tribuna

El derbi en la pausa del pleito

En la palabra derbi está alojado el pleito, están las desavenencias amistosas y no tan amistosas en el inconsciente colectivo canario que nos define por el instinto insular antes que por el sentimiento regionalista del autogobierno. Los antagonismos entre Tenerife y Gran Canaria y viceversa afloraron un día por el poder territorial de la Iglesia y acabaron desembocando en lo político, económico… y, por supuesto, futbolístico, y ahora quedan los vestigios de esa arqueología del isleño profundo cuando ser canario se le frustra en sus raíces. No es algo de ayer -esto dura siglos-, si rebobinamos los episodios, incluso estúpidos, de nuestras creencias y colores. El derbi emocional del prototipo isleño debate cualquier majadería, se amputa la diócesis para calmar las feligresías provinciales en un tiempo remoto en torno a 1800, pugna en el altar mayor por su advocación particular en la disputa de la Patrona o se va al estadio a porfiar entre goles amarillos o blancos y azules. El derbi ignora el consenso entre esta o aquella Virgen; cada club va a honrar la suya. Nunca nos pondremos de acuerdo en la imaginería de nuestra fe, ni en la patrimonialización de Pedri, pues el teguestero vistió de amarillo y marcó su destino dentro del pleito.
El fútbol nos enfrenta hoy en el Rodríguez López, que, aun con las gradas vacías, sigue siendo el estadio, un lugar sagrado, que decían los antiguos griegos, padres del deporte y de la democracia. En el pleito insular el Parlamento es el estadio, y el debate de la nacionalidad, nuestras pequeñas olimpiadas, una carrera de cuadrigas. Nuestro derbi, sin hípica ni épica, ni coronas de acebuche. En la última edición, Casimiro Curbelo sacó a relucir la división entre las cuatro islas más turísticas y las tres islas verdes. Y estuvo bien en el manejo de las metáforas: “Nos enfrentamos a un mar de pobreza y no podremos afrontarlo solos”. Como viene una lluvia de más de mil millones de Madrid a Canarias para eso mismo, ahora resulta que el pleito ha sido de Andalucía con las Islas, por el monto de la ayuda, que les parece poco para ellos y mucho para nosotros. Por esta vez, los canarios no nos sonrojamos de plañideros.
Hay un caldo de cultivo de estos lances de islas: la mutua desconfianza que alimenta la rivalidad. En la Cámara cada diputado es de su isla. De ahí las filigranas que tuvo que hacer el senador palmero Acenk Galván para fijar una fórmula alquimista de los equilibrios aritméticos de Canarias: la triple paridad, que fue como el Santo Grial de la insularidad antes de caer en desgracia. Esta semana, sus señorías no se han metido en los fangos del pleito entre canariones y chicharreros, que, en buena parte, es agua pasada, y, a falta de murgas por asepsia del Carnaval, se va quedando sin letra y sin música. Ahora mismo, hay una entente cordiale muy sui géneris hasta en los presidentes de los dos clubes, que almuerzan a solas y no caldean el clásico. Lo medios, tildados de avivar el pleito, ya no tienen con qué. Y en el tagoror de la política se ha impuesto el pacto de colactación, que practicaban los aborígenes gomeros (lo que sería hoy el Pacto de Progreso), bebiendo la leche de la misma vasija, que llega al ecuador de la legislatura sin haberse quebrado.
El pleito y los derbis eran antes virulentos por los demonios familiares, porque cada isla es un mundo. La geografía -culpamos- es predeterminante. Pero ese cuento se nos está acabando, porque ya las reuniones y hasta los consejos de Gobierno se celebran telemáticamente, aunque a veces nos salgan el compartimento estanco que llevamos dentro.
Nuestro pleito y nuestro derbi están en modo pausa, por no decir calma chicha. Estos días, por ejemplo, ha amagado la bicha o el perenquén del pleito universitario (por el riesgo de perder Las Palmas el rango de universidad en futuras normas ministeriales), que engendró fogosas manifestaciones pasionales en los años 80. Pero con las mismas ese fuego se apagó. ¿Gran Canaria versus Tenerife, Tenerife versus Gran Canaria? El pleito como tema, desde 1927 con la división provincial de Primo de Rivera, es recurrente, pero ya digo que es un volcán dormido. Ni Javier Pérez y su famoso 20-0 a la UD escuecen a estas alturas ante el derbi de hoy.
Ya ninguna de las dos islas mayores ambiciona la capitalidad regional que ostentó Santa Cruz de Tenerife y antes, de facto, La Laguna. Queda tan lejos como la Diócesis Rubicense, que fue la semilla del litigio de obispados. Ahora está en juego la hegemonía parcelaria en puertos o aeropuertos y cosas por el estilo; si se queda bloqueado el canal de Suez, ahí está cada isla optando a sacar su tajada por si los barcos eligen dar la vuelta por el Cabo de Buena Esperanza. En cambio, hubo días tan negros cuando el Estatuto ya era inexorable, que algunos acariciaron la idea de la doble autonomía. Los periódicos se daban gusto y de orilla a orilla vivimos nuestro brexit particular con sugerencias esperpénticas. Por ese comején subjetivo existió el Pacto de Medinaceli (el nombre del restaurante de Madrid donde se alumbró), en virtud del cual Gran Canaria se quedaba con la Delegación del Gobierno y Tenerife con el Parlamento. Hubo conflictos entre islas por la integración en Europa; todavía se cuenta cuál tiene más hoteles o apartamentos de las dos o cuál hace la mejor gala del Carnaval -en aquellos tiempos- y ahora mismo asistimos al derbi de la COVID con el recuento diario de los contagios. Pero ya no llega la sangre al río.
Nos queda el derbi futbolístico con la nostalgia de los demás duelos de patio de colegio. Porque hoy tendremos un partido de fútbol sin grada, donde no hay local ni visitante sensu estricto. Es un derbi reducido a la mínima expresión. Como el pleito, ese virus que se ha ido descafeinando al cabo de todas las variantes sucesivas de los muchos años de pandemia insular. No diríamos que por fin estamos vacunados. Pero ya no nos mete en la UCI como antes cada dos por tres. Una vez superados los padecimientos, a cada cual lo suyo y a Dios lo de todos. Acaso nos hemos curado para siempre del mal del coronavirus del pleito. Que ha durado más de 100 años.

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