Tribuna

El cielo, la peluca y la máscara

Nos hemos familiarizado con la suspensión sistemática de los actos que hacían amigable nuestra vida

Nos hemos familiarizado con la suspensión sistemática de los actos que hacían amigable nuestra vida. Las Navidades y los Carnavales parecían inexpugnables y habían sobrevivido a calamidades y condiciones extremas, como -la más reciente- el temporal de calima de febrero de 2020, que hizo respirar a las Islas el aire de peor calidad del mundo, como las megalópolis más contaminadas del planeta. Las primeras máscaras populares se mezclaron con las tapadas de la alta sociedad y libraron un pulso con las guerras y las dictaduras; entonces, se replegaron en un formato clandestino que derivó en las fiestas de invierno de los años 60 (argucia del gobernador Ballesteros Gaibrois, el obispo Pérez Cáceres y el secretario de información y Turismo, Opelio Rodríguez Peña) hasta recobrar su identidad originaria con la llegada de la democracia. Nada hacía sospechar que la manifestación más libérrima del carácter jocoso del chicharrero, un día, se mordería la lengua, pondría a buen recaudo la guardarropía, los quioscos y los altavoces, y el alcalde decretaría la autoprohibición de la fiesta por imperativo sanitario, por culpa de una pandemia. Ni la Iglesia ni Primo de Rivera ni Franco consiguieron doblegar el instinto carnavalero, ni siquiera el desierto del Sáhara que sobrevoló entero en febrero por encima de nuestras cabezas y cayó a plomo como un alud que sepultó el aire, pero no los bailes, que resultaron ilesos. La Semana Santa, como dice el comisionado del turismo alemán, Thomas Bareiss, seguirá los mismos ‘pasos’: ni habrá turistas ni habrá procesiones con resignación cristiana.

Salvo las elecciones, por lo que se ve, todo lo demás está en cuarentena. Pero Canarias no vota este domingo, ni parece que el tiberio catalán vaya a tener grandes repercusiones por estos pagos (al margen de tener de rebote una ministra canaria de Sanidad por el éxodo de Illa), salvo que Vox dé el sorpasso y el PP se tenga que remozar en toda España, incluida la adenda insular. Puede suceder cualquier cosa. Pues donde la política hace tiempo que se dilucida es en los bajos fondos de la trastienda de los partidos, y no solo los catalanes, sino también los nuestros, que tanto gustan de las justas medievales y los ajustes de cuentas, los celos y las arritmias de cada isla y de cada tribu comarcal a base de acuerdos y desacuerdos bajo la mesa sin que se enteren las urnas. El abrazo de Vergara y el ósculo siciliano se instauraron antes de la pandemia y la han sobrevivido, como demostrado queda en los días de esta guerra y posguerra sanitaria y partidaria tan consecutivas. (Acaso la pulla de Hermoso en esta edición vaya de eso.)

Pero no son los votos los que están en juego en estos Carnavales preferidos/preteridos, sino los contagios. Llevamos a rastras el karma de la Navidad, en que el Gobierno no dispuso mano dura para el grueso de las Islas, aun viendo las barbas de Tenerife arder, y el relajamiento no tardó en pasar factura en Gran Canaria y Lanzarote. Hace bien la autoridad competente fijando el toque de queda ipso facto a las diez de la noche para evitar el pandemónium generalizado bajo la coartada de la tregua de una alerta menor. La vacuna no acaba de llegar en cantidades suficientes para permitirnos más alegrías de las estrictamente necesarias. Un millón de vacunados en España y 40.000 en Canarias, aún estamos lejos siquiera del umbral psicológico de una inmunidad fraccionaria. No hay vacuna para tanta gente, sigamos tirando del cancionero del Carnaval. Tras el quilombo de las farmacéuticas -que han quedado a la altura del betún- conchabándose con el mejor postor en el mercado persa de los contratos de suministro, a España no le queda otra que encomendarse a las promesas de contar pronto con cien millones de dosis de tres nuevas vacunas, la belga Janssen, la alemana CureVac y la estadounidense Novavax, tras el fiasco de las dosis camufladas por Pfizer, Moderna y AstraZeneca, que desviaron con argucias de trileros a otros mayoristas más dispendiosos (israelíes y no tan israelíes). La codicia es la praxis que supera a la gula. Para no olvidar.

No hay que llorar, cantaba Celia Cruz, como ha venido a recordarnos Darío López estos días de nostalgia carnavalera. “Todo aquel que piense que la vida es desigual/tiene que saber que no es así”, tarareaba la cubana, que habría pedido vacunas para todo el mundo (en algunos países de África no llegarán hasta 2023). Pero la salud y la economía nos las jugamos a brazo partido estos días en el pinchazo del antídoto y la abstinencia del jolgorio privado. No hay margen para el error, si queremos ganar esta batalla final contra el virus, pues según la CEOE de Tenerife cada mes de retraso cuesta un ojo de la cara a las islas. Así que vacunémonos del tedio a vacunarse por el bien de todos -cueste lo que cueste, será la mejor inversión de 2021- o no habrá, ya no Carnaval ni Semana Santa, ni Turismo, cuando cesen los ERTE, los ICO y las ayudas sean tiritas para la hemorragia de cierres empresariales. De ahí la imperdonable traición que nos frustró el maná de vacunas y quizá la inmunidad de rebaño antes del verano. Las murgas se muerden las uñas con esta materia prima inspiradora de letras. Hasta los chinos, con el test anal, parecen estar invocando al cubanito de la mítica NiFú-NiFá.

Ni siquiera San Valentín escapa al diktat de la COVID. Si sigue clausurado el beso, también el verso y Bécquer se cae con todo el equipo: “Rumor de besos y batir de alas;/mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?/Es el amor que pasa”. La pandemia nos ha hecho más pragmáticos que románticos, es cierto, porque hasta la sensación relativa de mejoría en Canarias distorsiona la realidad. Las Islas no pueden pretenderse a salvo de ningún naufragio con los hoteles cerrados; las licencias de construcción en la nevera como se denuncia hoy en estas páginas; el paro en ebullición, y muchas empresas en el hospital de la economía. Esta es la comunidad con la peor crisis desatada por el coronavirus en toda España, que convierte en anécdota la Gran Recesión, y no habrá Atlas, de la noche a la mañana, para levantar este ‘cielo de Hércules’, como en el mito de la farsa. Me da la impresión de que hay poca conciencia preventiva, en Madrid, pero también en Canarias, del trauma posparto que nos aguarda cuando enterremos esta sardina y nos quitemos la peluca y la máscara.