tribuna

Cómo se fabrican los cambios

Empieza bien la Semana Santa. Los remolcadores consiguen desencallar el buque que bloqueaba al canal de Suez. Solo ha durado seis días. Seis días de angustia en los que todos pensamos que al mundo no le cabía esperar otra desgracia que añadir a las que padecía. Quizá por las fechas en las que estamos se me ha ocurrido recordar a un paciente jugador de golf que se sentía harto de sufrir inconvenientes en el mismo partido, y en la décima vez que le quedó la bola tapada por la rama rígida de un mato en el rough, mirando al cielo exclamó: “Dios mío, no me pruebes más”. Dios aprieta, pero no ahoga, aunque un amigo mío decía que lo tenía asfixiado desde que nació. La vida nos suele poner frente a los contratiempos, y unos son capaces de soportarlos mejor que otros, no se desesperan y confían resignadamente a que llegue la solución. El mundo de las noticias gloriosas no apaga del todo al de las negatividades, al de las advertencias pesimistas que siempre están preparadas para ofrecer la otra cara de la moneda.

El encargado de confeccionar el periódico El País no ha renunciado a publicar algo que ya tenía preparado, y que queda sin efecto ante el éxito de la operación de los ingenieros. Entre los comentarios, que se desgajan en cascada bajo la gran noticia, aparece el siguiente titular: “La amenaza de los piratas complica a los barcos la vía alternativa de rodear África para evitar el canal de Suez”. Es estúpido mantener este texto una vez que el problema ha sido resuelto, pero el trabajo estaba hecho y no era cuestión de tirarlo a la papelera, a pesar de que no sirviera para nada. Me recuerda a lo ocurrido recientemente en el Congreso de los Diputados, cuando la ministra Celaá fue interpelada por una señoría del PP que tenía una hija necesitada de educación especial, y le contestó airadamente con algo que ya traía preparado de casa, o, lo que es peor, se lo habían redactado siguiendo las instrucciones de los estrategas. Luego tuvo que disculparse. En fin, que nada nos saque del gozo de comprobar cómo los problemas se resuelven, aunque los envuelva el dramatismo informativo. Todo esto viene al caso porque he pensado que los grandes cambios en el mundo se producen de manera silenciosa, y sin la intervención del ruido presuroso de las masas que pretenden ser las protagonistas de la mudanza.

Los cambios no consisten en los intentos permanentes y alternantes de imponer las mismas cosas, como si estuviéramos condenados a vivir eternamente pendientes del resultado de un sistema de prueba y error. En los cambios intervienen pocas personas, y lo hacen de forma prudente, casi anónima, y testados una y otra vez para que sus efectos sean definitivos. Los cambios con algaradas traen el fracaso garantizado, porque dependen de que una corriente que haga más bulla se los lleve por delante. Sin embargo, esos son en los que más creemos, y con ellos nos asustan los heraldos de los medios, gente que no es capaz de contemplar el devenir pausado de los hechos y se incorpora al grupo de partidarios fanatizados que nos llevará siempre a la confusión y al caos. A nadie se le ocurre pensar que todo lo que disfrutamos ahora fue meditado e ideado en un laboratorio aislado y silencioso. Nunca se logró el triunfo total incendiando las calles, ni rodeando a los parlamentos, ni enconando al ambiente con soflamas incendiarias. Solo se provocaron situaciones efímeras y relativamente duraderas, cuya experiencia fallida no nos ha hecho renunciar a mantener en vigor a las ideologías que las alimentaban. Las de siempre.

Todo eso se fue al garete cuando se intentó, pese a que algunos continúen pensando que iban a consolidar un marchamo de heroicidad, como los antiguos cruzados en sus expediciones a Jerusalén, equivalentes a los visitantes al París de 1968. Los ingenieros, aplicando la razón y el conocimiento con serenidad, han desencallado a un mastodonte de un canal salvador, como si fuera un hipopótamo atrapado en una ciénaga, mientras el mundo alertaba de una nueva catástrofe que vendría a trastocarlo todo. Cuando Newton vio caer a la manzana no iba tras de él una masa estúpidamente enardecida exigiéndole la interpretación correcta de ese hecho fortuito, que no lo fue tanto. Tampoco le pasó a Platón cuando imaginó que veíamos sombras en la pared del fondo de una caverna, ni a Max Plank cuando se le ocurrió que la incertidumbre podía cuantificarse, o a Einstein cuando fue capaz de formular lo que siempre se había presentado como relativo. Alguien fue capaz de crear imágenes virtuales bombardeando con partículas una pantalla sensible. Eso constituyó un gran cambio. Lo que no imaginaba era que desde esa ficción que se estaba creando se iba a construir una realidad para influir interesadamente sobre el comportamiento de las grandes masas.

Los remolcadores han liberado al carguero del canal, pero los demás seguiremos poniendo velas al Rocío, o corriendo detrás de un profeta, como Forrest Gump, que inició una carrera hacia ninguna parte, solo por dar rienda suelta a su instinto de correr; o como un profesor de tercera adornado por una coleta o un moño; o como el ambicioso hijo del molinero que confió en el gato con botas el cumplimiento de sus ambiciones, por medio del antiguo método de Sherezade; es decir, contándonos un cuento cada noche para garantizar un amanecer sin que le cortaran la cabeza. Todo es ficción, lo único real es que el canal ha vuelto a quedar expedito y el incidente ha pasado a ser un mal sueño, como el de las vacunas de AstraZeneka, que ahora resulta que solo son rechazadas por una escasa minoría. Esto tiene la Semana Santa. Lo digo para el que no crea en ella.

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