política

40 años de un Golpe de Estado en el que no nos amilanamos

La tarde del Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, hace ya cuarenta años, el periodista de DIARIO DE AVISOS Salvador García acompañaba al alcalde del Puerto de La Cruz, el socialista Paco Afonso, cuando llegaron al Ayuntamiento. “Don Francisco, ¿ya se enteró?”, le dijo Cipriano, cabo de la policía. “¿Qué pasó?” “Tiros en el Congreso”. “¿Quién, ETA?”. “No, la Guardia Civil”. “Entonces, Paco se descompuso”, cuenta Salvador García, que afirma que no supieron del Golpe de Estado hasta llegar al Puerto, porque venían de una comida en el restaurante La Riviera de Santa Cruz con el entonces subdirector de este periódico, Andrés Chaves, y el escritor y periodista Luis Ortega.

Sin embargo, la versión de Chaves es distinta: “Nos enteramos cuando llegó al restaurante un guardia municipal que hacía de chófer del Ayuntamiento y dijo: ‘Don Francisco, han entrado en el Congreso unos guardias civiles”.

Pocos minutos después de las 17:23, la hora [canaria] a la que Tejero irrumpió en el Congreso, empezaron a sonar las campanillas de los teletipos en la redacción del DIARIO, entonces en la calle Santa Rosalía. Su director, Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, estaba en Madrid para un acto de la Agencia Colpisa, dirigida por Manu Leguineche, que se iba a celebrar la noche del 24 de febrero con el líder de Alianza Popular, Manuel Fraga. Así que Chaves hizo de director circunstancial.

“Ese día, el capitán general de Canarias, Jesús González del Yerro, nos mandó un jeep con militares. Nos pidieron, muy discretamente, si podían estar por ahí. Yo creo que querían saber lo que íbamos a decir sobre el golpe. Entre ellos, el teniente coronel Juan Arencibia, que colaboraba en el periódico y entró en el DIARIO. Pero yo le advertí de que no íbamos a permitir que la policía militar accediera. Creo que se pusieron en la esquina de Méndez Núñez”.

Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca habló con González del Yerro, que le aseguró su lealtad al orden constitucional. “Y era un hombre de gran prestigio entre los militares. Su posición era muy importante”, afirma. “González del Yerro era muy monárquico, y llamó a Milans del Bosch [capitán general de la III Región Militar, que sacó los tanques a las calles de Valencia] para que se echara atrás”, cuenta Alfonso Soriano, entonces senador de UCD.

Ese día, Soriano estaba en el Congreso de los Diputados, sentado en las últimas filas, en el momento en el que Tejero entró. “Cuando nos dijeron que nos echáramos al suelo y empecé a oír los disparos, yo pensé que estaban matando a gente. Fue terrible. Se me ocurrió intentar salir por una puerta que daba al bar que había en la parte alta del hemiciclo y que tenía una salida a la calle, pero un compañero, el senador Enciso, me dijo que no fuera loco, que me iban a dar un tiro por la espalda. Recuerdo que Fernando Sagaseta [diputado comunista de la Unión del Pueblo Canario], que era un tipo grande, se dio un golpe muy fuerte en la nariz al echarse al suelo porque no había levantado el pupitre del escaño. Empezó a sangrar y tuvieron que llevarlo al baño. Al día siguiente, algún periódico tituló: ‘Sagaseta, herido de bala”, cuenta Soriano. “Recuerdo también que Blas Piñar [de la ultraderechista Fuerza Nueva] se pasó la noche rompiendo unos papeles en trozos muy chiquititos. No sé qué llevaría en el maletín, pero está claro que no quería que cayera en manos de los golpistas. De todas maneras, tampoco le prestaron ninguna atención. Ni a él ni a Fraga”, cuenta.

“La primera reacción fue de miedo. A mí, que no he pasado por un cuartel, los ruidos de arma de guerra me ponen fatal”, cuenta Jerónimo Saavedra, entonces diputado del PSOE. “Se me ha quedado grabada la imagen del cuerpo de una diputada por Asturias que estaba a mi lado, hija de un exiliado, que era una mujer de unas dimensiones normales que, sin embargo, se dobló toda y quedó reducida a algo pequeñísimo, como un feto”, relata. “Las primeras horas fueron de un silencio casi absoluto, con los guardias civiles paseándose con ese aire de soberbia y presunción. Mi cabeza se puso a pensar en cómo era posible que ocurriera eso si no habíamos cometido grandes errores. Y me acordé de Salvador Allende y de Chile, de que se habían llevado a los principales dirigentes al Estadio Nacional, y pensé si acabaríamos en el Bernabéu”, cuenta. “Por la noche, cuando se tranquilizó algo el Congreso, me puse a hablar con Eduard Punset. Ese día habíamos comido juntos. Éramos compañeros de estudios y él era ministro de Relaciones con las Comunidades Europeas. Le dije que me iba ir de profesor a una universidad italiana o alemana. ‘No sé qué hago aquí. El esfuerzo por la democracia, en este país, no merece la pena”.

También estaba apesadumbrada, entre los escaños de UCD, María Dolores Pelayo. “Pero no sentí miedo. Cuando yo me metí en política, sabía que no iba a ser fácil. Y ya habíamos tenido el asesinato de los abogados de Atocha”. Pelayo, entonces miembro de la corriente socialdemócrata de UCD que luego terminó en el PSOE, era vicepresidenta de la Comisión de Defensa y se acordó de la tensión que había notado, meses antes, en un viaje a Cartagena al que había ido para la botadura de una corbeta. “Durante la cena, me pusieron al lado a Milans del Bosch y le pregunté cómo estaba. Él me dijo que absolutamente disgustado con Suárez y con Agustín Rodríguez Sahagún, el ministro de Defensa. Hablaba de maltrato”, cuenta Pelayo. “En la botadura, vi cómo las ‘generalas’ [esposas de los generales] se daban con el codo al ver a la mujer del vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado. Y luego, las mujeres de unos marinos rodearon al rey y empezaron a decirle: ‘Señor, salve a España’.

La actuación del rey Juan Carlos durante el 23-F ha provocado controversias. Hay quienes convirtieron su discurso en defensa de la Constitución y contra el Golpe en el ‘rito de paso’ que cimentó la sustancia democrática de su reinado, lastrado por haber sido una decisión de Franco. Hay quien considera que la tardanza en pronunciar ese discurso, que no se emitió hasta pasada la una de la madrugada, fue el síntoma de una indecisión sospechosa.

“Para mí, el argumento definitivo a favor del rey lo dio Carrillo uno o dos días después del golpe, cuando le preguntaron si creía que el monarca estaba implicado y respondió: ‘Si lo hubiera estado, el Golpe habría triunfado”, afirma Alfonso Soriano, que cree que el rey tardó tanto en hablar porque había que desactivar, uno a uno, a los capitanes generales inclinados a apoyar el Golpe.

Pero hay una tesis intermedia, la sostenida por la periodista Pilar Urbano en su controvertido libro ‘La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el rey prefiere no recordar’. El Golpe, según esta tesis, era una especie de desbocamiento de la ‘Operación Armada’, una propuesta surgida del entorno del rey que abogaba por un Gobierno de concentración nacional en el que estuvieran una gran variedad de fuerzas políticas, incluidas el PSOE y el PCE. Al frente, el general Alfonso Armada, mentor del rey y capitán general de Lleida.  Según Urbano, el rey se echó atrás y optó por un Gobierno de UCD presidido por Leopoldo Calvo Sotelo. Armada, sin embargo, habría seguido adelante con la versión chusquera que culminó el 23-F. “Siempre se mencionó a Enrique Múgica [como parte la Operación Armada]. Yo hablé con él de lo divino y lo humano, pero nunca me comentó nada de eso”, afirma Saavedra.

Cierta o no esa ‘Operación’, Alfonso Soriano sí reconoce el distanciamiento entre Suárez y Juan Carlos I. “Casi todas las esferas de influencia estaban en contra de Suárez: los militares, que habían ido a la guerra con Franco, no le perdonaban que hubiera legalizado el PCE, los grandes sectores financieros no lo querían, había una gran crisis económica. Y ese clamor llegó al rey. Suárez le confiesa a Sabino Fernández Campos [entonces jefe de la Casa Real] que presenta su dimisión porque había perdido la confianza del monarca”, apunta Soriano.

La tarde del 23-F, Andrés Chaves prepara una edición del periódico para salir cuanto antes con un editorial en defensa de la democracia. “El DIARIO fue uno de los cuatro periódicos que lo hicieron , junto a EL PAÍS, Diario 16 y El Periódico de Cataluña”, comenta Fernández Cabeza de Vaca.

“Me curré el editorial, aunque Leopoldo aportó cosas desde Madrid. Y el equipo de aquí también, además del consejo de Administración, que lo suavizaba un poco. El accionariado era plural, pero el consejo era bastante de derechas. Aunque hay que reconocer que Pedro Modesto Campos, que mandaba en el Consejo, fue muy constitucionalista y aceptó inmediatamente nuestra condena del Golpe de Estado”, afirma Chaves. Fernández Cabeza de Vaca solo recuerda que intervinieran Andrés Chaves y él en el editorial. Y que se comunicó a Modesto Campos la decisión de publicarlo como un hecho consumado, algo que no se podía dejar de hacer en ese momento crítico para la democracia.

Faltaba, sin embargo, la foto de portada. El periódico no tenía el Telefoto, un sistema de envío de fotos a distancia a través de la línea telefónica. Y había que esperar a que la foto llegara en avión. Chaves mandó a un periodista al aeropuerto. Pero no había foto del Golpe ni ninguna edición de periódicos nacionales de donde copiarla. Así que envió a dos amigos a la redacción de El Día, donde sí tenían telefoto, para que compraran un ejemplar. “Cogieron el primero, justo antes de que se les parara la rotativa porque se les atascó el papel. Y fusilé la foto para nuestra portada. No podía no publicarla. EFE nos puso luego una multa de 25.000 pesetas”, cuenta Chaves. “Creo que sacamos la primera edición a las diez de la noche. Fuimos el primer periódico que llegó a los kioscos y sacamos ocho o nueve ediciones. La gente se los llevaba como el agua”.

Cuando el Golpe fracasó y salió a la Carrera de San Jerónimo a la mañana siguiente, Jerónimo Saavedra sintió “uno de los momentos más emocionantes” de su vida, rodeado de amigos y conocidos. “Era estupendo ver que la gente respondía a esa necesidad de libertad”. Y ya nunca se fue de profesor a una universidad extranjera. Esa misma noche, Fraga fue a la cena organizada por la Agencia Colpisa después de reunirse con el rey, junto al resto de líderes políticos. Después de unas queimadas, soltó que el cabecilla del golpe había sido Armada.  Fernández Cabeza de Vaca estaba allí para apuntarlo, llamar a Chaves, y que lo contara el periódico al día siguiente.

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