por qué no me callo

La noticia ya fue

Las noticias dejaron de serlo al instante, circulan a tal velocidad que los medios solo recordamos, salvo scoops, lo que pasó. Hay algo que atrae del periodismo en su capacidad de crear nostalgias. Los grandes reportajes tienen un sustrato histórico, y en las entrañas de la noticia siempre hay un hilo del que tirar que nos acompaña toda la vida. Lees a los grandes maestros de los géneros de este oficio y a menudo convierten la anécdota en epicentro de una memorable narración, como el decano Talese (89). A veces, pequeñas audacias o sucesos menores dan lugar a libros que guardan categoría literaria, humana y sentimental, como hacían Montalbán o Norman Mailer. Ahora que venimos del 8-M (hoy, 9-M por marzo y por martes), tenemos las fechas revoloteando en los periódicos con las efemérides condicionándolo todo. Las mujeres se han impuesto a la pandemia y ha celebrado su octógono derecho a protestar, incluso virtualmente, o a pie, como en La Laguna y las cadenas humanas de las islas.
Pero marzo, que ya supone entrar en harina, porque anuncia que el año nuevo se evapora y son las postrimerías del primer trimestre, ha traído agua y memoria. Gorbachov cumple 90 años y sugiere recuerdos tan colosales como el feliz capítulo del desarme o el final del muro de Berlín, amén de aquellas caminatas por Teguise con él y Raisa en las vacaciones de La Mareta de los años 90. Como digo, tiras de la hebra y te enrollas. Aquello fue pasear en Lanzarote en la gala de la Historia con el primer actor. Pero está también la otra noticia de a pie, más vecinal, y solemos decir: ¡Menuda historia! Lo hacía con mucho acierto Gilberto Alemán, el periodista de las pequeñas noticias que hacía de lo poco tantos libros interesantes.
Nos trae a colación a Maxwell el periodista José Antonio Felipe, que descubre un libro que desentierra, 30 años después, la muerte en estas aguas en extrañas circunstancias del magnate de la prensa británica, que, arruinado y perseguido por el fisco, amenazó con contar todo lo que sabía nada menos que acerca del Mossad. Conozco esa historia de pe a pa, y al abogado que representó en Tenerife a la familia de Robert Maxwell, cuya hija, que daba nombre al yate de su padre, Lady Ghislaine, estuvo entonces en Tenerife y está envuelta en los escándalos del suicidado Jeffrey Epstein. Una noticia siempre es la miga de un pan.
Ahora que la calima se ha vuelto peninsular y se va directamente del Sáhara al continente sin pasar por Canarias, nos enteramos en este marzo ávido de revelaciones que el polvo transporta trazas de los ensayos nucleares de Francia en el desierto argelino en los años 60, y que eso respiramos aquellos días de Carnaval del año pasado, ahora que el Carnaval, como el 8-M femenino, se ha hecho también virtual y no corremos peligro de contaminarnos con la calima en los bailes de la Plaza de España.
Nos entretenemos con la excarcelación de marzo del comisario del parche en el ojo, buscándole el garfio en lo que dice y contra quién lo dice. Y es como ir de Paesa a Villarejo, dos espías, como de Pessoa a Vallejo, dos poetas. Y seguirles la pista. Que de eso se trata en este oficio: contar las cosas y los días de las gentes. Marzo es el mes de las alergias, pero ahora tiene el aliciente de vacunarnos de la pandemia, del aire y hasta de la falta del Mencey. Será otra cosa esta ciudad cuando el 15 abra sus puertas el hotel donde cenó por última vez Maxwell. Ya dije que las historias se encadenan solas y somos meros recordadores.

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