noche, el parte del ‘recuento’ del coronavirus, haré otro tipo de recuento, también trágico, pero del que se cuidan de no hablarnos los pequeños y grandes párrocos de la misa médico-mediática

Ya que tenemos derecho a recibir, día y noche, el parte del ‘recuento’ del coronavirus, haré otro tipo de recuento, también trágico, pero del que se cuidan de no hablarnos los pequeños y grandes párrocos de la misa médico-mediática.

Así, de manera atropellada, tenemos la epidemia de la psicosis y del síndrome del burnout, de depresiones y violencia conyugal. Los cánceres dejados morir como el árbol en un erial; como se pudren las manzanas en el manzano. El regreso de la medicina medieval epidémica, que vence sobre la clínica moderna cuyo nacimiento, sin embargo, desde Foucault, sabemos que fue todo progreso. Los casos singulares y las enfermedades raras se derivan para que se curen en la luna.

La actualidad reducida a los datos de los decesos y al registro, en los hospitales, de ingresos y altas. ¿Sabemos qué es lo que pasa cuando llegamos a ese punto? ¿Cuando, en una sociedad, lo único que hay es el recuento de muertos, vivos y supervivientes? ¿Acaso no hemos leído a Orwell? ¿A Huxley? ¿A Zamiatin? ¿A Malthus?

La opinión pública que, encadenada a las cadenas de televisión, se traga, mama y rumia el virus a lo largo del tiempo, esperando únicamente el eterno retorno de lo mismo, es decir, de la vuelta al confinamiento.

Cuando todo el debate público vuelve a girar en torno a una casuística de algoritmos, de cifras, de curvas y de líneas horizontales en las estadísticas, cuando no sobre las discusiones sin fin sobre la nocividad comparada de las variantes patagonas e hiperbóreas, o las virtudes respectivas de las mascarillas UNS1, UNS2, IIR (resistentes a las salpicaduras) y las FFP2 (extra de látex para la COVID recalcitrante), ¿qué nos queda de la alegría de vivir? ¿Acaso no saldremos de esta situación todavía más agotados que por culpa de las tareas más ingratas asumidas a lo largo de nuestra larga vida? ¿Cómo no pensar, a veces, en lo larga que es esta vida y que, a este ritmo, acabará por griparse?

La vacuna prometida como si fuera maná, recibida con devoción, pero que, en definitivas cuentas, no garantiza nada y se ve desligada de la promesa de la inmunidad anunciada.

La vacunación, por seguir con el mismo tema, acompañada de esa extraña falta de pudor que se le inflige a la carne que pinchan en televisión, en directo y en bucle: ya sea Perico el de los Palotes o el señor Putin. Da igual cuando todos los cuerpos se reducen -cada cual con su referencia- a su libra de carne o a su vida desnuda.

La educación a distancia y la educación desde la distancia.
Los estudiantes, soñadores, reciben la estocada en su esperanza, como el corazón del caligrama de Apollinaire.
Los cocineros, confinados, solos frente a sus fogones, junto con los hosteleros, ahora son agentes del diablo y maestros del envenenamiento.
Los actores y actrices, a quienes ya solo les queda YouTube, es decir, su espejo, para ofrecernos sus interpretaciones y su arte.
Las personas que teletrabajan vigiladas, encerradas, encadenadas a su máquina -rebautizada con el nombre de ordenador-, más alienadas que los obreros de Dickens.
Los comercios, viveros de la diversidad humana, masacrados por el Napalm que ahora se llama Amazon.
El dulce proceso de acostumbrarse a la idea -escalofriante de tan absurda- de, en primer lugar: distinguir entre bienes esenciales y no esenciales. En segundo lugar: que sea competencia del ministro de Sanidad decidir qué cae en cada categoría; en tercer lugar: que en la categoría de bienes no esenciales entran los libros, las ideas, las fraternidades compartidas, la socialización reparadora de la herida de la soledad.
La temible pretensión que hace del médico -si puede ser, del Consejo Científico- el único que sabe en materia de asuntos humanos.
Las democracias en suspenso; pronto, lo único que nos quedará de la democracia serán sus aparatos institucionales, además, también cerrados, en mayor o menor medida, por orden de Sanidad.
El triunfo de los transhumanistas que ven su nuevo mundo llegar en forma de sorpresa divina: concluida la suciedad de lo real, de la cultura (esa cosa tan desfasada), de la complejidad de las lenguas, de las historias, de los lugares. ¡Que viva su sustitución por la mundialización, la uniformización, la inteligencia artificial!
El discurso político reducido a los tartamudeos de los buenos pensamientos higienistas.
Los Gobiernos de Europa y del mundo que avanzan, titubeantes, como sonámbulos, en medio de los cuerpos metidos en vereda. El final de las grandes esperanzas (otra vez Dickens), la desaparición de todo proyecto, de todo recuerdo, de todo desafío (como en una escultura del César, pasados por la trituradora de la supervivencia calculada).
El resto del mundo en manos de los carroñeros a los que llamé ‘los Cinco Reyes’ que se desprenden de los jirones de un cadáver, ¡el de la civilización!
El recuerdo de nuestra vida de antes, comparada con esta cotidianidad compuesta de machaconería pedagógica y trivialidades culpabilizadoras, se parece a un sueño con regusto de Edén, de fruta prohibida y de placeres accesorios.
¿Qué humanidad se nos dibuja así? ¿Qué destino para lo que queda en este mundo de seres parlantes?
Nunca nos habríamos creído, hace un año, cuando se anunció el inicio de la pandemia, que una tristeza como esta se abatiría sobre nuestros pueblos.
Nunca, que las grandes naciones, exhortadas a dejar de moverse y a no relajarse, caerían en semejante deterioro.
Nadie, salvo Rimbaud, se imaginaba una Europa reducida al tamaño de una mancha negra y fría, nadie habría imaginado que nuestras culturas, nuestras lenguas, nuestras obras de los vivos acabarían saldadas de esta manera.
Pero, quizá, ya no importaban demasiado, solo dentro de esas guirnaldas de cifras, de danzas macabras de datos, almacenados en la memoria de superordenadores que no se juegan nada con el virus.

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