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Elena: las lecciones de vitalidad de una agricultora que planta cara al cáncer

Dedicada en cuerpo y alma al campo, esta vecina de Candelaria es un ejemplo de lucha: se trata con quimioterapia y atiende a diario su finca
Verduras y lecciones de vitalidad por el mismo precio en Candelaria
Verduras y lecciones de vitalidad por el mismo precio en Candelaria
Verduras y lecciones de vitalidad por el mismo precio en Candelaria

Elena y Daniel se desviven por su clientela, a la que consideran casi como parte de su familia después de años vendiéndole los productos frescos que cultivan en sus fincas del Valle de Güímar. Cada miércoles y sábado acuden al mercadillo de Candelaria, ubicado junto al Ayuntamiento, para ofrecer sus lechugas, tomates, habichuelas, berenjenas chinas, verduras orientales y mangas, entre otros alimentos, que plantan en la hectárea de terreno que cultivan en Las Cuevecitas (Candelaria) y en los más de 3.000 metros de huerta en la zona de Los Loros.

Daniel, de 50 años, hijo de emigrantes canarios que, como tantos otros isleños, buscaron fortuna en Venezuela, comenzó a ayudar a su padre en la finca, después de un tiempo sin encontrar trabajo, a cambio de dinero para salir los fines de semana. En 2007 asumió de pleno la responsabilidad de atender la tierra que hoy le da de comer a él, a su mujer y a sus dos hijos. Elena, de 48 años, estudió contabilidad, pero el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008 acabaría por llevarse por delante la asesoría en la que trabajaba. “Los negocios iban mal y tuvimos que cerrar”, afirma. En ese momento, la agricultura se convirtió en su refugio y desde entonces -va para diez años- se entregó a ella en cuerpo y alma.

“Elena es una campeona”, presume Daniel. Y no le faltan motivos para calificar así a su esposa. Lleva más de dos años luchando contra un cáncer que comenzó atacándole los ovarios y se ha extendido a los pulmones. “Empecé con dolores, pero lo fui dejando porque teníamos mucho trabajo en el campo hasta que en septiembre de 2018 notaba que me costaba respirar. Fui a Urgencias y ya tenía metástasis. Ahora recibo quimioterapia para que las células no se reproduzcan, pero también trato de comer bien y sano para reforzar las defensas”, explica a DIARIO DE AVISOS.

En el mercadillo del agricultor de Candelaria todos quieren a Elena. Sus compañeros de puestos y los clientes buscan su semblante amable y su mirada sonriente, y aprecian su fortaleza mental y su sentido del humor. “El trabajo me ayuda a estar con la mente ocupada y contra el cáncer la mayor batalla está en tu cabeza, ni siquiera en la quimio. Si tú dices que no vas a poder, te podrán dar lo que sea que ni tu mente ni tu cuerpo lo van a asimilar. Tengo dos hijos, un niño de 11 años y una niña de 8, y dos abuelos, así que no puedo ponerme mala, por eso me lo tomo como un catarro e intento que me condicione lo menos posible el día a día”.

De la misma manera que la genética le ha jugado una mala pasada (“por la rama de mi abuela tengo antecedentes y me tocó”), el ADN de su familia materna también le ha enseñado que ante un problema, por muy complicado que sea, solo cabe plantar batalla y nunca rendirse. “Siempre han sido muy luchadores y mi madre, que nunca se queja, me ha enseñado que cuando superas un problema te haces más fuerte, por eso siempre digo que hay que ser positivo y meterte en la cabeza que tú puedes con esto”.

Elena trata de rodearse de personas que le aporten “energía de la buena”, porque está convencida de que ese cariño que percibe en los demás le da “vidilla”. Es una aportación recíproca, porque ella también reparte afectos a diestro y siniestro entre sus clientes. “Hay algunos con la misma enfermedad que yo, entonces les cuento mi experiencia, ellos me cuentan la suya; ayudar a los demás te hace sentir mejor, te llena y te da energía”, señala.

Tiene claro que “la vida son dos días, hoy estás aquí y mañana por una tontería todo se acabó”. Por eso se pregunta “¿cómo se puede vivir con amargura en vez de aprovechar lo mejor de la gente que conoces, sus vivencias y sus historias?”.

La próxima semana (el miércoles y el sábado) Elena y Daniel volverán a su puesto del mercadillo del agricultor de Candelaria. El confinamiento, primero, y las restricciones, después, continúan afectando a las ventas, pero no faltan fórmulas imaginativas para mantenerse a flote en la crisis. Siguiendo una sugerencia del Ayuntamiento, han creado grupos de wasap con los clientes para atender pedidos a domicilio. “Gracias a eso vamos escapando”, apunta él, que subraya las dificultades que afrontan con el encarecimiento de los abonos, el agua, los productos fitosanitarios, la gasolina, la luz… “mientras nosotros seguimos vendiendo prácticamente al mismo precio de hace años”.

Ella recuerda que “cuando empezó el confinamiento enviábamos vídeos chiquitos de las huertas a los clientes para que vieran de dónde salían las cosas y cómo iban creciendo, de esa manera comprobaban que todo venía de allí”. Para Elena es solo una forma de demostrar que “todos nos hacemos falta en una sociedad que parece ir en sentido contrario, con cada uno por su lado”. Pero también pide al Gobierno de Canarias, al Cabildo y a los ayuntamientos campañas para concienciar a la ciudadanía sobre la importancia de consumir productos saludables. “Aquí lo que vendemos pasa de la huerta al consumidor”, recalca.

El mercadillo cuenta con estrictas medidas preventivas para garantizar la seguridad de vendedores y consumidores, entre ellas gel hidroalcohólico a la entrada, un aforo máximo de 15 personas, servicio de vigilancia y la prohibición de tocar los alimentos. “En las grandes superficies no hay tanto control”, asegura Daniel, que comprueba cada semana cómo la pandemia provoca que la gente “venga a comprar rápido y si encuentra lo que busca en los primeros puestos, ya no llega al nuestro”.

Ambos quieren que sus hijos no se dediquen a trabajar la tierra. “Esto es muy duro, es una labor muy física de lunes a domingo, sin descanso. Ojalá estudien y puedan dedicarse a una actividad menos sacrificada”. Elena y Daniel son dos ejemplos de entrega y compromiso, pero también de fortaleza y vitalidad frente a la adversidad. Ambos despachan algo más que verduras en su puesto. Ella también regala sonrisas y da lecciones de vitalidad. “Una campeona”, como dice él. Con todas las letras.

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