tribuna

Hannón o Hierón

Hace un año, el mes de febrero no hubiera terminado hoy, impelido a prolongarse 24 horas extras para cumplir con el designio de los años bisiestos. Y existen muchas teorías sobre las calamidades que tiñen el año por ese día adicional antes de las calendas de marzo, cuando se añadieron nuevos meses intercalares y se inventó un día 29 para febrero -el último hueco que hallaron los astrónomos- cada cuatro años, el controvertido día bisextum.

Si se adoptara lo acontecido en 2020 como el faro de esas supersticiones, el irrefutable mal fario de los años de 29 días februarius nos invitaría a regresar a los tiempos de la antigüedad en que los célebres sabios de las cronologías trataban de compensar los desfases de la Tierra cuando gira alrededor del Sol, para que le echaran imaginación a la cosa y rompiéramos la maldición.

Sin embargo, el primer trimestre de 2021, año no bisiesto, que mañana mismo se estrena con la llegada de marzo (¡cómo envejece este año, tan a prisa!) anuncia idus en absoluto calmos en la política canaria, y ya no se diga en la española con la monarquía en plena regularización y dos sedes: la Zarzuela y Abu Dabi. En relación con el episodio local, los avatares majoreros, que de pronto protagonizan la política canaria, traerán cola. No ya solo la trae consigo la intrigante interferencia de Blas Acosta en lo que era un mero trámite gerencial, elegir senador autonómico por un partido -ahora un garbanzo en el zapato del presidente-, sino que, alrededor de la misma, y acaso avivada tras su dimisión el pasado jueves, se ha puesto patas arriba la estabilidad de que hacíamos gala frente al pandemónium de la piel de toro peninsular. Y ya se alientan desde CC movimientos de tierra en otros cabildos como Lanzarote y La Palma, lo cual era un secreto a voces tras el incidente de la vacuna de Susana Machín, como desvelamos en este periódico. ¿Es cierto que está el PSOE detrás de esta recomposición del tablero o exagera CC que está ociosa y ansiosa de poder? Había aquella máxima de que las legislaturas canarias siempre fueron movedizas (excepción hecha de la de Paulino Rivero y José Miguel Pérez en 2011-2015). Eran como balsas de aceite, hasta que el mero síncope del ecuador del mandato ponía al personal en vilo y las terminales mediáticas aireaban cada nuevo subjuntivo de la fábrica de rumores.
El estado actual de la cuestión es un remedo de esos precedentes. El Pacto de Progreso exhibe de puertas afuera la indudable fortaleza de tener aprobados unos presupuestos gongorianos y ande yo caliente y ríase la gente. Es una verdad como un templo -tanto para Torres como Sánchez- que los Presupuestos consagran la estabilidad de todo Gobierno. Habida cuenta la tirada de trastos a la cabeza de la coalición PSOE-Podemos (la desavenencia calculada del poli bueno y el poli malo también existe) cabe poner atención al momento delicado por el que atraviesa la política canaria, al margen de los trampantojos.

Algún estudio, respecto a la política del ruido en comunicación musical habla de las disonancias sin menoscabo de la sinfonía, de la composición. Los ayuntamientos y cabildos son trincheras, a veces auténticas barricadas, y en esas plazas se libran por sistema disputas y censuras desde tiempo inmemorial. Lo que augura la caída del presidente del Cabildo de Fuerteventura, Blas Acosta (PSOE), asediado por la oposición y la Justicia, es, llevado a las cloacas de la política canaria, una manifestación más de lo que, sin pedantería, prueba la inestabilidad líquida de Zygmunt Bauman (o sea, nuestras broncas y censuras de toda la vida). Desde que Canarias es Canarias en versión democrática, esto ha sido así. Entramos en los idus de marzo, y la inmunización de rebaño va a coincidir con la mitad de la legislatura en apenas un trimestre: hay que correr -se dicen acezantes los lobos que asoman el hocico- o será tarde. Con vacuna colectiva, habrá pasaporte turístico, y la economía levantará vuelo: malo, por tanto, se espolean.

Blas Acosta quiere aforarse en el Senado sin más adornos, y el presidente Torres no ha parado a tiempo la rebelión a bordo. Todos los partidos en Canarias no son uno, sino siete (tiempo tendrá La Graciosa de sumarse a ese mapa tribal). Y en todos los casos, los problemas beben en la misma fuente del insularismo, por mucho que se tilde de vergonzante. Sebastián Franquis alienta, al parecer, la hipótesis de un pacto regional PSOE-CC, porque en clave grancanaria le reporta el Cabildo en la isla que lidera, hoy en manos de Nueva Canarias, con las que dirige hasta la Orquesta Filarmónica tras el desencuentro con su socio, el PSOE. En las vísperas de articular el pacto de progreso, Torres tuvo que conminar a Franquis y sus acólitos municipales a desactivar las bombas contra NC, incluido el Cabildo, o perdía el Gobierno. Pero las espinas quedaron clavadas y las espadas siguen en alto.

Para CC el tiempo corre en contra. Arañar poder en algunos cabildos (incluido Tenerife, si se pone a tiro), atraer al PSOE con cantos de sirena en La Palma para poner la bota sobre Zapata (PP), que pisa fuerte en el Trail de las encuestas, forman parte de una praxis censurante que se remonta a 1993 y que considera eternos los periodos entre elecciones (cuatro años son molto longo, se dicen en CC como Juanito en el Madrid de los 80). Torres, como el violinista Pablo Díaz, se enfrenta a la pregunta decisiva para resolver el Rosco: dar con el nombre. Y errar diciendo Hierón y no Hannón le puede costar lo que al concursante tinerfeño de Pasapalabra: perder el bote. De manera que esta dilación en el puesto vacante del senador autonómico (tras la renuncia de Pedro Ramos para dar paso a Santiago Pérez) ha sembrado la peligrosa semilla política de la duda. La duda de que el PSOE haya perdido el criterio regional abatido por los reinos de taifas: de los años triunfales de ATI en Tenerife al actual PSOE grancanario. La duda de que el presidente, atrapado en las pandemias del poder, no cuente con los bomberos cualificados para apagar los fuegos del partido (Saavedra tenía para eso a Jota Jota) y se haya metido en un bucle afeando al alcalde de La Laguna y al PSOE de Tenerife. La duda de cuán lejos llega la pinza Clavijo-Franquis para refundar el abrazo del oso, pese a aquellas navidades de 2016, cuando Clavijo, implacable en los altares de CC, expulsó a los socialistas del paraíso. Tras la sanitaria, la económica y la migratoria llega la crisis política. Lo que faltaba.

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