tribuna

Descalificación general

Publica El País un artículo de Antonio Muñoz Molina, un escritor al que admiro sinceramente, que titula: “Qué podemos hacer”. En la entradilla dice: “Nuestras capacidades para influir en la vida pública son escasas, pero una está del todo bajo nuestro control, no dejarse llevar por la descalificación general”. Coincido en que es difícil conseguir algo solo con el esfuerzo de tranquilizar el patio. Yo llevo haciéndolo desde hace varios años y no logro otra cosa que dividir las opiniones en torno a mi tibieza y a mi escaso atrevimiento, frente a mi falta de compromiso, producto de una declarada neutralidad. Con esta actitud no convenzo a nadie, a pesar de que es la que comparte la mayoría de los ciudadanos que se niegan a ser abducidos por una lucha inútil en una guerra partidista que no es la suya. Tiene razón Muñoz Molina cuando advierte de los riesgos de incurrir en una descalificación general, a pesar de que en el contenido de su artículo demuestre que esto es imposible, mientras a lo general se le considere exclusivamente como el comportamiento del adversario, al que hay que desproveer de razón por encima de todo, como es de obligado cumplimiento en cualquier práctica política. Parece que al escritor le han pedido un artículo de precampaña donde dejar sentadas las bases de la moderación en una de las partes en litigio, condenando a la otra a ser el ejemplo de los comportamientos ruines. No se trata, por tanto, de una causa general, porque, como siempre ocurre, unos son mejores que otros, y es lógico que así sea, debido a que la reflexión es de parte, y de algún modo deben quedar patentes las preferencias de quien la expone. Es correcto el artículo en su planteamiento de inicio, intentando globalizar el desacierto de algunas actitudes genéricas, pero, en el fragor de la batalla, se desvía exonerando de culpa a aquellos por los que demuestra tener una simpatía legítima. Ahora toca jugar al buenismo, y, para que esto sea posible, hay que presentarlo en contraposición con la corriente perversa que otros deben protagonizar para establecer el contraste. En esa dualidad inevitable nos movemos, y de esa es de la que yo mismo quiero huir, aunque para ello, en parte, deba renunciar a coincidir del todo con la opinión de Muñoz Molina.
Continúo con mi inmersión diaria en las páginas de lo que se ha convertido en mi fuente principal de inspiración, y me tropiezo con un reportaje sobre La Fábrica de la Tele, esa productora que domina la programación de Mediaset y que hoy es objeto de debate, después de la docuserie de Rociíto. Se dice que existe un intento de polarización de la sociedad, dividiéndola en enormes grupos de víctimas y verdugos, donde los miembros de las familias se muerden la yugular en un gigantesco patio de vecinos. Es la corrala de España, donde experimentan los guionistas y los fabricantes de relatos con el objetivo de llevarse el gato al agua en la implantación de unas nuevas costumbres, defendidas por una mitad enfrente de la otra. La relatividad del reality nos hace ver a los que antes eran malos como los buenos, y al revés, en función de cómo tiren los dados los artífices de la historia para que sea devorada adecuadamente por las audiencias. Estamos ante una situación maniquea en la que no sabes por dónde tomar partido, no sea que mañana cambien las tornas y te quedes compuesto y sin novia, y Fidel vuelva a ser el malo, o su caprichosa mujer una maltratada por la guardia civil, como en los tiempos de Lorca. No creo en los productos de Telecinco, como tampoco creo en la división que adjudica la crispación a todo aquello que no se halle cercano al eje del bien, formado por el PSOE y Ciudadanos. ¿Y saben por qué? Porque hasta hace poco no era así, y todavía se escucha el eco de los gritos bajo las ventanas de Ferraz diciendo: ¡Con Rivera no! Cuando Rocío Carrasco haya agotado el filón de su aparición televisiva, volverá Antonio David a los platós, y venderá su victimismo, igual que ella lo hace ahora. En política pasa igual. Estoy de acuerdo con Antonio Muñoz Molina en lo de las descalificaciones generales, en lo de que todos los políticos no son iguales, en que no era verdad lo del canónigo Herráiz Malo, que, según don Domingo Pérez Cáceres, era malo de raíz. Cuando se da una oportunidad para salvar la escena hay que ser un poco más generoso y concederle a cada cual el beneficio de la duda, para no convertirla en un espectáculo de Gorgoritos, con la bruja dando escobazos a todo el mundo. Las cosas son disculpables porque estamos en campaña, y ahora, igual que en los tiempos del Ebro, todo va a dilucidarse en esta batalla de Madrid, donde parece que les va la vida a todos los españoles, aunque no sea verdad, y solo sean unos pocos los que están empeñados en hacerse sangre. Volvemos a jugar a buenos y malos, a moros y cristianos que después se irán juntos a merendar cuando dejen de sonar las fanfarrias.

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