POR QUÉ NO ME CALO

El golpe en la nariz de Sagaseta

Cada 23 de febrero la memoria colectiva de este país activa un resorte que desata en su muelle una espiral de recuerdos llenos de tensión. Como sucederá cada 14 de marzo con los aniversarios del estado de alarma de la pandemia. Y como ocurre también cada 11 de septiembre, no teniendo para ello que vivir […]

Cada 23 de febrero la memoria colectiva de este país activa un resorte que desata en su muelle una espiral de recuerdos llenos de tensión. Como sucederá cada 14 de marzo con los aniversarios del estado de alarma de la pandemia. Y como ocurre también cada 11 de septiembre, no teniendo para ello que vivir necesariamente en Nueva York, pues las Torres Gemelas cayeron aquel día de 2001 en todas las capitales del mundo a través de la pequeña pantalla. Y como, sin lugar a dudas, va a suceder en Estados Unidos cada 6 de enero en relación con el asalto al Capitolio.
En realidad, 40 años después, Washington se disfrazó de Madrid y el Congreso se reencarnó en el Capitolio. Trump fue el elefante blanco que nunca llegó a la Carrera de San Jerónimo, para frustración de Tejero, como tampoco lo hizo el magnate del tupé limonado pese a prometer a sus seguidores ir con ellos hasta el Congreso de los Estados Unidos durante la arenga que les endilgó, horas antes, frente a la Casa Blanca, con las manos enfundadas en guantes negros.
Ese revival del 23-F, 40 años después, era un déjà vu irrisorio y trágico a la vez en las imágenes que vimos en directo a través del digital del Washington Post, como en 1981 nos resultaría Tejero a través de TVE (una vez liberado el Congreso) con tricornio apuntando con la pistola al corazón de la democracia, aunque los disparos de sus huestes se incrustaron en el techo del hemiciclo dejando una treintena de impactos, cuya mayor parte se conserva, en tanto otros se descubrieron después en la cornisa, en la bóveda y en los plafones. No hubo muertos, y heridos casuales como Fernando Sagaseta, que se autolesionó la nariz con el escaño al tener que agacharse hasta el suelo. ¿Quién sabe si en el Capitolio, donde sí hubo cinco vidas segadas, el demonio golpista se las quería cobrar a los demócratas camuflado de republicano?
La historia de los golpes de Estado es una ruleta rusa. La bala en el tambor del revólver que apunta a la sien de la democracia a veces falla porque se encasquilla. Cuentan que en la noche-madrugada del 23-F, entre las 11 y las 4, el golpe se queda flotando en el aire, cuando ya era inviable, y todo dependía de que a Tejero no le diera por morir matando al grupo selecto de rehenes que representaban todos los colores de la democracia. Armada cometió el error de atribuir al rey la autoría de la asonada y los capitanes generales ya sabían que Juan Carlos no apadrinaba a su preceptor (otra cosa es otra cosa que la historia tiene pendiente esclarecer, como cierto es que ese rey hoy estará ausente en los fastos de Madrid, que seguirá por streaming en Abu Dabi). Tejero no se volvió loco y la democracia regresó a casa como si Calvo Sotelo fuera Biden y Trump, Armada o Milans del Bosch. Pinochet no se anduvo por las ramas en septiembre del 73, traicionó a Allende hasta las últimas consecuencias y se llevó por delante a Víctor Jara y a todos los acólitos del gobierno depuesto que se le antojaron.
Hay golpes y golpes, los que triunfan y los que no. En España había por entonces- tras aprobarse la Constitución, legalizarse al Partido Comunista y estar a las puertas de entrar en el club de Europa- un enorme cabreo de militares ultras, que preparaban no menos de tres golpes a la vez: el de los tenientes generales, el de los coroneles y el de los espontáneos, no todos tan inofensivos según se supo más tarde. De estos últimos era Tejero. A saber si por hooligan precipitó el efecto dominó y no rodaron cabezas. Y hoy estamos celebrando el éxito de un fracaso.