tribuna

Rociito

El caso Dreyfus siempre ha sido un método para dividir a la sociedad y para que el periodismo termine atrapando completamente a las audiencias. En esta ocasión, se alimenta el morbo de los que están en contra y de los que están a favor, con lo que el éxito se halla garantizado. Aquí se trata de un asunto de espionaje y antisemitismo, cuestiones muy de moda en los primeros años del siglo XX, que se denuncia en un artículo de Émile Zola, titulado Yo acuso. No se puede decir que toda Francia estuviera interesada en el tema. Siempre hay una parte refinada que no pierde el tiempo en los debates populares, y otra, más culta y científica, que saca conclusiones sobre los comportamientos sociales, situándose por encima de los acontecimientos. En otro lugar se colocan los que solo pretenden ganar dinero. En ocasiones me vuelvo clasista y me tienta el estilo refinado de la aristocracia. Por eso disfruto leyendo a Proust. Me sorprende descubrir que en la casa de los duques de Guermantes, donde se celebran tertulias de elevado tono cultural y artístico, solo hablen del capitán Dreyfus los mayordomos y el personal de servicio. Ni Saint-Loup ni el barón de Charlus pierden el tiempo en estas nimiedades que solo van dirigidas al consumo del pueblo. Nosotros no disponemos de un judío alsaciano para convertirlo en el centro de la discusión nacional, pero sí tenemos a Rociito y Antonio David, que vienen dando caña en la prensa del corazón desde hace más de veinte años. Anoche me pasé un ratito por el espectáculo ofrecido por Telecinco, y antes de dejarme enganchar por el morbo que se ofrece con música tenebrosa de fondo, como si estuviera en un film de Hitchcock, pensé en Proust y en que no podía permitirme hacer un comentario sobre este desafortunado tema. Hoy, al leer la prensa que consumo habitualmente, me he dado cuenta del alcance político y social que ha logrado esta producción de La fábrica de la televisión. Al fin y al cabo, ya se sabe que el populismo aprovecha todas estas cosas, igual que ocurría en la época de Dreyfus. En realidad, se trata de un reality más, una demostración de performatividad en la que lo real se genera por medio de una aplicación para transformarla. Aquí se puede descubrir también el fenómeno de la psiquiatrización del género, y todo el componente del feminismo tan en boga, para conquistar también las batallas de las audiencias en los medios de comunicación. La historia que se presenta es de una gran crudeza, pero trasladada al terreno del espectáculo se convierte en eso, aunque de esa forma consiga sensibilizaciones extraordinarias. España cambiará de opinión en pocas horas, y los que antes eran dreyfusistas se convertirán en antidreyfusistas, como los que discuten en los obradores del palacio de Guermantes. Esto es todo lo que tenía que decir, pero no quiero dejar pasar la ocasión para recordar un estribillo que escuché en la Bodega de Julián, hace unos quince años. “A tu madre chiquilla/ se lo voy a decir. /Que te vi enamorando/ con Antonio David”. ¡Qué me perdone Marcel Proust!

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