tribuna

El asesino

La primavera árabe, hace una década, defraudó las expectativas depositadas en aquel fervor popular por un cambio democrático, que desató un efecto dominó en países del norte de África y Oriente Medio sojuzgados por dictadores que parecían vitalicios e inexpugnables

La primavera árabe, hace una década, defraudó las expectativas depositadas en aquel fervor popular por un cambio democrático, que desató un efecto dominó en países del norte de África y Oriente Medio sojuzgados por dictadores que parecían vitalicios e inexpugnables. No se consumaron las democracias pretendidas, pero se engendró una marea que se prolonga hasta hoy y que, aún inconclusa, deriva en fenómenos ultras antagónicos a diestra y siniestra. Fue un momento excepcional e intrigante. Un diplomático superviviente de los nazis publicó a los 93 años (dos antes de morir) aquel opúsculo ¡Indignaos!, que no dejó a nadie indiferente e hizo de Stéphane Hessel el autor de cabecera del 15-M español de 2011, que explosionó el bipartidismo, y de otros brotes espontáneos en países como Grecia. Ahora, que se cumplen diez años de las manifestaciones y acampadas en la Puerta del Sol de una juventud que se autodenominaba Sin Futuro, miramos al tendido y la pandemia no solo borró al público, sino que también borró el futuro.

Aquella y esta primavera que empezó ayer se citan en un recodo de la historia delante del horizonte, sin certezas. ¿Es posible que un decenio más tarde, tras la Gran Recesión de 2008 y el estallido árabe, estemos de nuevo en el mismo punto de incertidumbre (política, social y económica)? Si entonces era la crisis, ahora también. Si el hartazgo a causa de los malos políticos, nada ha cambiado. Si la falta de democracia (salvo en la conciencia europea) no nos hemos movido tampoco del sitio. Y hemos rizado el rizo: aquella tormenta no era perfecta, le faltaba el agravante de esta pandemia, que multiplica hasta el infinito todos los inconvenientes. ¿A qué nos enfrentamos, por tanto? Este es el gran acertijo que 2021 nos propone, inquietándonos.

El panorama español no es alentador, como prueba la acritud de la campaña electoral madrileña. (Ayuso la resume en comunismo o libertad, y Pablo Iglesias le presagia a la alcaldesa del PP un final entre rejas.) ¿Pero hay espacio para la política en mitad de esta guerra mundial de la salud? Sí lo hay. En la España de censuras y tránsfugas, y en comicios regionales en Italia o Alemania. Merkel se resigna a un eventual confinamiento, pues la cuarta ola ya está aquí y Europa ha vuelto a contagiarse el miedo. Macron (el señor de los relojes) admitía el lunes, en Montauban, donde reposan los restos de Azaña, tras un encuentro con Sánchez, que “el virus es el dueño del tiempo” y ordenó cerrar de nuevo París.

Nos preguntamos a diario: ¿qué pasará hoy en nuestra ciudad, en nuestro entorno, en el mundo, que sin Trump parece más callado? Pero se incorpora una sorpresa a este guion que iniciamos aludiendo a la frustrada primavera árabe.

Putin hoy, cuando ya es primavera, parece un dios perpetuo, un eón, en el cálculo temporal de una vida humana, con la nueva ley rusa en la mano. Pero todos tenemos un talón de Aquiles. No sé si Navalni es capaz de desatar una primavera rusa, que desmonte el chiringuito de Putin. En Túnez, la primavera árabe la desató aquel joven vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, que se inmoló tras confiscarle la policía el puesto de frutas, y un mes después huyó el dictador. Gadafi, con el rostro ensangrentado, imploraba clemencia a la milicia que lo cazó escondido en una tubería y le pegaron dos tiros a quemarropa a plena luz del día tras 42 años en el poder. El mismo Gadafi que desafiaba a los Estados Unidos y patrocinaba atentados terroristas, el que acribilló el avión de Lockerbie, como venganza por la supuesta muerte de una hija en un ataque de Ronald Reagan. Ahora existe la sospecha de una saga de asesinos en serie en el poder. Putin está al frente de esa nomenclatura de mandatarios matarifes. Y esta semana Biden lo ha llamado “asesino”, en su primer desliz, porque los toros van de frente, la diplomacia no, y hasta los mafiosos se besan antes de apuñalarse por la espalda. Pero, incluso en boca de Biden, no dejaba de ser una obviedad, tras lo que se ha sabido sobre Navalni, envenenado, vivo y preso en su país, en medio de algunas revueltas. “¿Usted cree que Putin es un asesino?”, quiso saber el periodista de la ABC News George Stephanopoulos. Y Biden entró al trapo: “Mmmm… lo creo”.

Pero Putin no está solo en ese staff; le acompaña, entre otros, el príncipe heredero y líder saudí Mohamed bin Salmán, a quien los servicios de inteligencia norteamericanos -que acusan a Putin de haber interferido en las elecciones de noviembre- señalan como el inductor del salvaje asesinato del periodista crítico con su régimen Jamal Khashoggi, quien en 2018 entró en el consulado de Estambul -como vimos en las imágenes de las cámaras de seguridad-, ingenuamente, a formalizar un trámite para casarse, ajeno a que le esperaba un escuadrón de la muerte enviado por el príncipe saudí para descuartizarlo como una pieza de caza mayor.

En la primavera árabe cayó Hosni Mubarak, que era el faraón. Hoy se diría que para ese viaje no hacían falta tales alforjas, ante el talante de Al-Sisi, el sucesor. Están esas dictaduras de las urnas que cercenan al opositor. A veces las mujeres reemplazan al marido reo, como Svetlana Tikhanovskaya tras las elecciones amañadas en Bielorrusia, o Lilian Tintori, antes de que irrumpiera Guaidó y de la fuga de Leopoldo López a España. Un cierto matonismo se ha ido instalando en la política internacional. A Borrell le hicieron los rusos una encerrona por interesarse por Navalni, y en la pandemia, que lo ha masacrado todo, resurge la Guerra Fría. Es posible que Biden esté harto de los sabotajes de Rusia, y de ahí el patinazo o tropezón, como en la escalerilla del avión este viernes. “Tú no tienes alma”, le había dicho siendo vicepresidente de Obama. De manera que no se tragan desde hace tiempo. Pero si yo fuera Biden no me sentaría sin dar la espalda a la pared, y evitaría tomar té fuera de casa, tras escuchar al presidente ruso devolverle el misil deseándole “buena salud” con media sonrisa.

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