tribuna

La Estadística

La Estadística es una ciencia fiable, tanto que la aplicación de la teoría cuántica, que nos hace penetrar en la estructura de las partículas elementales, se basa en su infalibilidad. La Estadística sirve para todo, y hoy se hace imprescindible para adivinar y predecir el comportamiento de un virus traidor que viene a matarnos sin que lo veamos ni nos avise de otra forma de su presencia. Vivimos en la era de la Estadística, quizá por eso asimilemos sus procesos a los sistemas democráticos que intentan aproximar la legitimidad de sus decisiones a todo lo que es confirmado por esa ciencia. Parece que ha estado ahí toda la vida, pero no es así, lo que no implica que no nos sirva para comprobar las variaciones alternantes del comportamiento y del pensamiento de los hombres que nos han traído hasta el momento actual. El mundo es alternante, como el movimiento de una onda, por eso, para saber de qué forma este se desarrolla y fijar con exactitud lo posicional, no nos queda más remedio que recurrir a ese componente aleatorio de la dualidad corpuscular a la que llamamos espacio-tiempo. Sin embargo, hacer uso de la Estadística para la resolución de todos los problemas que se nos presentan resulta peligroso. La Estadística se plasma en los grupos sociales por medio de la garantía de lo participativo, un aspecto en el que la política se ha estado debatiendo desde los orígenes para la elección de los distintos modos de gobierno. No todos son estadísticamente correctos, ni los que lo son en ese sentido ofrecen las garantías necesarias para su aceptación plena y su durabilidad; precisamente por ese carácter ondulatorio del tiempo, de la evolución y del progreso. Las medias son capaces de adivinar cuál es el pensamiento de la mayoría, lo que no precisan es si ese es el conveniente ni el acertado. Solo pueden fijar en qué grado cumple con el deseo que le es común al mayor número de miembros que forman la colectividad. Por esa razón, y en nombre de una representación democrática verdadera, apoyada en estos principios, la RAE ha admitido palabras mal construidas, o mal pronunciadas, que constituyen verdaderos vicios del lenguaje, a pesar de que hayan sido incorporadas al que debe ser reconocido académicamente. Me imagino los esfuerzos que tendría que hacer un etimólogo del futuro para explicar los motivos por los que, en una época pasada, la palabra almóndiga fue admitida en la lexicografía oficial. Qué explicación tendría que dar para que se entendiera cómo una sociedad elevó al grado de la idealización participativa el reconocimiento estadístico del uso de una situación viciosa. Alguien me dirá que exagero, y seguro que tendrá razón porque el mundo se ha construido de esa manera, en una sucesión de errores y aciertos que nos confunden a la hora de decidir en qué lugar se encuentra la corrección. Yo diría que en ninguno, que todo es cíclico, que todo depende del tiempo y la moda, que las cosas ocurren en función de las circunstancias que las determinan, estén equivocadas o no. Dice Bertrand Russell que los hombres somos un cúmulo de pasiones e instintos. En el fondo se trata de entronizar a la libertad de expresión, y para ello, nada mejor que la palabra, la unidad de comunicación intelectual que debe verse fuera de cualquier influencia cultural y académica que la mediatice. Lo que no parece admisible es una reacción violenta para defender nimiedades como estas. Pasado el tiempo todo cambiará, y lo que hoy está en la parte alta de la ola pasará, con el mismo derecho que le otorga su movimiento ondulatorio, a estar en la más baja; y lo hará con la rotundidad que le concede su posición relativa. Al fin y al cabo, también esto se trata de una cuestión de Estadística.

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