por quÉ no me callo

El corazón de la niña de Mali

Si una imagen sigue valiendo más que mil palabras, la foto de la niña de Mali (que todos creíamos que se llamaba Nabody) en el muelle de Arguineguín, socorrida por dos voluntarios de Cruz Roja cuando su corazón se había parado, es la que mejor expresa el drama humanitario de la crisis migratoria que se está viviendo en Canarias. La hipotermia de la travesía congela la imagen, es la foto fija del fenómeno que nos remite a la crisis de los cayucos de 2006 del Atlántico en las Islas y la de los refugiados en 2015 del Mediterráneo en Europa. Es la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años boca abajo, sin vida, en la orilla de una playa de Turquía.
A la muerte de la niña de Mali este domingo, que sobrevivió poco menos de una semana al instante de la foto de Ángel Medina, de la agencia Efe, que publicamos en nuestra portada de ayer, le sobran todos los comentarios. “No hay palabras para describir tanto dolor”, dijo certeramente Sánchez en un tuit. ¿Qué están demandando esa foto y la muerte inocente y la conmoción política y social por el final trágico de esta niña de ÁFRICA ? ¿A dónde y a quiénes dirigen sus miradas todas esas muestras de dolor?
Desde que se desató la actual crisis migratoria, antes y aun durante la pandemia, las Islas no han cesado de abogar por una política solidaria de España y Europa. Han sido más los errores que los aciertos por parte de España, pero, sobre todo, ha sido clamorosa la insolidaridad de Europa en nuestro caso particular. Esta Europa, es cierto, ya no es la de 2015, que zancadilleaba a los refugiados, como en el bochornoso episodio de la periodista húngara. Pero esta se sacude el polvo de los pies ante el problema de la emigración, y se descarga de toda responsabilidad. En la Europa continental, aquella diáspora de quienes huían del hambre y la guerra abocó a levantar murallas en países como Turquía a cambio de compensaciones. Se han hecho trueques y negocios de frontera sacando provecho de la desesperación de miles, millones de personas.
En cambio, el Archipiélago ya posee, de modo natural, la condición de trampa y ratonera para las pateras y cayucos que no cesan de arribar y naufragar desde 2019. Somos cepo de niños y adultos que vienen de paso para seguir rumbo a Europa. Como un caramelo en la puerta de África, a Canarias le toca jugar de señuelo. Sabemos de mafias que mercadean con la inmigración, que trafican con personas y en ocasiones con drogas al mismo tiempo. Pero los gobiernos de Europa, España incluida, han de sentirse concernidos por el drama de esa foto y su desenlace. La de la niña maliense de dos años no debe ser una muerte en vano.
Esta ya es la foto de esta crisis. Ahora faltan otras imágenes. La de las derivaciones a la Península para evitar un régimen carcelario de seres humanos en Canarias. Y la de las cuotas de acogida en la UE como corresponde a todo brote migratorio en un lugar civilizado. Las deportaciones han de ser justas y regulares, y los derechos de asilo no pueden seguir siendo vulnerados por sistema. El Plan Canarias de Escrivá es uno pasaje triste de esta historia. La pasarela de líderes y autoridades, que, en lugar de girar una visita bajo los focos, deberían pasar una noche en el campamento de las Raíces.
Los niños de la generación de esta niña de Mali son los que harán crecer a África y Europa el día de mañana, aunque no lo quieran ver los gobernantes actuales, para cuya ceguera no hay vacuna todavía.

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