tribuna

El mundo de Merkel

Las mujeres que gobiernan una mínima parte del mundo (una veintena frente a casi 200 hombres) y algunos organismos que podemos considerar de los más influyentes lo hacen francamente bien. Muchas de ellas son unas perfectas desconocidas en un escenario donde los focos se posan por sistema sobre media docena de líderes varones, a excepción de Angela Merkel, estadísticamente, la estadista más importante de este siglo. Hasta en las horas bajas de la peor ola del virus se reivindica como el faro de las restricciones frente al cenutrio de Trump, que se arrancaba la mascarilla con asco. Tras haber historiado, de cabo a rabo, esta pandemia que marca una era, recomiendo pasar revista a los países, las recetas, los manuales de estilo que llevan la firma de mujeres presidentas o primeras ministras.
Cuando el próximo domingo se cumpla un año del decreto del estado de alarma en España (14 de marzo-21 de junio de 2020) nos acordaremos de esas lideresas, de la neozelandesa Jacinda Ardern (en la que puso el ojo a la primera de cambio Priscila González, nuestra coach del DIARIO), creadora de una idea genial: las burbujas sociales, que replicaron otros muchos países. De la noruega Erna Solberg y la danesa Mette Frederiksen, que hablaban con los niños. De la isleña (islandesa) Katrin Jakobsdóttir, que hizo pruebas gratuitas antes que nadie para detectar la causa de aquel efecto dominó. De la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, que aplicó un centenar de medidas fulminantes para cazar al vuelo al virus. De que en Finlandia, la primera ministra benjamina Sanna Marin (34 años) demostró el éxito de algunas fábulas ahorrativas como ¿Quién se ha llevado mi queso? o La cigarra y la hormiga, pues, gracias a contar previsoramente con una agencia nacional de abastecimiento de emergencia con todo lo imprescindible ante cualquier catástrofe, dispuso de epis y suministros médicos para dar y tomar, lo que mitificó enseguida los depósitos secretos de la Guerra Fría que impidieron que Finlandia sufriera aquella humillante escasez general de mascarillas.
Trump solía burlarse de Hillary Clinton en 2016. Era mujer y demócrata, en las antípodas del displicente republicano heredero de los extremistas del Tea Party, de cuyo aborto resultó el feto de la secta conspiratoria QAnon, que asaltó el Capitolio el 6 de enero y planeaba hacerlo de nuevo esta semana, a mayor bochorno y abundamiento de la verdadera lepra de ese país, más allá de la pandemia: el fascismo y el fanatismo. En cambio, en la Alemania de Merkel, que en la foto del G7 (junio de 2018), detrás de una mesa rodeada de líderes, parecía abroncar al norteamericano (empurrado con los brazos cruzados como un chimpancé) se respira otro espíritu y las instituciones no se han desbordado por ahora.
El de Merkel es un caso casi matriarcal, siendo cierto que el que más, el que menos le tuvo ojeriza cuando su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, la enroló en aquella causa ultraliberal del austericidio durante la Gran Recesión, y la gente cogió tanto pánico a gastar un euro, que se convirtió en una moneda casi imaginaria. Pero Merkel fue cambiando, a medida que se adentraba en el garajonay de la Europa de los refugiados, con los árboles de la xenofobia y el racismo que a muchos no dejaban ver el bosque. La canciller, cuya década y media de ginocentrismo alemán sin bajar en las encuestas despierta la envidia de los políticos europeos a las puertas de su retirada, será cuando se vaya como la Churchill de Europa frente a los desmanes delirantes de Trump.
De paso recordemos que no solo mañana celebramos el Día Internacional de la Mujer, sino, también, el 21 de este mes, el de la Eliminación de la Discriminación Racial. Merkel acogió a un millón de inmigrantes contra la opinión de buena parte de su país. Eran los años de la segunda mitad de la pasada década, cuando una periodista húngara zancadilleaba a los refugiados en la frontera con Serbia. (Lecciones de solidaridad y xenofobia, por desgracia, se han vuelto familiares en nuestro léxico local, a raíz de los incidentes en Las Raíces y antes en Arguineguín.) La manifestación de ayer por las calles de La Laguna (como la intervención telemática de Torres en el Parlamento Europeo) es una de esas postales de la periferia, que arrostra a regañadientes el papel de frontera colonial de la UE, gobierne un hombre, cuando presidía la Comisión Claude Juncker, o una mujer, como ahora Ursula von der Leyen. Magrebíes, senegaleses (estos con el país patas arriba tras la detención del opositor Ousmane Sonko) y otros africanos de paso están pidiendo que les dejen continuar el viaje de la historia: la emigración. Canarias es poner el caramelo de Europa en la boca de África, a tan solo 100 kilómetros de Marruecos y 3.000 de Bruselas.
Unas cuantas mujeres llevan el timón: Von der Leyen lidió con la pandemia desde que debutó en Bruselas y fue la única persona a la que escuché decir, como una pitonisa, que habría vacuna en 2020. Otras damas del mundo controlan oráculos y templos del máximo nivel: la presidenta del Banco Central Europeo, la francesa Christine Lagarde, o la directora del Fondo Monetario Internacional, la búlgara Kristalina Georgieva. En un pueblo ruso, el alcalde, del mismo partido que Putin y con la misma adherencia al poder, ideó el paripé, para cubrir el trámite legal en las urnas, de proponer a una mujer de la limpieza del ayuntamiento ser la candidata alternativa: pero ella ganó y se convirtió en alcaldesa.
En 2024 no es descabellado confiar en que Kamala Harris presida el país más poderoso de occidente, habida cuenta de que Biden descarta de antemano competir por la reelección. No es imposible que la afroamericana deba enfrentarse a Trump; de ese modo, acaso, el fenómeno Barack Obama recobre cuerpo en la figura de esta mujer hecha a sí misma, como invocara un senador en el siglo XIX, acuñando el self-made man en la meritocracia varonil de la época. Poco a poco, las mujeres de valía han ido dando como Armstrong pequeños pasos para cualquier persona que han sido grandes saltos para la humanidad.

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