POR QUÉ NO ME CALLO

Vacunados a cámara lenta

Europa se siente estafada por las farmacéuticas que proveen de vacunas al continente. Los contratos alcanzados en tiempo y forma se han ralentizado. España, Canarias… se resienten. Porque el ritmo de vacunación empezaba a ser alto (en nuestro caso, óptimo) y en medio de la vorágine de una tercera ola expansiva, la confianza depositada en […]

Europa se siente estafada por las farmacéuticas que proveen de vacunas al continente. Los contratos alcanzados en tiempo y forma se han ralentizado. España, Canarias… se resienten. Porque el ritmo de vacunación empezaba a ser alto (en nuestro caso, óptimo) y en medio de la vorágine de una tercera ola expansiva, la confianza depositada en ganar la batalla por la vía de la inmunización empieza a verse cuestionada. No será posible una inmunidad de rebaño en verano, ni cosa que se le parezca. Salvo que hablemos del rebaño de políticos que se han impacientado y colado en una clara muestra de desconfianza en el cronograma. El volumen de dosis disponible se revela claramente insuficiente a tal efecto, y lo máximo a que podemos aspirar es a cubrir a medio y largo plazo la protección de los principales grupos de riesgo. La población en general no puede albergar la esperanza de recibir el antídoto en este primer semestre y el jarro de agua fría puede ser imprevisible cuando se agoten los plazos y los contagios sigan fuera de control.
Es inasumible que Europa se haya dejado engañar en el cuánto y cuándo de los suministros. Si es cierto que países como Israel han revalorizado conscientemente las compras y Pfizer ha accedido a la seducción de quienes le mejoran el precio en el mercado negro a cambio de multiplicar los pedidos, que se encarguen los tribunales de reparar daños e impartir justicia. Ya en su origen, la picaresca de Pfizer fue paradigmática, cuando el CEO de la compañía vendió un paquete de sus acciones en la misma a las pocas horas de que en las bolsas se disparara su cotización. El business de la ciencia y la medicina nos ha deparado ya algunas muestras palpables de aprovechateguis y no es de extrañar, por tanto, esta crisis de la oferta de vacunas a poco de iniciar el reparto, al margen de la capacidad de producción de las fábricas pertinentes. En cambio, el Consejo Europeo y algunos países como Italia, en particular, no han dudado en recurrir a la vía legal. España se inquieta y ha mostrado sus quejas, pero a medida que pasan los días y el contador de vacunación se va retardando, al tiempo que los hospitales se saturan de nuevos positivos, crece la alarma. A Pfizer le ha seguido los pasos AstraZeneca, antes de proceder a enviar las primeras remesas a los destinos. En India, sospechosamente, se incendió una de las factorías de vacunas de esta última farmacéutica con la Universidad de Oxford, y es una de las causas alegadas para estos retrasos. Pero cuesta tragar los anzuelos de las farmacéuticas cuando más se necesita sus mercancías, en lo que recuerda a la Opep rebajando la producción para elevar los precios. Y sería imperdonable, además de perseguible que esas tuviéramos.
Tanto Boris Johnson como su ministro de Salud nos tomaron el pelo o se lo tomaron a ellos. Veinticuatro horas después de lanzar un SOS sobre la alta contagiosidad de la llamada cepa británica y, más aun, sobre su mayor letalidad, los ingleses recogieron vela y dejaron caer que esto último no era seguro. Y sobre lo primero, la transmisibilidad de la variante, llama la atención, a su vez, la repentina disminución de casos.
La economía está en capilla a la espera de que llueva el maná del cielo. Si no se consigue estremecer al sector y estimular sensiblemente la dotación de vacunas, va a ser un 2021 de más pena que gloria. De más muertos y más enfermos y de más cierres de empresas y más paro. Y sería tanto como hacernos públicamente el harakiri sin ser japoneses, que han demostrado ser más cautos que todos nosotros y anuncian una vacunación masiva gratuita a sus 126 millones de habitantes.