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Navegados

En Isla Margarita manejan un término precioso para citar a los que llegan a vivir en ella: navegados. Aquí, al que arriba con una mala actitud lo llamamos godo; a los otros, peninsulares. Los snobs llaman ahora migrantes a los emigrantes. Vienen a ser lo mismo, pueden ustedes citarlos de las dos formas. Pero no es la etimología lo que me preocupa, sino la situación. Canarias vive al límite y a las autoridades de Madrid, que están a 2.500 kilómetros de distancia, se les ha ocurrido montar una especie de campo de concentración en Las Raíces, en un antiguo cuartel. Cuando a la gente se le mete a la fuerza en los cuarteles, mal asunto. Aquí hay normas: quien entra ilegalmente tiene que salir, a no ser que el entrante sea un perseguido político acreditado y corra peligro de castigo injusto en su país de origen. Pero si convertimos a Canarias en un paraíso residencial para los que llegan ilegalmente, o si los recluimos en un campo de refugiados a siete grados de temperatura (situación meteorológica que en África no es común), mal asunto también. Canarias está demográficamente disparatada: dos millones y medio de habitantes viven en islas muy pequeñas. Las islas llegan, hoy, al 30% de parados (cuento los ERTE) y un delegado del Gobierno que tiene pinta de monje budista (buena persona, creo yo) no me va a hacer comulgar a mí con ruedas de molino. Pestana debe convencer al Gobierno de Madrid de que esto no puede ser. Y no debe conchabarse a la sordina con nuestro presidente autonómico a ver qué dice cada uno y quién es el que más nos engaña. Esta gente no puede permanecer en Canarias; tiene que ser devuelta a sus países de origen porque ha entrado ilegalmente en España. Porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Y porque Canarias no puede más. Y porque hay leyes.

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